RUEGO PRUDENCIA Y MÁXIMO SIGILO
Si los casos y las cosas de palacio van despacio, o sea, si las gestiones o trámites administrativos acostumbran a ir lentos, a paso de quelonio, los del Vaticano no poseen pies ligeros, como los de Aquiles, sino que van a la par o al trantrán, esto es, no los aventajan; en plata, la transparencia pontifical es paulatina; se administra por goteo (gota a gota, como los sueros o el plasma sanguíneo), en pequeñas dosis o por partes.
He aquí lo que, por el momento, en lo concerniente a la reciente intervención quirúrgica que le han practicado los cirujanos en un quirófano del Policlínico Gemelli de Roma a Robert Prevost, el papa León XIV, ha trascendido: en una prueba rutinaria, se le había identificado un nódulo en un pulmón. Tras la operación, se ha confirmado que le han extirpado el lóbulo inferior del pulmón derecho, porque, supongo, tras hacerle la preceptiva y pertinente biopsia, las células que contenía ese tejido analizado eran cancerígenas. Al parecer, la cirugía ha sido exitosa.
(Bueno, pues recomiendo encarecidamente al atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de los renglones torcidos que acarrea la urdidura presente que no se salte esta advertencia, entre los signos de apertura y cierre del paréntesis. Contiene información oportuna y veraz que le evitará malentendidos. Este relato sobre el fugaz pontificado —apenas 33 días, del 26 de agosto de 1978 al 28 de septiembre— de Albino Luciani, el papa Juan Pablo I, es una ficción, hija de un sueño, y ya se conocen, por consabidos, dos extremos; uno, que el inconsciente va por libre, sin ataduras, y dos, que a unos episodios oníricos uno, sin la ayuda de un fautor o intérprete ajeno, psiquiatra o no, les encuentra sentido y a otros, por ser, amén de acéfalos, ápodos, no hay manera de hallarles un significado. No hay ningún dato real que permita conectar la prematura muerte de Juan Pablo I con el falaz problema de salud del que se habla en la siguiente narración mendaz).
Me presento. Soy Angelo, juez, amigo, desde la más tierna infancia e íntimo, de Roberto, neurólogo, quien hoy me ha mandado por correo urgente y he recibido una carta certificada suya que, tras haberla leído dos veces, me ha dejado y deparado un extraño escalofrío; de un lado, las yemas de los dedos de las manos que sostenían la epístola, el papel, ardiendo, y del otro, el resto del cuerpo temblando. Este es el contenido de la misiva:
“Querido Angelo:
“No sé qué debo hacer con lo que he hallado. Tengo para mí que el diagnóstico al que hemos llegado de consuno mi equipo médico y yo es certero, pero no sé a quién debo comunicárselo primero. Sé que la información es confidencial y que debo referírsela cuanto antes a mi paciente (el resto del equipo desconoce de quién se trata), pero es que este es el Santo Padre. El papa sufre una inhibición del lóbulo frontal, o sea, a la pata la llana, no puede evitar decir lo que piensa, y me temo que la próxima verdad que suelte por su mui o que escriba pueda suponer un cataclismo en la urbe y en el orbe, Roma y el mundo.
“¿Qué debo hacer?
“Gracias, de antemano.
“Tu amigo Roberto”.
Le he llamado por teléfono, cuando las yemas ardientes de mis dedos se han atemperado y me he calmado, y le he aconsejado que llamara sin falta a su enfermo y le dijera que tenía que comunicarle algo importante. Ya lo había hecho. El papa le ha preguntado si tenía cáncer. Y mi amigo del alma le ha respondido la verdad, que no. Entonces el pontífice le ha interrogado si era aún peor la cosa. Y Roberto no ha sabido qué responderle. Se ha limitado a comentarle esto: “En una hora le digo lo que hay”.
El galeno ha acudido al Vaticano y le ha espetado al papa la verdad a la cara, sin rodeos, que la inhibición del lóbulo frontal le impedía mentir. Y el pontífice, circunspecto, con una sonrisa eterna, angelical, en los labios, le ha alegado que eso era un milagro y que lo iba a aprovechar al máximo, a sacarle el mayor provecho. ¿Cómo? Le ha preguntado Roberto. Y Albino Luciani le ha contestado esto:
“—Eso me va a evitar dos menesteres que tenía pendientes, ahorrarme el sacramento de la penitencia, pues mentir era el único pecado en el que, a pesar de los pesares, incurría y, por ende, tener que nombrar a un sacerdote para el puesto de confesor del papa, que podría acarrearme enemistades, entre las distintas órdenes religiosas”.
Ángel Sáez García