¡Felices Pascuas, odo!

Estos días siempre fueron para mí las Pascuas. Y cuando se saludaba se decía Felices Pascuas. Al final es cuando sabemos que la vida sólo fue la infancia, y el resto no más que una extraña niebla podrida. Las Pascuas son la infancia, y desear Felices Pascuas es desear lo mejor, aquel tiempo completo donde estaban todos los que amábamos y había que ir al horno a recoger las yandas con los dulces aún calientes. Los rollos de manteca, el mazapán con cascos de frutas escarchadas, los manchegos, los pastelicos de cabello, los suspiros… O hacer el ‘alfajol’ en casa de mi abuela dándole vueltas al cucharón de palo que mezclaba la miel y las almendras en aquel gigante perol de ‘oro’.

Ahora la gente me dice “Felices Fiestas”. No sé a qué pijo de fiestas se referirán. Que yo sepa, esto es como mucho la Navidad, o sea, lo del Belén y el Niño Jesús y los villancicos. Salen los Animeros, se pide el aguinaldo, y, si acaso, como único festejo, está la Cabalgata de los Magos. Que no es un festejo, sino el anuncio de una película de suspense, la noche esperanzada de todos los niños insomnes. Al parecer ahora el personal celebra la Prehistoria y el solsticio, esa palabra imposible para sudistas que nos enseñaban en Geografía cuando aún se estudiaba algo. Pero las Pascuas no tenían que enseñárnoslas y salíamos zumbando una semana antes de Nochebuena a coger la pandereta y robar picardías. Claro que hoy todas aquellas emociones les han sido negadas a los niños y la Nochebuena es el postsolsticio del preequinoccio saturnal. Ah, los pedantes. Traicionan su infancia. Si es que la tuvieron. Viven en una memoria de vinagre.

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