La lesbiana castigada (violencia sin género)

La llamada Ley contra la Violencia de Género introdujo en España una discriminación legal contra los hombres -toda «discriminación positiva» no es más que una discriminación contra los demás- por la cual un mismo delito tiene una consideración distinta según el sexo de quien lo cometa: si es un hombre el que agrede a una mujer, entonces se considera un delito y conduce directamente a la cárcel. Si es mujer la agresora, entonces sólo se trata de una falta y se salda con una multa.

No es necesario discutir demasiado las falaces razones que llevaron a la norma, pues, al igual que con la pena de muerte, una sola injusticia sirve para invalidar cualquier precepto que la propicie. Acaba de salir de prisión un hombre que ha estado once meses recluido por denuncias falsas de su ex-mujer. En cuanto se produce la denuncia, y sin más prueba en contrario, el hombre es arrancado de su casa y enchironado. La presunción de inocencia ha sido suspendida de hecho para el hombre, presunto culpable de maltrato y asesino potencial ya siempre.

En la práctica, pues, podríamos hablar de un estado de excepción para los hombres heterosexuales. (Y las lesbianas, como luego veremos.) Pero ésa era la finalidad de este disparate, la de criminalizar a media humanidad, la masculina, por el hecho de serlo, y satisfacer así el ansia de venganza que el feminismo más rencoroso aportó a la gobernación de Rodríguez Zapatero, una operación de revancha histórica sin precedentes en una democracia que treinta años atrás había querido hacer de la reconcialización su seña de identidad.

Deténgamonos sólo en un aspecto del asunto. Casi nadie se habría opuesto a un aumento de las penas como elemento disuasorio, si se trataba de prevenir la violencia en las parejas. Pero para todos, para cualquier abuso, contra el delito, no contra el delincuente. ¿En qué habría perjudicado a las mujeres agredidas el que el incremento de penas se hubiera establecido sin discriminación alguna? Los crímenes contra las mujeres, o contra quien sea, han de ser castigados de manera ejemplar, y las víctimas, las grandes olvidadas de nuestras leyes, suficientemente resarcidas. Ojalá se hiciera así con tantos delitos execrables que en España se saldan con unos añitos.

Resulta curioso, sin embargo, que los enemigos de la cadena perpetua o del cumplimiento íntegro de las condenas, incluso en casos como los de Nani-sex (esta misma semana la izquierda ha rechazado una ampliación de castigos, entre otros, contra los pederastas), sí consideraran conveniente el agravamiento de la pena cuando se dirigía selectivamente contra los hombres. Se alega la frecuencia. Pero la diferencia estadística por sexo o por cualquier otro rasgo del agresor no puede ser nunca un argumento. ¿Aumentamos las penas por atentado terrorista cuando los autores sean vascos o árabes? ¿Les alargamos la condena a los rumanos por tener el mayor índice de delincuencia? ¿Qué culpa debemos pagar los hombres de hoy por situaciones históricas pasadas?

Estamos ante una suerte de fascismo de género. Que, como todo totalitarismo, es el resultado del resentimiento que unos pocos imponen y con el que secuestran a los pueblos. La llamada ideología de género establece -además de la separación entre hombres y mujeres, que hasta ahora habíamos pertenecido al mismo género, el humano- incluso concepciones del mundo distintas en función del sexo con el que se nace. El mismo valor de marcación y destino que los nazis otorgaban a la raza (el judío) o los comunistas a la clase social (el burgués). No ha habido nada tan reaccionario ni tan enemigo de la igualdad en los últimos años como este constructo puritano, importado del feminismo de la extrema izquierda norteamericana y expandido desde un organismo que para mayor recochineo se llama Ministerio de Igualdad.

Es el Islam al revés. O la barbarie al derecho y contra el derecho. Aquella conquista ilustrada de la igualdad ante la Ley, rueda como la cabeza de un rehén en una web islamista ante tan progresista medida. Nunca sabremos hasta qué punto esta discriminación tan burda ha coadyuvado al trágico fracaso de una ley que ha visto exponencialmente incrementados los crímenes contra las mujeres y las denuncias falsas contra los hombres.

Sus víctimas terminamos siendo todos. La democracia, la vertebración social, las personas concretas, sean del sexo que sean. Algo así estará pensando la lesbiana que semanas atrás ha sido condenada como ‘agresor’ contra su esposa, de la que se estaba divorciando y a la que le estrujó el cuello mientras la llamaba hijaputa y otras lindezas. Le han aplicado la Ley de Violencia de Género y la han condenado a pena de cárcel. Es decir, la han considerado todo un hombre.

Pero no lo es. Y ahí está lo muy significativo de la sentencia: lo que se ha condenado es la conducta y no el sexo de quien así se comporta. El juez ha intentado devolver la cordura a una ley que no la tiene y que esta decisión revela de manera palmaria: las mujeres lesbianas sufrirán la misma pena que los hombres, porque el agredir a otra mujer las masculiniza. Lo que establece la ley, revoquen o no la sentencia, es que la conducta agresora resulta connatural al hombre, mientras que la condición de víctima es inherente a la mujer. Cualquier desvío realmente sucedido ha de ser ocultado, negado, travestido, para no contradecir la ideología, el dogma.

No previeron que esta venganza contra el hombre se volvería también contra una parte de los poderosos lobbies que la apoyaron. Tampoco las parejas de homosexuales masculinos están afectadas por la ley. En este caso, aunque se agredan, no se les considera hombres. Y es que si eliminaran la discriminación por sexos, entonces la norma no les resultaría útil. Lo que se buscaba era sancionar la condición ‘genéricamente’ violenta del macho. Y ganar votos. Con una indecencia aún mayor cuando se hace en nombre de tantas mujeres trágicamente asesinadas. No les importaba el fracaso real, sino su triunfo ideológico. Pero la lucha por la igualdad y la plenitud no puede concebirse como una guerra de castigo contra los hombres, sino desde la colaboración como seres humanos. Siendo personas, antes que ‘géneros’.

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