La descomposición

El río de la mierda se lleva también la democracia. Los partidos que han gobernado hasta ahora se descomponen entre una diarrea de rufianes y el miedo a ser despeñados, y andan a lanzadas en los foros, en los periódicos, en ese invento que confunde cuanto toca que son las llamadas redes sociales. Esas redes que pretenden sustituir a las urnas y que son el primer gran engaño de esta era fantasmagórica. La semana pasada brillaron de nuevo las sogas de Linch para ahorcar virtualmente a los canallas, sí, pero también a unos cuantos infelices.

La extensión de la Operación Púnica a la Región de Murcia dio un poco de risa. Más allá de que un ex-alcalde de Cartagena, socialista en este caso, aparezca en un papel protagonista dentro de la trama popular, todo lo que supimos luego lo reduce a un episodio menor de los tentáculos de la trama. Y así, lo que me embargó de vergüenza cuando supe de las detenciones, se transformó al día siguiente en alerta democrática ante la sospecha de que pudiéramos estar ejerciendo de linchadores. Recordemos siempre «La jauría humana», aquella maravillosa película de Arthur Penn con Brando y Redford. Al final resultaba que la acusación contra los responsables de Turismo en Murcia consistía en haber firmado cuatro días antes un contrato de promoción turística por internet de ¡24.000!euros, de los que, aplicando el baremo de la trama, nada menos que ¡700 euros! habrían ido a pagar a los supuestos ‘corruptos’. ¡Odo, qué corruptos más baratos!

En fin, el asunto se comenta solo, aunque en el fragor del escándalo que nos tiene quemados, los ‘corrompidos’ presentaron su dimisión al día siguiente desde la decencia de no seguir contribuyendo a la bulla de la irresponsabilidad política. Por eso, y a modo de ejemplo, la foto de la directora general de Turismo de la Región de Murcia llorando en el coche que la sacaba de las dependencias policiales, entre el aplauso de todos los que esa noche clamaban por su muerte civil, debiera servirnos para recordar que la democracia, si es algo, es el respeto a la dignidad humana mientras no se merezca lo contrario.

Ni la misma Justicia puede tomarse la justicia por su mano y pasear como reos a quienes no han sido ni siquiera imputados. La justificada vergüenza que sentimos ante esta riada de ladrones no puede llevarnos a sacrificar en ella lo más sagrado: la democracia misma, la presunción de inocencia, el derecho a no ser enfangado sin pruebas fehacientes. Decir esto no me va a granjear simpatías en estos tiempos, pero no es la democracia la causante de lo que nos pasa, y es suicida arrojarse otra vez en brazos de caudillos y telepredicadores con pendiente, de fasci-comunismos a ritmo de reguetón.

La democracia es precisamente la que ha hecho posible que sepamos de los delincuentes. Lo que hay que hacer no es destruirla, sino reforzarla: obligar a los partidos a abandonar el ‘centralismo democrático’, o tiranía del que manda (así ya en Podemos, donde el líder lo es todo), y la solidaridad mafiosa que practican con desparpajo. Separar de una vez los poderes y reformar la Justicia para que los bandidos no puedan pasearse durante años sin entrar en la cárcel, entre recursos y apelaciones. Es la hora de una democracia decente y no de su impugnación.

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