La ‘singularidad’ de Cartagena, la igualdad y la ley

Vuelve la Asamblea Regional, acorde con su proverbial inutilidad, a desaprovechar otra oportunidad de incorporarnos a la Historia. En medio de la convicción, cada día más generalizada, de que son los nacionalismos y las identidades el lastre más reaccionario de una modernidad que aquí aún no ha llegado, los “constituyentes” (que podría ser perfectamente el título de una película de Pajares y Esteso) de la reforma del Estatuto de la Región de Murcia han decidido ponerse a hablar de singularidades, pero, como siempre, de una sola, la de Cartagena.

Así lo ha afirmado el presidente regional, seguramente para adelantarse a un PSOE obligado a hacerlo tras su pacto con el energúmeno cartagenerista de su alcalde, y antes de que Podemos afirmara en el último debate en el Congreso que Rajoy se olvida de las “naciones sin estado”, ese oxímoron que tan bien funciona en las cabezas sin cabeza, con lo que imagínense la próxima afirmación de Urralburu, nacional de una nación sin estado, Euskalherría, y líder de Podemos aquí-abajo, sosteniendo la necesidad de repartir provincias a las provincias sin provincia. ¡Qué menox!

Así que se han lanzado todos a mover la zanahoria. Es decir, a agitar el cartagenerismo más púnico, para luego dejarlos, otra vez, como pececitos fuera del agua, moviéndose pero sin vida. Todos saben que otra provincia es imposible porque supondría dos cosas imposibles. La primera, un aumento de funcionarios impresentable, pues ahora ya no tendríamos una administración, sino tres: la de la Región, y las de las nuevas provincias de Murcia y Cartagena, y vaya usted a Bruselas a exhibir Cantón. Y la segunda, porque supondría, al modo vasco-catalán, desgajar la parte más rica de la Región y dejar a todas las tierras interiores abandonadas a su suerte y al único sostén de la capital huertana, que nunca se ha distinguido por una amplia visión de la realidad regional, de la que muchos murcianos piensan que no llega más allá de Alcantarilla.

Lo más divertido es que se ponen a repartir singularidades y menciones especiales los mismos que, nada más iniciarse la legislatura, acabaron con el único testimonio comarcalista (fundamentado en la Historia, como la de las Encomiendas, pero también en la naturaleza, el clima, los cultivos…) que nos quedaba: las circunscripciones electorales.

Confieso que no sé cuál es la posición de Ciudadanos en este asunto de las singularidades, pero, de hacer honor a su nombre y a su origen, no cabría duda: en un Estado de Derecho, de ciudadanos, la única singularidad es la de cada uno, y la igualdad ante la Ley y ante la Administración no puede ser matizada por singularidad alguna. Porque singulares somos todos: las personas, las ciudades, las aldeas y los ‘teleclubs’. Sin embargo, como todos sabemos, empezando por sus posiciones actuales en Cataluña, Ciudadanos empieza a ser un partido de matices y adversativas.

Lo que se debate en el asunto cartagenero (y lo que da cuenta del lamentable estado intelectual de nuestra clase política es que nadie lo haya planteado nunca) es la ciudadanía frente a la identidad. Es decir, la igualdad legal frente a la invención romántica y la melancolía histórica. Y si le abrimos la puerta a las ficciones románticas y a los sentimientos, mucho más lejos de Murcia en todos los sentidos están Caravaca y Yecla, que Cartagena.

La única singularidad patente de Cartagena, además de su antigüedad, es que tiene más votos y un demagogo eficaz al frente de las huestes falsamente cantonales, que han manipulado la Historia para presentar como cartagenerismo lo que fue un movimiento revolucionario precisamente a favor de la ciudadanía y la igualdad. Pero nadie se ‘los’ (me encanta este americanismo) dice, porque temen perder votos. Y así es como las democracias se van a tomar por saco, porque ya no quedan políticos enteros y todo se ha llenado de politólogos y tendencias electorales.

Hace treinta y cinco años que venimos perdiendo la posibilidad de situarnos en España como bastión de una defensa de la modernidad frente a la tribu. Ni entonces ni ahora teníamos una identidad regional, gracias a Dios. Nos equivocamos en el nombre. Éramos y somos localistas, sobre todo los que no somos de las vegas del Segura. Y ésa era la oportunidad de ofrecer a España un modelo de convivencia sin más folclore ni más romanticismo que el de cada uno en su pueblo y la ley en el de todos. Exactamente el ejemplo de lo que España necesitaba, convivir aceptando que unos le digan bajoca a lo que otros llamamos alubia verde.

Pero nunca supimos hacerlo, jamás imaginamos ser otra cosa que sucursales arrastradas por la oligarquía Madrid-Barcelona-Bilbao que se reparte la Nación. Y así nos va. Y así nos seguirá yendo.

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