Ya te invité a los doce primeros sorbos de este libro. Aquella fue la bienvenida, la puerta de entrada a un viaje donde el cine y la coctelería se dan la mano sin postureo, con recuerdos personales y muchas ganas de brindar. Hoy vuelvo con otros doce capítulos. Los que van del número trece al veinticuatro. Porque el libro tiene 84, y la idea es que lo vayas descubriendo poco a poco, película a película, copa a copa, como quien no tiene prisa pero sabe que el trago merece la pena.
Abro este segundo bloque con el Whisky Sour y toda su familia. Es el cóctel de los sours, de los ácidos, de esos combinados donde el zumo de limón natural manda sobre el resto. Cuento en este capítulo una anécdota personal: el día que le di un codazo al general Pinochet vestido de almirante en el Palacio de la Moneda de Santiago de Chile. Tenía otras cosas en las que pensar, como la discusión entre Perú y Chile sobre quién inventó el pisco, pero el caso es que de aquella experiencia nació mi cariño por el Pisco Sour. También está el Whisky Sour que Matt Dillon pedía en Algo pasa con Mary y que el camarero se negaba a servirle. Yo no cometo ese error. Si quieres uno bien hecho, aquí te explico cómo.
Luego llega el Angel Face, ese cóctel que esconde una tremenda fortaleza alcohólica bajo una apariencia dulce y melosa. Lo asocio a la película de Otto Preminger con Robert Mitchum, Carita de ángel, donde una adolescente desequilibrada responde a todo con un lacónico «solo café» mientras a lo largo del metraje no para de beber ponches, coñac, jerez y champán. El cóctel Angel Face lleva ginebra, apricot brandy y calvados. Es digestivo, semiseco, y te advierto que una cara de ángel puede esconder un monstruo. O un torbellino. O una noche inolvidable.
De ahí paso al Sidecar, un cóctel que nació en París en los años veinte, en ese mítico Harry’s New York Bar que frecuentaban Hemingway, Scott Fitzgerald y George Gershwin. Cuenta la leyenda que un militar norteamericano salía del bar ayudado por su chófer, que le introducía en el sidecar de la moto para llevarlo a casa. De ahí el nombre. El cóctel lleva coñac, Cointreau y zumo de limón. Es glamuroso, digestivo y te transporta a esa época en la que París era una fiesta. Por cierto, su precursor fue la Dama Blanca, otro cóctel del mismo barman, Harry Mac Elhone, que cambió el coñac por ginebra y añadió clara de huevo. De una copa nacen muchas.
El siguiente es el Eggnog, el cóctel navideño por antonomasia. Aparece en El hombre que vino a cenar, esa película donde Bette Davis aguanta estoica a un periodista ácido que no para de decir barbaridades. El Eggnog lleva huevo, leche, brandy, ron oscuro y nuez moscada. Es nutritivo, festivo y muy popular en los países anglosajones durante las fiestas. En España no es tan frecuente, pero te animo a probarlo. George Washington era muy aficionado, y si al primer presidente americano le valía, a nosotros también.
Luego reflexiono sobre los cócteles de género. Sí, has leído bien. En La sombra del testigo, una película de Ridley Scott de 1987, la chica pide un Spritzer y el chico un Vodkatini doble. Se supone que los cócteles suaves y dulces son para ellas y los fuertes y secos para ellos. Menudo disparate. Yo defiendo que cada uno beba lo que le apetezca en cada momento, sin etiquetas ni prejuicios. Así que te enseño a hacer un Spritzer, que no es más que vino blanco con soda, y un Vodkatini, que es un Dry Martini con vodka en vez de ginebra. Y aprovecho para desmontar el mito del «agitado, no revuelto» de James Bond. Hacer un Martini en coctelera es más difícil que en vaso mezclador, pero Bond es muy osado. O eso, o es un poco exhibicionista.
El capítulo dieciocho es para el Between the sheets, un cóctel digestivo y potente que lleva ron blanco, coñac, Cointreau y un chorro de zumo de limón. Aparece en Muerte bajo el sol, la película de Agatha Christie con Peter Ustinov de Hercule Poirot. Maggie Smith le ofrece uno al detective, pero él lo rechaza para concentrarse en la investigación. Yo no lo rechazaría. Es el cóctel de las buenas noches, para reposar «entre las sábanas». Y aunque no garantizo nada, parece que tiene ciertas propiedades que rondan lo afrodisíaco. Lo dejo ahí.
