Un abertzale en Barranda

Barranda es una pedanía de Caravaca, una de las ciudades más bonitas de España, conocida por su famosa Cruz y por ser una de las cinco ‘ciudades santas’ (con jubileos concedidos a perpetuidad por el Vaticano) de la cristiandad: Jerusalén, Roma, Santiago, Liébana y Caravaca. Aquí llamamos pedanías a los pueblos pequeños o aldeas donde se concentraban históricamente los agricultores en unos municipios extensísimos. El de Caravaca tiene 858 km2, poco menos de la mitad que la provincia de Guipúzcoa, para sólo 26.000 habitantes. No digamos nada sobre las diferencias de riqueza.

Las repoblaciones no comenzaron, por razones de frontera, hasta muy tarde en estos inmensos campos, castellano-aragoneses por paisaje y nación, pero muy distintos en su estructura administrativa . Si Caravaca estuviera en Castilla, habría siete u ocho municipios donde sólo hay uno. Y no digamos nuestra vecina Moratalla, casi mil km2 y 8.200 habitantes. Nuestra comarca natural se extiende a tierras de las provincias de Jaén, Granada, Almería, Albacete y Murcia, y nada tiene que ver con la idea -con sus huertas y su clima benigno- que se tiene del viejo reino murciano, la feraz Andalucía o las llanuras manchegas. Esto es Castilla y la Andalucía interior y la Sierra del Segura, y todas y ninguna. Somos, aproximadamente, y como curiosidad, todos aquellos que adoramos y llamamos ‘guíscano’ a lo que en castellano se llama níscalo. Nuestra escasa población de origen nos condenó siempre a no gozar de un instrumento administrativo propio, a partir, precisamente, de la formación de las provincias que acabaron con las antiguas encomiendas, y nos vimos divididos y algo olvidados siempre por las capitales respectivas. Lo que culminó con las desdichadas Autonomías, que nos dejaron dispersos en tres ‘naciones’ distintas y no estar loco, como nos hubiera cantado Machín. En los mapas de carreteras o de ferrocarril (¿eso qué es lo que es?), o en esas preciosas fotos de las zonas iluminadas desde satélite, donde vean un inmenso vacío o una oscuridad absoluta en el interior del Sureste, allí estamos. Pocos, pero estamos.

Y allí está, por mérito propio, Barranda, convertida en la capital española, sobre todo en el sur, de la música campesina, porque supo, hace treinta y cinco años ya, reunir a quienes se rebelaban contra la desaparición definitiva de esa cultura popular y de las costumbres y actitudes ante la vida que llevaban consigo: el baile, la gastronomía y hasta la forma de relacionarse. La Fiesta de las Cuadrillas es hoy de interés turístico nacional y una cita obligada en un pueblo que, además, cuenta con un museo excepcional de instrumentos de música étnica que vale por sí mismo una visita.

Bandurrias, guitarras y hasta la botella de Anís del Mono, bien rasgada, convertían en milagro un tesoro de coplas geniales, entre la mejor poesía amorosa y las zumbas sin censura donde se expresaba un humor sin maldad, voluntariamente esperpéntico y grueso, un mundo sanchopancesco que sabía reírse de sí mismo y de cuanto lo rodeaba. Un gozo. Y un espectáculo observar a la circunspecta gente del campo, tan educada, tan elegante (así fueron siempre los campesinos de la mejor España), nunca escandalosa ni atrabiliaria, dar rienda suelta con su ingenuo pudor, y gracias a la música, a esas coplas verdes y amarillas con que se ríen y nos hacen reír a los demás.

Por eso, cuando recibí la invitación de este año me quedé estupefacto. ¿Qué hacía uno de los más destacados cantantes del mundo abertzale, vivero social y apoyo ideológico de la ETA, en Barranda, en nuestra Barranda? Kepa Junkera en Barranda era un imposible, porque representan exactamente lo contrario. Junkera aparece siempre en los manifiestos en favor de los presos de la ETA y en las marchas de apoyo para pedir el fin de la dispersión, pobrecitos. Su calidad como músico, grande sin duda, no puede empañar su catadura moral si se muestra solidario con criminales de la peor especie, totalitarios que pusieron en peligro nuestra democracia durante cuarenta años, mutiladores y asesinos de niños, secuestradores crueles que no se han arrepentido, ni entregado las armas, y que, encima, están intentando imponer, con el apoyo de todo el nazionalismo y buena parte de esta desdicha que es la izquierda española de hoy, un relato sobre la organización neonazi y mafiosa que ha sido la ETA en el que aparece a la misma altura de sus víctimas. A la altura de la nuca, debe entenderse, donde las víctimas ponían la nuca, y los etarras, la bala.

Solo por esto, Junkera no debería haber estado nunca en Barranda. Pero es que, además, Junkera (la exigida euskaldunización del apellido es una muestra inequívoca del racismo dominante en esa sociedad de ‘buenos’ y ‘malos’ vascos) es una de las figuras principales del nuevo movimiento separatista Gure Esku Dagu, autor de la música del himno llamado a movilizar a los vascos hacia la independencia. Así que el señor Junkera que venía a cantar a Barranda (España) es el mismo que quiere, en primera línea, separarse de Barranda (España). Y, que yo sepa, nadie quiere separarse de aquellos a los que estima. Antes bien, de aquellos a los que odia, fermento esencial del nazionalismo vasco y de esos abertzales que hoy gobiernan ya en Guipúzcoa, la riquísima provincia ‘oprimida’ en la que pasé un año de mi vida, y donde están intentando acabar con la lengua española en la que se canta en Barranda. Creo que nada de esto lo sabían mis amigos de Barranda. Han pecado de incautos.

Por eso, y por lo feliz que he sido tantas veces en esa fiesta, no quise decirlo entonces, en ese último fin de semana de enero en que tiene siempre lugar el encuentro. Que cante, libremente, quien representa el odio hacia nosotros. Porque siempre fuimos mejores. Porque Barranda nació contra las falsas fronteras autonómicas y para memoria de una cultura que desaparecía a los pies de la modernidad y de la desertización del campo. Barranda estaba allí para demostrar que había una España verdadera y ajena a las componendas políticas, que se reencontraba en la música y el baile. Y porque es una fiesta para la alegría y la unión, en la que el único que no pintaba nada es quien sigue apoyando a los que usaron el asesinato y el terror para separar a los hombres: Junkera.

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