El fin del mito catalán

El trimestre que se avecina pasará a la Historia como el que culminó el fin de un mito: el del catalanismo como opción regeneradora frente al agotamiento castellano. Durante más de un siglo nos han sacado los higadillos y nos han usado como una especie de territorio colonial, al amparo de la supuesta superioridad catalana (la vertebración social, la laboriosidad, la iniciativa, la europeidad, la industria y, sobre todo, el civismo) sobre las atrasadas estepas castellanas y los sures pobres y resecos de la España aún rural. Nos vendieron el mito junto a las telas y las longanizas, a las que llaman ‘espetec’, el término con el que han acabado hasta con la imperial de Lorca, muy superior en todo a sus equivalentes catalanes.

Han bastado treinta (los del Tiempo de TVE, fichados por ZP de la TV3, no saben decir más que ‘trenta’) años de nacionalismo, de autogobierno, de poder aplicar y expresar la plenitud de esa supuesta superioridad, para que se aprecie ya incontestable la inmensa estafa histórica sobre la que ejercieron su hegemonía y hasta nos impusieron un modelo de Estado, el autonómico, hecho para su gusto austracista. La regeneración del catalanismo ha consistido al final en un magnífico salto de trescientos años hacia el pasado. Desde la Cataluña rica y plena posterior a la Nueva Planta, hasta la Cataluña pobre e irrelevante del Barroco.

En realidad, lo que ha revelado el caso Pujol, simple metonimia de una sociedad gangrenada, es lo que ya sabíamos: que los nacionalismos son uno de los modos más efectivos (el otro es la salvación y el bien del pueblo) de instalación de mafias. Han alimentado al peor de los contramitos catalanes, el del afán inmoderado por el dinero, el de una sociedad que nos hacía creer en su honradez como principio de prosperidad, para revelarse como piara (los cerdos de la Granja de Orwell) de ladrones. El país del ‘nord’ de Espriu, el país soñado y limpio, era para nosotros aquella enorme fábrica alrededor de Barcelona. Sus albaceas lo han saqueado. Desde hoy, Cataluña ya no será nunca más el horizonte de nuestra esperanza. Si acaso, el de nuestra vergüenza.

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