Inolvidables

Me crié en el cine. Primero me llevaban mi madre y su amor al cine en el cesto. Luego, me soltó por el pasillo y ejercí la impunidad de corretear arriba y abajo ante los seguros deseos de asesinato del resto de espectadores. Pero entonces todo era familiar, empezando por los propios cines, y siguiendo por la películas, en las que raramente ocurría algo que no pudiera ver un niño. Y, si ocurría, nos decían “tápate los ojos” y tú abrías los dedos y veías el beso encendido, la alcoba que se cerraba o el crimen con que comenzaban o culminaban las “pasiones humanas”.

Otras veces me iba detrás de la pantalla a ver el gran altavoz por el que creía que salían las imágenes, hasta que me dejaron subir a la cabina con Pepe, el operador, que era, además, fontanero en el taller de mi tío, y un auténtico «manitas». Más tarde me senté en la fila 5 (a mi madre le gustaba cerca) y así pasé los dieciséis primeros años de mi vida, sin faltar una sola tarde al Gran Teatro Cinema, sobre todo, el primero que tuvimos en Caravaca y donde también todos los lunes dábamos comedia, revistas, casi siempre de Colsada, o variedades; los domingos, al Gran Vía; y, en verano, al maravilloso Cine Imperial, del que se decía que era el cine de verano más bonito de la provincia.

El cine fue mi verdadera escuela. Desde Hércules (Steve Reeves) a Ava Gardner (La noche de la iguana), Jeanne Moreau o Claudia Cardinale; de «Los Diez Mandamientos» y aquel mar que se abría, a Los Hermanos Marx, el Gordo y el Flaco o Charlot. Acaso me ocurriera, ya para siempre, que lo que sucedía en la pantalla me resultaba más interesante que la vida. En aquellas pantallas, claro, no en todas. No, desde luego, en la mayoría de los productos que hoy se siguen llamando cine y que, salvo notables excepciones (Scorsese, Frears, Loach, Tavernier, Michael Mann, Allen y, sobre todos, Eastwood…), han degradado la narración cinematográfica, sus fundamentos literarios y dramáticos, la complejidad humana de sus personajes hasta reducirlo todo a trazos gruesos y espectáculo tecnológico. Si Jorge Manrique hubiera podido escribir de cine, nos confirmaría que en esto, como en otras muchas manifestaciones artísticas, “cualquiere tiempo pasado” sí fue mejor.

Quizás por eso no me gusta la televisión. Tuve la suerte de crecer en aquella escuela de historias maravillosas, que se completó con la calle feliz y un sistema educativo que nos enseñó a leer, a conocer a los escritores y el mundo clásico, la pintura y cuantas obras hermosas había creado el hombre hasta llegar a nosotros. Gracias a Dios nos instruyeron, nos llenaron de conocimientos para poder entender. La vulgaridad no formaba parte del canon. Así que, prácticamente, sólo veo películas. Prefiero ver “Pic-nic” y a Kim Novak, que al ‘mariconsón’ presentador de turno hablando de Belén Campanas. Por eso quiero agradecer a los responsables de ese espléndido programa que es “Inolvidables”, en la televisión autonómica regional, la 7 Región de Murcia, la oportunidad y la extraña deferencia que han tenido con quienes hemos sido expulsados de la caja más tonta que nunca, salvo para convertirnos en casi fijos de su película de los martes.

No hay, que yo sepa, ahora mismo en las televisiones de esta nación discutida y discutible, un programa tan hermoso, tan raro: nada menos que grandes películas que ya son clásicos, presentadas con concisión y precisión, elegidas con primor, con un gran conocimiento del cine y sin perder de vista su atractivo popular para quien siga siendo pueblo, ciudadano, y no se haya degradado aún a masa. Porque no es el medio, la televisión, lo malo, sino lo que han hecho de él. Recuerdo los grandes ciclos de TVE en la Transición, los años 70 y primeros 80, cuando aún no era una televisión completamente al servicio del Gobierno. Recuerdo “La Clave”, exterminada por el primer sectarismo socialista. Y recuerdo, recientemente, “Qué grande es el cine”, el programa de Garci al que el segundo sectarismo socialista, el zapateril, mucho peor que el primero, se llevó como el viento. Hasta el cine de La 2 ha sido entregado al adoctrinamiento del insoportable cinespañol de la zeja y la queja.

“Inolvidables” debería ser de obligada visión para los jóvenes. Habrían entendido la verdadera alegría de vivir con Ford y su “Taberna del irlandés”; lo que es un diálogo con Tennessee Williams y su “Gata” y compararlo con el de Almonábar; lo que es un actor de carácter con Burl Ives; el verdadero erotismo con la Anne Bancroft de «El graduado»; o lo que es la construcción dramática, la acción interior, la progresión, el destino, la tragedia, toda la mejor literatura, de Sófocles a Shakespeare, resumida en esa colosal trilogía que para mí constituye la mejor película de la historia, «El Padrino».

Y la que creo insuperable interpretación del héroe trágico: el Michael Corleone de Al Pacino, el dolor, la venganza, el amor, el orgullo, la sequedad del alma y la soledad absoluta en esos ojos acerados, inacabables y vencidos, en su aparente triunfo, por una vida que no es nunca lo que esperábamos de ella. Vean «El Padrino II», que es la mejor de todas, su concentrado. Estoy seguro de que me lo agradecerán. Como yo les agradezco, de corazón, “Inolvidables” a quienes nos regalan cada martes el cine verdadero.

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