Luego viene uno de los grandes: el Singapur Sling. La reina de las mezclas. Nació en el Long Bar del Hotel Raffles, en Singapur, a principios del siglo XX. Lo inventó el barman Ngiam Tong Boon, y lo bebieron escritores como Joseph Conrad, Somerset Maugham o Rudyard Kipling, y estrellas como Ava Gardner o Elizabeth Taylor. La receta original es un laberinto: ginebra, cherry brandy, zumo de piña, zumo de lima, Cointreau, Benedictine, granadina, angostura… y una guinda, una rodaja de naranja, otra de limón y hojas de menta fresca. Es una fiesta dentro de una copa. También te doy una versión más sencilla por si no quieres volverte loco. Y de paso, el Cóctel del millón de dólares, otra creación del mismo barman en el mismo lugar.
El vigésimo capítulo está dedicado a Bésame, tonto, la película de Billy Wilder que escandalizó a medio Hollywood en 1964. La Legión de la Decencia la calificó de «gigantesca guarrada». Hoy la vemos con una sonrisa. El caso es que a la película se le rindió pleitesía con un cóctel del mismo nombre, que lleva Advokaat, un licor holandés de huevo, Curaçao azul y zumo de limón. Suave, dulce, con un punto cítrico y unas burbujas que te hacen cosquillas en la lengua. Beber y besar, al final, no es cosa de tontos.
De ahí salto al Harvey Wallbanger, ese cóctel que nació en California a finales de los sesenta, entre surfistas y resacas. La leyenda dice que Harvey, un surfista que había perdido un campeonato, entró en un bar y empezó a beber vodka con Galliano hasta golpear su cabeza contra las paredes. De ahí el nombre: Harvey Wallbanger, el Harvey que se da con las paredes. La versión que triunfó fue con zumo de naranja. Te la cuento con todo lujo de detalles, y de paso te doy otras combinaciones con Galliano, ese licor italiano amarillo que tanto tiempo pasa olvidado en las barras y que aquí recupera su esplendor.
El siguiente es el Caruso, un cóctel dedicado al mítico tenor Enrico Caruso, que murió joven, en 1921, y se convirtió en leyenda. El cóctel es verde, cristalino, con sabor a menta. Lleva ginebra, vermut seco y crema de menta verde. Aparece en Abajo el telón, la película de Tim Robbins donde Vanessa Redgrave bebe uno mientras escucha a un pianista. Es digestivo, tonificante y te transporta a la ópera, al glamur, a esos años donde los tenores eran dioses. Si lo pruebas, hazlo despacio, deja que se aclare en la copa, como la voz de un cantante antes de romperse en un agudo.
Luego viene el Tom Collins y toda su familia. Es el cóctel del dragón mágico, el que bebe Robert de Niro en Los padres de ella mientras intenta congraciarse con el novio de su hija, interpretado por Ben Stiller. El Tom Collins original lleva ginebra, zumo de limón, azúcar y soda. Si cambias la ginebra por otro alcohol, obtienes miembros de la familia: John Collins (con ginebra holandesa), Pedro Collins (con ron), Iván Collins (con vodka) y así hasta una docena. Te los presento a todos, y de paso te cuento la historia del dragón Puff, que le da la magia al capítulo.
Cierro este segundo bloque con el Alaska, un cóctel frío como el hielo del estado que le da nombre. Lleva ginebra y Chartreuse amarillo. Es seco, potente y hay que hacerlo con mucho cuidado en la coctelera para que no quede aguado. Lo asocio a la película Alaska, donde Charlton Heston se pierde en la blanca península, y también a La quimera del oro, donde Chaplin buscaba el preciado metal. El Chartreuse, por cierto, es un licor secreto que llevan elaborando los monjes cartujos desde 1605. Una fórmula de 130 hierbas que ha sobrevivido siglos. Si eso no es cine, que baje Dios y lo vea.
Con estos doce capítulos ya tienes otro buen puñado de historias. Pero insisto: el libro tiene ochenta y cuatro. Y detrás de cada uno hay una película, un cóctel, una anécdota y muchas ganas de compartir una copa contigo. Si quieres seguir acompañándome en este viaje, sorbo a sorbo, pantalla a pantalla, el libro está esperándote. Y si lo prefieres dedicado, con envío sin gastos y con la firma de quien ha estado tras la barra y delante de la pantalla, ya sabes cómo contactarme. Salud y cine.
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