AQUÍ TODA PERSONA SE EQUIVOCA
(MÁS, LA QUE CREE QUE NO YERRA NUNCA)
NO ES POSIBLE OCULTAR LAS PARADOJAS
QUE ACARREAMOS TODOS CON NOSOTROS
Dedico la urdidura hodierna a “Use”, mi querido hermano Eusebio, porque hoy, viernes 6 de noviembre de 2026, cumple años; así pues, con cariño a mansalva y gratitud a porrillo, le mando, junto con los parágrafos que contiene este texto en prosa, mis ¡muchas felicidades!
Es evidente que, como, salvo que uno trabaje de continuo en el turno de noche o sea invidente, el resto de los fulanos que poblamos la faz del planeta azul, la Tierra, todos, ellas, ellos y no binarios, todas las mañanas, antes o después de ducharnos, nos miramos el rostro, con rastro de sueño o sin él, en el espejo del baño y no nos percatamos, no vemos el grueso de las contradicciones que porteamos, como lo propio o tres cuartas partes de lo mismo hizo el titán Atlas (así se representó escultórica y pictóricamente, al menos; y todos hemos visto alguna vez esa pesada bola que, en sentido estricto, no es la del mundo, no, sobre la primera vértebra cervical de su raquis, que lleva por ese motivo su mismo nombre de pila, atlas), sosteniendo la bóveda celeste a cuestas, basta con que salgamos de casa, pongamos un pie en la calle y brille el sol (al estar el cielo despejado de nubes), para que, si no todas, identifiquemos, individual y colectivamente, a la inmensa mayoría de ellas en la alargada y perseguidora sombra que proyecta nuestra silueta en el suelo.
Si hay algo que retrata bien, a las claras, fielmente, a un ser humano es, no me cabe la menor duda de ello, la contradicción. Pocos semejantes ha habido, hay y habrá (si, a la postre, alguien consiguió, consigue o conseguirá librarse de merecer ese baldón o sambenito, reto difícil donde los haya, tanto que parece imposible de lograr) que se han escapado, escapan o escaparán de llevar esa muesca o señal en la piel: contradictorio. Este menda antaño conoció a un sujeto que, una de dos, o tuvo los arrestos o redaños de ser coherente, consecuente y honesto, o el arranque de ser sincero a carta cabal, pues pagó para que alguien le tatuara esa palabra de catorce letras en la frente. Y, en el espejo del baño de un aeropuerto, sí, leyó dicho vocablo (tanto él como este menda; aunque me temo que, debido a la rutina, él no se fijó en ello tanto como servidor).
Este menda, que se esfuerza a diario, como el que más, por desterrar las que no ha logrado cepillarse aún, cada vez que se escruta a conciencia, se llama así, contradictorio, por lo obvio, o, en su defecto, paradójico, que, a la pata la llana, es un sinónimo, o sea, significa lo mismo.
Reconozco que me flipa rememorar la imagen que empleó (y, como esa verdad tiende a actualizarse o hacerse presente cada vez que vuelve a leerse, en privado o en misa, emplea) Jesucristo en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas para referirse a la mera imposibilidad de que un rico entre en el Reino de los Cielos; y es que me chiflan las hipérboles sutiles que contienen metáforas brillantes: es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico en el susodicho Reino.
Está claro que no todo hombre pobre es bueno por naturaleza, ni todo rico un modelo de perfidia o perversión por obediencia forzosa al influjo planetario. Sin embargo, discurro por propia experiencia, que es madre y maestra de ciencia y conciencia, confieso que prefiero encontrarme entre pobres que entre ricos. Tal vez porque me halle más a gusto. Quizá influya que sea pobre y no rico. Entre ricos, acaso aún me sienta más pobre de lo que ya lo soy. Aunque uno, servidor, verbigracia, es ambas cosas a la vez, lo que es contradictorio, por supuesto. Más de una, de dos y de tres veces he reconocido que soy pobre en dineros, pero rico en ideas. Habrá quien prefiera un cambio de papeles. Este menda se decanta por quedarse como está, porque ¿las riquezas me suministrarían también las ideas sobre las que deseo escribir? ¿Entorpecerían o facilitarían que me brotaran y las desarrollara? ¿Las ideas me importarían entonces un bledo? No deseo probar. Tampoco lo hice con las drogas (salvo el tabaco y el alcohol, y las que me suministraron por vena cuando estuve dos veces en sendas UCI) duras.
Como adujo un contradictorio por antonomasia, Marco Tulio Cicerón, rico (prestamista, al que hoy motejaríamos de usurero) y estoico (¿cuándo alcanzaba más ataraxia, al prestar denarios o al cobrarlos?; me lo pregunto porque, según el irónico dicho popular, que parece tener alguna base o fundamento real, “el que paga descansa, pero el que cobra aún más”), no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. A veces echo mano de él para formar dúo, pareja o tándem con otro, este: No es más limpio el que más lava sus manos, sino el que menos hace por mancharlas. Este hacedor confiesa que emborrona con su azul BIC medias cuartillas gualdas.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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