Los agricultores no tienen Zeja

Toda la realidad de este socialismo falsario que se dice defensor de los desheredados, podría resumirse en el muy diferente trato que les ha dado en los últimos días a los agricultores, siempre los últimos, y a los de la zeja, artistas presuntos y millonarios verdaderos. Mientras Zapatero y su gobierno se esmeraban en satisfacer las demandas de sus apesebrados, hasta que la revolución de internet se les echó encima, con los pobres agricultores todo fueron desprecios. No se dignó ni a recibirlos en Moncloa.

La gente del campo sale poco en la tele. En un mundo que cree que la fruta crece en el mercadona, la agricultura es un residuo molesto, una actividad poco progresista que gasta agua y ensucia la tierra. Para qué los van a recibir en la Moncloa sostenible.

Siempre recordaré la inquietud con que en casa de mi abuela se recibía la primavera. Si no llovía, los frutos no engordaban; si helaba, se perdían; si llovía a destiempo, manchaba la fruta y la arruinaba; si granizaba, peor. La vida de un agricultor consistió siempre en levantarse cada mañana y mirar al cielo. Y luego, esperar a que vinieran a comprarte la fruta al precio que quisieran. Como hoy. Los agricultores, los huertanos y campesinos, viven la tragedia de su dependencia: del cielo y de los sinvergüenzas de la tierra. Explotaciones familiares en su mayoría, a pesar del empeño de la izquierda sostenida por presentarlos como grandes empresas esquilmadoras de los recursos naturales, los agricultores están ya para darse un trastazo, viendo cómo son el único sector que ha resistido mal que bien a la crisis, y cómo, sin embargo, el desastroso Gobierno de Zapatero se empeña en acelerar su destrucción.

No sólo no se ha tomado una sola medida para limpiar los canales de comercialización de especuladores y mafias, ni se ha actuado en modo alguno para liberalizar el monopolio de hecho de las grandes superficies, sino que en los últimos días han acumulado decisiones nefastas.

Al día siguiente -para absoluto recochineo- de la visita a Murcia de la ministra de Ciencia, esa señorita vasca a la que le han reducido el presupuesto dada la importancia del I+D+i, y decir la interfecta que nuestro sector agroalimentario era una de las esperanzas para salir de la crisis y avanzar en la economía sostenible, al día siguiente, digo, el Gobierno anunciaba un subidón histórico en las tarifas del Trasvase, de un 68% para la agricultura y de un 75% para consumo, lo que repercutirá en un 8% en el coste del agua para los agricultores. No entremos en lo que nos están cobrando por las inútiles y dañinas desaladoras. Están anunciando que tendrán que abandonar la tierra porque no pueden seguir produciendo con los márgenes actuales, y el Gobierno les sube el agua.

La que, además, no vendrá. Porque en los mismos día supimos de la intención del PSOE de incluir en el Estatut de Barreda una reserva de 6.000 hm3, no para el Tajo, sino para lo que decidieron llamar Castilla-La Mancha y que tanto cabrea a los de La Alcarria. Es decir, para esa nueva nación, otra, que quiere el agua del Tajo para trasvasarla al Guadiana y hacerse unos chaletes en Ciudad Real, decretando con ello el fin de la agricultura del Sureste y, por añadidura, el fin de España, pues supone reconocer una soberanía hídrica por comunidades autónomas, ya ni siquiera por cuencas, tan grave o más que la del Estatuto catalán.

No crean que se acaba ahí la cosa. Gracias a la brillante diplomacia zapaterista, la Unión Europea va a concederle a Marruecos un trato preferencial que pone en peligro toda la producción mediterránea española. O sea, la única sostenible, la única puntera tecnológicamente de toda Europa, la única no subvencionada. Genial. Sobre todo en la plenitud del chantaje marroquí que tan bien ha vuelto a funcionar: o me dais lo que pido (entre otra cosas el Sahara) y os tragáis a Aminatu u os pongo aquello perdido de pateras islamistas. El vibrante silencio de Zapatero, audaz guerrero planetario, ha hecho temblar a la monarquía alauita.

El campo se muere. Nada produce más tristeza que verlo abandonado, los frutales secos, el color marrón de la muerte. Me resultaron chocantes, así, unas declaraciones recientes del famoso cocinero español José Andrés, el cual se ha instalado en Estados Unidos y ha convertido a la cocina española en el gran descubrimiento gastronómico de los norteamericanos. Decía que nuestra industria agroalimentaria suponía una extraordinaria posibilidad de futuro que nos podía colocar en la vanguardia mundial, del mismo modo que ya lo era nuestra cocina. Me reí. Pensé que llevaría demasiado tiempo en USA y que no sabe lo que es la España de ZP.

Y es que imaginar lo que hubiera sido enfrentarnos a la crisis sin Zapatero detrás -él nunca va delante-, contar en estos días con la seguridad del agua del Ebro y no haber puesto en marcha el Estatuto de Cataluña ni ningún otro, es un ejercicio, en efecto, que sólo lleva a la pena, a la melancolía.

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