Todo estaba en la foto (Las niñas góticas)

Todo estaba en la foto. El desconcierto de una sociedad adulta que ha renunciado a educar en la plenitud de su sentido. Los complejos de la pequeña burguesía arribista, de derechas o de izquierdas, que confunde ser liberal de espíritu con malcriar a los hijos. Las contradicciones, que decíamos cuando aún coqueteábamos con el marxismo, de una izquierda pacata que cree que consentir a las chicas abortar sin conocimiento de los padres –y con conocimiento, también- la convierte en avanzada, mientras, eso sí, no las deja salir en la foto.

El triunfo de ZP no es casual, su poder como icono es resultado de su capacidad de representación de esa clase, sociológicamente reaccionaria siempre, en la que se ha sustituido el pensamiento marxista –equivocado, pero lo era- por el vacío posmoderno que sólo llenan los gestos, las consignas, los puños de las pijas alzados para salir en las revistas.

Estaban allí las niñas góticas, las únicas inocentes en este bochorno, y la Sonsoles neogótica. Estaba el sonriente gobernador de una Judea lejana, llamada Hispania, que había acudido servil a postrarse ante el emperador nubio. Y estaban los propios emperadores, amistosos, de los que no sabemos qué habrán pensado de estos hispanos que se les presentan en palacio con las hijas vestidas de película de sustos.

Seamos piadosos con ellas (disculpen la foto, pero es ya la única que he encontrado en la red como imagen sola), sólo sus padres son culpables de que hoy sean objeto de morbo y mofa, sus padres que no las están educando, enseñando a vivir, a comportarse según la situación, a discriminar los contextos, a honrar a quienes visitan. Papá Z, claro, cree, y por eso es imposible cualquier pacto educativo con esta izquierda –con la de Leguina, sí, por supuesto-, que lo mejor es no contradecir a las pobres niñas, que crezcan en la falsa libertad de su confusión. Enseñar a ser libres sin disfraces, contra una sociedad que ha hecho del disfraz su hábito, es un reto excesivo.

El orden moral del zapaterismo es ese ‘borrado’ de ojos de sus hijas, esa censura que esgrimen como un derecho. Los padres tienen derecho, ha afirmado De la Vega, a decidir sobre las imágenes de sus hijas. ¡Ah!, ¿pero los padres tienen derechos? ¿Pueden evitar que sus hijas aparezcan en una foto, pero no saber, al menos por aproximación, que se están hinchando a follar y que van a cometer un crimen –legal, pero un crimen- que las marcará de por vida? ¿Ni siquiera para llorar con ellas, si hay que hacerlo? ¿Las ‘adolescentes’ tienen derecho a su cuerpo y no a su imagen? ¿Ellas, que iban así vestidas, precisamente porque son víctimas de una sociedad cretina en la que todo es imagen? ¿Estaban de acuerdo las niñas góticas en que las borraran de una foto nada menos que con los Obama, que no es que la Casa Blanca sea un puticlub, con lo que hubieran molado en el colegio y en ‘Tuenti’? Qué intolerable opresión.

Esta nueva ‘educación en valores’ socialista –pobre socialismo, en lo que lo han dejado- es la que exponía esta misma semana una joven diputada murciana, Gloria Martín, para responder a la portavoz del Gobierno regional, María Pedro Reverte. Hay algo que sí continúa vigente en el PSOE: la disciplina, bien es verdad que antes era ideológica y ahora sólo ‘consignológica’. Martín ha reiterado, aunque con más elegancia, el brillante hallazgo de su ministra Aído, aquella histórica comparación entre “ponerse tetas” y abortar. ¿Cómo es posible, ha expelido Martín, que se proteste por la exclusión de los padres de la decisión de abortar, y no se hiciera cuando el PP aprobó el derecho de las chicas a la cirugía estética sin autorización paterna?

No le falta razón: las tonterías del PP, cuando se pone progre, dan para un tratado. Pero lo revelador, eso que se nos impone entre la niebla, sigue siendo la equiparación moral entre retocarse la nariz y matar a tu hijo. Una cosa es que no se castigue a una mujer que se ha visto ante el abismo, y otra muy distinta querer convertir esa tragedia en un derecho. Esa es la enfermedad que acabará con nosotros. La que todos hemos contribuido a extender, a trivializar. Esa contradicción sobre la que flotamos, alados y transgénicos, burgueses satisfechos en este autoexterminio de la vida y el pensamiento por el que, de la misma manera, borramos los ojos de unas niñas a las que previamente hemos llevado vestidas de fantasmas a la ópera.

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