El celuloide etílico: cuando el cine se sirve con hielo (y un poco de historia personal)

El celuloide etílico: cuando el cine se sirve con hielo (y un poco de historia personal)

Hay libros que se leen. Y luego hay libros que se beben. El mío, El celuloide etílico. Cócteles en pantalla grande, pertenece a esta segunda categoría. Y no lo digo por presunción, sino por pura definición: sus páginas están llenas de ginebra, ron, vermut, champán, whiskey y alguna que otra lágrima de cebollita en vinagre. Pero también de escenas inolvidables, actores borrachos de interpretación, directores con petaca y bármanes de película —literalmente. Permíteme que te cuente de qué va esto, porque no es un libro al uso. Y quizá, al terminar, tengas ganas de prepararte un Dry Martini (agitado, no revuelto, si te atreves) y te lances a leerlo con una aceituna cruzada sobre las páginas.

Se trata de un libro que escribí porque no lo encontré en ningún sitio. Todo empezó hace años, cuando desde detrás de una barra —primero en Casa Fugger, luego en otros templos de la noche madrileña— me di cuenta de que la gente recordaba los cócteles por las películas. Y al revés: las películas se anclaban en la memoria por lo que bebían sus personajes. Busqué un libro que reuniera eso: un libro que buscara la escena exacta, el diálogo concreto, el gesto del actor al recibir su copa. Y no lo encontré. Así que decidí escribirlo yo.

El resultado son 84 capítulos (algunos basados en los textos que fui publicando durante años en prensa, luego ampliados y mimados), más de 200 películas revisitadas con lupa y cariño, y casi 400 recetas de cócteles. No recetas técnicas con gramos imposibles, sino formas de entender la coctelería como se hacía antes: a ojo, con respeto por los ingredientes y con la certeza de que cada combinación tiene una historia detrás.

Y hablo de mucha gente, más de 1000 personas y personajes distintos, de Buñuel a James Bond, pasando por mi tía Taca. El libro es un viaje. Charlie Chaplin agitando la coctelera en el cine mudo; Bette Davis pidiendo champán como si fuera agua; James Bond con su obsesión por el vodka «shaken, not stirred»; el general MacArthur y sus julepes de menta en West Point.

Pero también están mis historias. Porque no podía ser de otra forma. Ahí cuento cómo conocí al barman Antonio Russo en Nápoles, mientras me preparaba un Vesuvio azulado con vistas al volcán. Cómo le servía un Gimlet a María Teresa Campos al atardecer en Casa Fugger. Cómo me encontré con Manuel Fraga y acabé de «edecán de queimadas» en Santiago, con el fuego azul del aguardiente iluminando la noche. O cómo mi tía Taca, ahora ya con 90 años, me pidió un Porto Flip cuando le dije que iba a abrir un negocio de coctelería. Aquella fue mi primera vez con una coctelera de plata.

Y las ilustraciones son también puro cine, ya que el libro lo ilustra Alba Fernández, y no son dibujos decorativos. Son escenas de película en las que aparecen actores y actrices que tendrás que identificar. Un juego visual que convierte la lectura en algo aún más divertido. Incluso yo, que las he mirado cien veces, sigo descubriendo detalles.

¿Para quién es este libro? Bueno, está dedicado a Ganímedes, el copero de los dioses en el Olimpo, pero va también para el cinéfilo que quiere saber qué bebía Humphrey Bogart en El halcón maltés (spoiler: un somnífero en la copa, pero mejor no lo imites). Para el aficionado a la coctelería que busca recetas clásicas —y algunas casi olvidadas— explicadas sin postureo ni medidores milimétricos. Para el que disfruta con las curiosidades: ¿sabías que el Shirley Temple lo inventaron en el Chasen’s de Hollywood y que la niña prodigio dejó de creer en Santa Claus a los seis años? Pues está en el libro. Y también es para quien quiera un regalo original, bonito y con sustancia. Porque un libro así no se hojea: se degusta.

¿Dónde se vende? El celuloide etílico se puede comprar en librerías, como la Llibreria Byron en BarcelonaModesta Librería, Ocho y Medio y Museo Reina Sofía en Madrid o Versus en Vigo, incluso grandes como La Casa del Libro o El Corte Inglés. Y también en lagunas coctelerías de las que me gustan, como Bordello Parlour en A Coruña, Caribbian Club en Barcelona o 1862 Dry Bar en Madrid. Pero hay otra manera —y lo digo sin complejos— que es pedírmelo directamente a mí. ¿Por qué? Porque te lo envío sin gastos de envío. Porque puedo dedicártelo con lo que tú quieras: una frase, una broma, un recuerdo. Porque así el libro viaja de mis manos a las tuyas, sin intermediarios, como se hacía antes. Si te interesa, escríbeme un correo o un mensaje y lo hablamos. No hay complicaciones.

Por cierto, una última copa antes de despedirnos. Decía Alberto Gómez Font en el prólogo de este libro —y lo digo yo ahora, que ya te he contado bastante— que El celuloide etílico es una rara avis. No sé si tanto, pero desde luego es un libro que no se parece a ningún otro que conozca. Porque está escrito por alguien que ha estado a ambos lados de la barra: sirviendo copas y escribiendo sobre ellas. Porque las recetas no las copié de internet: las he preparado, las he probado, las he servido. Y porque las películas no las vi en dvd acelerado: las he vivido, las he soñado y las he vuelto a ver con un cuaderno al lado.

Así que nada: si te apetece acompañarme en este viaje de cine, alcohol y buenas historias, ya sabes dónde encontrarme. Yo, mientras tanto, seguiré pensando en el siguiente cóctel. Que el cine y la buena mesa —y la buena copa— nunca pasan de moda.

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Autor

Juan Luis Recio

Blogger gastronómico y de tendencias, crítico de vinos (XL Semanal), letrista, sociólogo, mensista, poeta

Juan Luis Recio

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