Verde y blanca

Lo que ha pasado en Andalucía lo anticipó, semanas antes, el diputado granaíno Manuel Pezzi el día en que se envolvió en la bandera andaluza en una sesión del Congreso. Debatí con Pezzi hace unos años en un debate en la Cámara Alta sobre la LOE zapatera, la ley de educación vigente y que no les engañen las mareas, que la LOMCE del PP no pasa de chapuza y reformilla y deja intacto, en la práctica y en la letra, el sistema socialista. Por una vez, los que discutíamos con sus señorías éramos profesionales en ejercicio (directores, profesores…) y no pedagogos, esos llamados expertos que no han visto un aula de bachillerato ni en las películas. Sólo en la enseñanza se llama expertos a los que no tienen experiencia, y así va todo. Pezzi , en aquellos días senador, había sido consejero de Educación de la Junta, y tuvimos un debate duro pero respetuoso. Ya entonces usaba el trampantojo que ha llevado a Susana a ganar las elecciones: nosotros somos los defensores de los pobres, mientras yo le argumentaba, inútilmente, que, muy al contrario, ellos eran con su sistema los que condenaban a los pobres a no dejar nunca de serlo.

Viejo zorro, instalado en el presupuesto toda su vida, Pezzi sabía muy bien lo que hacía con su gesto: recordaba aquel 28 de febrero de 1980 en que Andalucía y el PSOE sellaron su identificación para siempre. El mismo día en que España iniciaba el camino hacia su disolución obligada, pues no sólo regresábamos felices al caciquismo, sino que además lo hacíamos con el primer gran pucherazo de la democracia: el arreglo impresentable por el que cambiaron la Ley para ignorar que en Almería el referéndum se había perdido. O mejor, no se había ganado, no se habían cumplido en la provincia hermana los requisitos legales. Daba igual: la metieron en la autonomía por la fuerza, y al poco acabaron bailando sevillanas, del centralismo de Madrid al centralismo de Sevilla, tan lejano, bastante más obtuso, y muy perjudicial para la productiva tierra almeriense, a la que finalmente también acabarían traicionando con la derogación del Trasvase del Ebro.

Sin embargo, aquel referéndum lo apoyamos todos, pues era la rebelión simbólica contra la España asimétrica que iban a imponernos, privilegiando a catalanes, vascos y gallegos con autonomías de primer nivel frente a lo que este escribiente llamó, hace ya tanto, las autonomías del artículo 143, Licor de Huevo. Allí el sentimiento igualitario de los pueblos castellanos de nación, nadie es más que nadie, se levantó contra las contradicciones de un centroderecha que intentaba lo imposible: combinar la igualdad con las prebendas. Café para todos, por supuesto, pero de verdad, era lo que demandábamos.

La desvergüenza, ya entonces, del trato diferente a vascos y catalanes nos llevó a abocarnos en la disgregación general. ¡Viva el Cantón! Deshicimos España para salvarla de los buitres nacionalistas y los entreguistas de la derecha. ¿Qué podíamos hacer? ¿Someternos? ¿Aceptar la asimetría, la indignidad, que ya están preparándonos de nuevo? La tragedia que no supimos ver era que la izquierda no es que fuera entreguista, sino que iba a convertirse en impulsora principal de la derrota de la igualdad entre españoles. Creyeron que la ´operación identidad´ les saldría en todas partes como en Andalucía. Y, claro, en todas partes se los comieron los verdaderos identitarios.

Su traición a España, y a sí mismos, se confirmó en la casi única región periférica que no discute su españolidad (siendo la única que en verdad se alzó contra el unitarismo forzado en 1873), sino que la reafirma y la necesita, y a la que acaso por eso creyeron que podían traicionar con alevosía zapatera: la Región de Murcia, para la que el agua es la metáfora de una España ya perdida. La genuflexión al nacionalismo catalán, y sus tristes y engañados gregarios aragoneses, condenó al PSOE para siempre en una región que ya no sabe dónde poner los ojos políticamente que «no sea recuerdo de la muerte», en palabras aproximadas de nuestro señor Quevedo. En Andalucía, el PSOE son ´los nuestros´, son el PNV o la Convergencia andaluces. En el Sureste sólo son los fantasmas del Ebro, un ruido sordo y malavenido. Como España.

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