Ni barcos ni honra

Menos mal que nuestros hijos ya no saben Historia. Es mejor que España ya no exista. Acaso fue, en efecto, un sueño, y nunca hayamos sido otra cosa que unos versos de Calderón. Quizás nunca salimos del siglo XVII, y el fantasma que recorría Europa no fuera el del comunismo, sino el de aquella España de Quevedo de la que sus versos tristes dan testimonio, pero que ya era un cadáver exquisito o un zombi desnutrido que se creyó imperio. “Miré los muros de la patria mía/ si un tiempo fuertes, ya desmoronados…”. Repasar nuestra historia es hoy un ejercicio abocado a la melancolía, esa que despiden todos los episodios del Alatriste de Pérez Reverte, porque Alatriste no es más que un español de hoy que recuerda haber sido. Al menos aquellos hombres tuvieron patria.

Mejor la ignorancia. Por una vez, el hundimiento de nuestra enseñanza resulta útil. Que nada nos revele nuestra nada. No puede haber continuidad ni relación alguna entre este astracán fantoche, este régimen de cobardes que refugian su estulticia en la razón de Estado, esta farfolla blanda de manos mentirosas, esta caricatura de nación, con aquella que descubrió océanos, abrió rutas desde las Filipinas a Sevilla, e hizo temblar a piratas y corsarios con sus galeones bien armados y el arrojo de sus marinos. Aceptar la realidad es signo de cordura, y así nos lo enseña nuestro señor don Quijote de la Mancha. Pero también la cordura y la muerte se dan la mano en él. No me lo imagino pagando rescates, en lugar de combatir el mal y restaurar el orden que es siempre la justicia. La de verdad, no ese folletín de la Audiencia Nacional y el nuevo camarada Beria que todo lo ve y todo lo oye.

Que nadie vuelva a leer a Cervantes, que perdió una mano en la más grande batalla que vieron los siglos, derrotando al mismo Islam implacable ante el que hoy nos escondemos. Que se prohíban las novelas de Pérez Reverte sobre Alatriste. Que se le llame Másquetriste. Que nadie pueda imaginar siquiera que aquellos españoles existieron alguna vez. Morirían de vergüenza. ¿Qué diría el pobre don Miguel, al que hasta quisieron travestir de zapaterista, de esta España estéril que se amilana en el Índico ante cuatro piratas musulmanes en lancha? ¿De esta vieja nación que un día crió héroes y hoy se arrodilla ante quienes la amenazan? Los ingleses, a los que entonces nuestros barcos recibían a cañonazos, como en Cartagena de Indias, se chotean hoy de la Guardia Civil en aguas españolas de Gibraltar y se entretienen disparando a las boyas con nuestros colores nacionales. Han detectado que de nacionales les queda poco. Tiemblan ante la posibilidad de que Zapatero les envíe a Carmen Chacón, la capitana-rubianes que ni siquiera se siente española.

De nuestro miedo viven. Por nuestro miedo nos derrotarán. Todos los bárbaros del mundo saben ya de la debilidad de esta Roma hispana, de que ya no tiene ni soldados, de que paga mercenarios mal preparados para defender sus barcos. Y, sobre todo, de que sus marineros se avergüenzan de su bandera y la ocultan y la ofenden y nada pasa, y luego su Gobierno de los corderos acude a pagar por los lobeznos vascos que desprecian a quienes los salvan.

De todo lo ocurrido, esto es, sin duda, lo más humillante. Nos hemos deshonrado por rescatar a gentes que nos odian hasta el punto de que sus familiares, vecinos de ese Bermeo al que tantas latas de atún y anchoas le compramos, se han negado a viajar en el avión de la Fuerza Aérea que sí ha llevado a las familias de los marinos gallegos al reencuentro con los suyos. Lo había escuchado en algunas emisoras así como entre dientes. ¿Cómo que no viaja ningún vasco? ¿Por qué? Nadie quería explicarlo. Pero el viernes, al fin, salió: se niegan a subir a un avión español. No se negaron a reclamar la intervención y el pago con dinero español.

Son unos miserables, sin duda. Pero el ultraje y la estupidez son nuestros, y nuestro este oprobio por el que llevamos treinta años soportando privilegios, fueros, leyes privativas, pasta, mucha pasta, para que esta gentuza que no se rebaja a poner su culo abertzale en un avión español, gratis total, encima nos escupa cada día. Tienen mejores servicios, sueldos más altos, menos impuestos, no comparten con nosotros más que las pensiones, porque no podrían pagarlas, y nos insultan y se ciscan en España.

El mayor sarcasmo es que una de las fragatas que los acompañan es la Méndez Núñez, el almirante que dijo que más valía la honra que los barcos. Hoy nos burlan y aprovechan para lucir su separatismo por esos mares de Dios. Los barcos no son españoles, pero tenemos que ir a salvarlos con los cuernos. Ya ve, don Casto, cómo progresa España: ya no nos quedan ni barcos ni honra.

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