ACABADO

David Gistau: «Gracias por tanto, Puchi»

Gracias por las crónicas, aunque hayan derivado a un tono humorístico que no era el previsto

David Gistau: "Gracias por tanto, Puchi"
Puigdemont YT

JUGUETE roto, modelo desmontable con las piezas esparcidas sobre la mesa, Puigdemont. O el primer loco que se cree Puigdemont, como dijo Víctor Hugo que Napoleón fue el primer lunático que proclamaba ser Napoleón incluso desde aquel exilio marítimo, junto a expatriados escogidos como el Les Cases del Memorial, donde no habría sido posible concebir una cobertura de móvil para los desahogos.

Ay, Puchi, Puchi, el móvil no, hombre, el móvil no. Cualquier adúltero avezado le habría advertido a usted de los peligros inherentes a la costumbre de aliviarse en el móvil. Gracias a Dios, no envió a Comín una fotografía erótica -un selfi ante el espejo del cuarto de baño, desnudo salvo por una vara de salvapatrias municipal y una banda patriótica cruzada, erecto de destino manifiesto-, porque entonces el ridículo habría sido histórico, histórico, histórico.

Histórico. Un ridículo de los que decía Perón que no hay cómo volver: Perón, que volvió de todo. En realidad, lo era ya, ridícula, histórica y autoparódica, la imagen de los mossos revisando ante el Parlamento de Ciudadela los bajos de un camión por si acaso el heredero estético de Tarradellas se ató con un cinturón al eje del vehículo como Robert De Niro en «El cabo del miedo».

Gracias por tanto, Puchi. Gracias por las crónicas, aunque hayan derivado a un tono humorístico que no era el previsto cuando nos las veíamos con el Hecho Histórico de nuestras vidas, nosotros que llegamos tarde hasta para la caída del Muro.

Gracias pero, hombre, el móvil no. Alíviese con un barman, con un sacerdote, incluso con una señorita de barra fija. ¡Pero con un ambicioso que piensa en su supervivencia y por escrito!

Los despojos de Puigdemont, que la siguiente hornada independentista implorará a los GEO que se los saquen de encima, manifiesta no concebir en los años de vida que aún le queden sino la dedicación a la defensa propia. Tengo una buena noticia para Puigdemont: dispondrá de un juicio para hacerlo. Un juicio con mal pronóstico pero para el cual, si de acomodar su posteridad se trata, puede ir ensayando ya frases que estén a la altura, por ejemplo, de la de Castro después del asalto de Moncada:

«La historia me absolverá».

O, al menos, la Rahola, anfitriona de las reuniones guitarreras de la alegre pandilla, de los nuevos «divinos», en su trámite incipiente. Una oportunidad tal no puede perderse a cambio de la disolución progresiva en Bélgica, donde no tardará en llegar el momento, triste, solitario y final, en el que un guasap de Puigdemont no le importará a nadie, ni aunque sea de contenido erótico, porque el tiempo y la política habrán ingresado ya en otros ciclos.

Embriagado por su propia noción de agente redentor de la historia, Puigdemont no tratará sino de compensar la estafa de no haber terminado como Allende en la Moneda. Si no fuera todo tan ridículo, pensaríamos que para eso quería entrar, aunque fuera atado al eje de un camión.

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