Manuel del Rosal García

Silencio

Silencio
Manuel del Rosal García. PD

En uno de nuestros viajes – mi esposa y yo – por Castilla León nos detuvimos dos días en Ponferrada desde donde hicimos una excursión a Las Médulas.

En una plaza de la ciudad, cubriendo un edificio en remodelación, el toldo que cubría su fachada tenía escrito en caracteres góticos la siguiente leyenda: «Buscaron el silencio para hacerse santos, y lo encontraron en altivos y elevados montes; en vastísimas soledades alejadas del siglo».

Eran los denostados siglos medievales en los que los hombres buscaban el silencio, vivían el silencio, trabajaban en silencio, se relacionaban en silencio, amaban en silencio, compartían el silencio con la naturaleza para escuchar a esta y que esta los escuchara a ellos.

Comulgando el silencio, la naturaleza y el hombre se hablaban mutuamente, se conocían entre sí, se comprendían.

En aquellos siglos el silencio permitía a los hombres mirar dentro de sí mismos, buscar la verdad, conocerse, buscar a Dios; incluso en ocasiones ese mismo silencio les permitió oír Su Voz. Los hombres que buscaban el silencio, buscaban en él la voz interior de todas las cosas. Del árbol, de la montaña, del mar, de los animales, de la lluvia, de la luz, de la oscuridad. Con el silencio, ellos supieron mirar en el interior de las personas; lo que vibra bajo el ruido de los conceptos y de las palabras, pudieron percibirlo.

Aquellos hombres que amaban el silencio oían la voz de Dios, porque solo quien sabe callar y es capaz de oír el silencio, oye a Dios.

Ellos amaban el silencio porque sabían que en el silencio está la verdad y la palabra verdadera. Ellos conocían que del silencio emana la fuerza, se gana en claridad y las ideas, los sentimientos y el amor adquieren su forma más pura…Y pasaron los siglos…Y llegó el «progreso» y con él el ruido…y más tarde al ruido se le unió la prisa. Y el ruido y la prisa ahogaron el silencio.

El mundo del silencio, ese mundo donde se han realizado las grandes obras de los grandes hombres porque, no debemos olvidar, que ha sido en el silencio y en la soledad donde han germinado los grandes logros de la humanidad, las grandes creaciones.

Y con el progreso llegó el ruido y la prisa, y la palabra perdió su sentido y fue pervertida, y las obras se hicieron, no por amor, sino por intereses bastardos, y los hombres perdieron su esencia para convertirse en portadores de ruido y prisa y en mansos borregos sin capacidad de discernimiento porque el ruido y la prisa le impedían reflexionar, mirar en su interior, sentir el latir de la naturaleza, percibir el silencio más elocuente que miles de palabras.

Y el hombre se adocenó, se entregó a la mediocridad. Y con la llegada del consumismo ruidoso y deslumbrante pasó de ser sapiens a ser codificado con código de barras. La pérdida del silencio y la llegada del ruido y la prisa con las últimas aportaciones tecnológicas hizo del hombre un ente manipulable, dúctil, maleable y manejable. El hombre de hoy no soporta el silencio, ni tampoco la soledad; no sabe vivir dentro de sí mismo y necesita de estímulos ajenos para obrar y decidir. Y necesita que le digan que es lo bueno y lo malo al igual que le dicen qué debe comprar.

Vivimos en un mundo donde el silencio ha sido desterrado y su lugar ha sido ocupado por ruidos mediáticos, ruidos sociales, ruidos sexuales, ruidos políticos, ruidos de guerra no de paz, ruidos de consumismo, ruidos de mensajes torticeros, falsos y manipuladores; ruidos de pantallas de cristal líquido que atontan y despersonalizan, ruidos, ruidos, ruidos… Prisas, prisas, prisas mientras una soledad inmensa, esa soledad que es la peor de las soledades, la que se padece cuando se está rodeado de muchos sin sentir a nadie, sin verlo, sin entenderlo. La soledad del borracho en un bar atiborrado de gentes que buscan en la multitud, la huida de su soledad para encontrarse solos en medio de todos y todos solos en medio de los demás.

La campaña electoral llega a su fin. Ha sido una campaña huérfana de propuestas y repleta de ruidos, sobre todo ruidos mediáticos; ruidos acompañados por prisas a ver quién llega el primero al sillón. Ruidos y prisas que no han permitido reflexionar en el silencio a los ciudadanos, porque los partidos políticos son los primeros interesados en que no haya silencio; y vociferan y piden a los medios de comunicación afines que hagan mucho ruido. Esta campaña ha sido la campaña con más ruido y más prisas que ninguna otra y con menos propuestas para arreglar los problemas de España. Y en estos últimos días, al ruido se ha unido la suciedad, la mierda mediática aspergeada por los aspersores mediáticos. Esta campaña electoral pasará a la historia como la campaña en la que menos se habló de soluciones y en la que más ruindad y mezquindad se esparció de los unos contra los otros.

La Desiderata es un documento que tiene cientos de años. En él se expone lo «más digno de ser apetecido». Empieza así: «Marcha plácidamente entre el ruido y la prisa y recuerda la paz del silencio…» Quien pueda hoy rodearse de silencio entre tanto ruido y prisas, y mirar dentro de sí mismo; podrá evitar estar más solo y más alienado que nunca

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