Peñafiel es el corazón de la Ribera del Duero y tiene una mezcla de historia y sabor que se escribe sola. En el centro de la provincia de Valladolid, custodiada por el «buque insignia» de los castillos españoles, se alza esta pequeña e histórica villa que no es solo un destino; es una experiencia sensorial donde el tiempo parece detenerse entre el aroma a lechazo y el color rubí de sus vinos.
La silueta alargada del Castillo de Peñafiel (210 metros de largo, pero solo 20 de ancho, lo que le da su icónico aspecto de barco encallado en la loma) domina el horizonte, albergando en su interior el Museo Provincial del Vino. Pero la historia no termina en las alturas. Tras haber vivido la emoción de la Bajada del Ángel el Domingo de Resurrección, su fiesta más emblemática y singular, Peñafiel nos invita a perdernos en su Plaza del Coso, un enorme coso medieval con casas desiguales que sigue vibrando con cada festejo. Para ver la Bajada del Ángel, los balcones de la Plaza del Coso se subastan al mejor postor. Es la única forma de conseguir un «palco» privado ya que la plaza se llena de gente con horas de anticipación.
Aunque el Castillo (el «Buque de Castilla«) y la Plaza del Coso son los grandes imanes, Peñafiel guarda otros tesoros, como el Convento de San Pablo: imprescindible por su impresionante cabecera gótico-mudéjar. Es un lugar de una belleza arquitectónica singular; la Torre del Reloj: el último vestigio de la iglesia de San Esteban. Su maquinaria original del siglo XIX sigue marcando el pulso de la villa; Casa Museo de la Ribera: una visita apropiada para entender cómo era la vida cotidiana en la zona a principios del siglo XX a través de una representación teatralizada y para relajarse, el río Duratón y la Judería: un paseo por la ribera del río permite ver antiguos molinos y el parque donde se asentaba la antigua judería. Y sin salir de la ciudad, hay que pasear también por la Calle de las Rondas y buscar los restos de la antigua muralla; es de los pocos lugares donde aún se puede tocar la piedra que protegía la villa hace siglos.
Ninguna visita está completa sin descender a las profundidades de la tierra. La Bodega Protos es parada obligatoria. Sus galerías excavadas bajo la montaña del castillo contrastan con la vanguardista estructura diseñada por Richard Rogers. Es el equilibrio perfecto entre la tradición del primer «Ribera» y la arquitectura del siglo XXI. Hablar de Protos es hablar de la historia viva de la Ribera del Duero. No es una bodega más; es la que puso nombre a toda una región.
La gastronomía en Peñafiel es un rito que se celebra con calma. Hace poco la prestigiosa revista National Geographic colocaba, en uno de sus ránkings, a Peñafiel como el pueblo de España en el que mejor se come de todo el país. ¡Nada menos!
Hay tres paradas imprescindibles:
Bar Torero: situado en el centro de la villa, en plena Plaza de España, a la sombra de la Iglesia de Santa María, este bar se convierte en una auténtica colmena de actividad tanto para lugareños como para visitantes. Es el sitio idóneo para el «tardeo» o un aperitivo auténtico, hacer una parada y disfrutar de una cerveza bien fría o un café reconfortante, acompañado de unas tapas deliciosas como sus torreznos, gambas rebozadas, croquetas o la oreja, acompañados, por supuesto, de un vino de la zona.
Restaurante Molino de Palacios: comer aquí es sumergirse en la historia, ya que ocupa un antiguo molino sobre el río Duratón del siglo XVI y conserva una decoración exquisita con elementos de artesanía. Su especialidad indiscutible es el lechazo asado en horno de leña, pero sus níscalos a la molinera, las croquetas y la morcilla son entrantes que compiten en protagonismo. También los escabechados de caza, los guisos caseros y las setas en temporada.
Lagar de San Vicente: un antiguo lagar con una bella y antigua bodega subterránea donde el ambiente rústico es el mejor aderezo. En las galerías de la bodega hay algunos huecos con barricas hechas a medida por algunos especialistas (de ahí viene la frase “a ojo de buen cubero”). También aquí el plato estrella es el lechazo elaborado al horno de leña, en cazuela de barro y servido bien caliente, con la carne exterior crujiente. Además, su sopa castellana y las mollejas a la plancha son famosas por su sabor casero y reconfortante. Su tabla combinada de marisco, embutido, queso, calamares… es muy apropiada para un entrante a compartir. Por cierto, si va a cenar, vale la pena llegar con algo de antelación para tomar un aperitivo y ver la espectacular puesta del sol que hay desde esa altura.
Texto original de Enrique Sancho de Open Comunicación.
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