Todos conocemos el chiste del coadjutor que predicaba sobre la resurrección de Lázaro. “Cuando Jesús le dijo ‘levántate y anda’, Lázaro andó”, sermoneaba el auxiliar. Escandalizado por su lapsus linguae, el párroco le susurró, con irritación: “Anduvo, jodido, anduvo”. Creyendo cogerla al vuelo, el coadjutor precisó la frase: “Al principio anduvo jodido, pero andó”.
Eso les ocurre hoy día a cantidad de periodistas, políticos y otros personajes públicos: que escriben andó a tutiplén y ni siquiera andan jodidos, sino que se quedan tan frescos.
No me extraña, pues, que el informe PISA diga que nuestros escolares tienden al analfabetismo. En su descargo, al menos ellos aún tienen la posibilidad de aprender.
Lo malo es que hasta los mejores periódicos del país parecen escritos hoy por iletrados coadjutores como el del cuento, quienes muchas veces acaban diciendo lo contrario de lo que creen decir. Y es que la gramática tenió entre nosotros un pasado digno, en vez de la ignominia actual.
