IRÁN SE SUBLEVA CONTRA EL PODER CLERICAL

Teherán en llamas: la rebelión que acorrala a la dictadura de los ayatolás

La capital iraní experimenta las protestas más contundentes desde 2022, con un balance de muertos, arrestos masivos y un apagón digital que no logra contener un descontento generalizado, alimentado por la crisis económica y el hastío hacia la teocracia

Mujer iraní quema una foto del Ayatolá, una tendencia en redes sociales.
Mujer iraní quema una foto del Ayatolá, una tendencia en redes sociales.

Las noches en Teherán se han transformado en un escenario de fogatas, bocinas y gritos que desafían al poder religioso. La policía responde disparando, mientras los barrios se convierten en un campo de batalla contra los ayatolás. El humo de neumáticos ardiendo se mezcla con el silencio impuesto por un país casi desconectado de internet, sufriendo uno de los apagones digitales más severos desde que comenzaron las grandes manifestaciones en Irán.

En tan solo dos semanas, lo que comenzó como una huelga en el Gran Bazar de Teherán por el alto costo de la vida ha evolucionado hasta convertirse en un desafío político abierto al sistema teocrático establecido en 1979. Las consignas ya no se limitan a reclamar precios justos; exigen el fin de la República Islámica y cuestionan directamente el liderazgo del ayatolá Alí Jamenei.

Teherán como epicentro de una revuelta nacional

Las cifras reflejan claramente la magnitud del estallido:

  • Más de 40–45 muertos en todo el país, incluyendo varios menores, según organizaciones no gubernamentales de derechos humanos.
  • Entre 1.500 y 2.000 detenidos en menos de dos semanas.
  • Protestas registradas en las 31 provincias iraníes, desde Teherán hasta Mashhad y la provincia de Ilam.
  • Un apagón casi total de internet y telefonía móvil desde el jueves para intentar frenar la ola de movilizaciones.

Teherán es hoy el punto más visible del conflicto. Las manifestaciones han llegado desde los barrios populares del este y sur hasta las zonas acomodadas del norte, lo que indica un descontento generalizado en la capital.

Las imágenes verificadas por agencias internacionales muestran las multitudes bloqueando el bulevar Ayatollah Kashani con coches y peatones; a manifestantes alrededor de hogueras, con calles llenas de escombros desafiando a las fuerzas del orden y en los vídeos, cánticos desde ventanas y azoteas cada día a las 20:00 horas con lemas como “Muerte a Jamenei” o “Muerte a la República Islámica”.

Las autoridades describen a los manifestantes como “agentes terroristas” vinculados a Estados Unidos e Israel y atribuyen los incendios a conspiraciones externas, una narrativa común cada vez que surge una oleada de contestación. Sin embargo, sobre el terreno, los grupos defensores de derechos humanos denuncian el uso de fuego real contra manifestantes desarmados y un empleo sistemático del miedo como método para mantener el control.

De la inflación desbocada al rechazo frontal a los ayatolás

El detonante inmediato detrás de estas protestas radica en cuestiones económicas. La moneda iraní ha vuelto a caer estrepitosamente, la inflación supera el 50 % y muchos ciudadanos sienten que su salario desaparece antes incluso de llegar a fin de mes. Los comerciantes del Gran Bazar encendieron la mecha con una huelga general el 28 de diciembre, cansados de no poder fijar precios debido a la inestabilidad del rial.

A esta protesta inicial se han sumado los universitarios que enfrentan un desempleo crónico y una falta alarmante de perspectivas laborales; trabajadores urbanos afectados por el aumento desmedido en alimentos y alquileres y sectores pertenecientes a clases medias que observan cómo se reduce su capacidad económica.

Sin embargo, lo económico ha dado paso rápidamente al ámbito político. Las marchas exigen abiertamente:

  • La caída del régimen clerical.
  • El fin del liderazgo del líder supremo Jamenei.
  • Un cambio sistémico que termine con la teocracia y limite el poder clérigo.

Este cambio en el mensaje recuerda las protestas desencadenadas en 2022 tras la muerte de Mahsa Amini, cuando resonaba el lema “Mujer, Vida, Libertad”. No obstante, ahora el enfoque principal ya no se limita solo a la represión social; también abarca una mezcla explosiva entre miseria económica y descrédito hacia las instituciones religiosas.

Un régimen debilitado por fuera y tensionado por dentro

La revuelta surge en un momento complicado para las autoridades iraníes.

El país llega aquí después de haber sufrido una derrota militar y política frente a Israel y Estados Unidos en junio pasado, que puso al descubierto debilidades en su defensa e infiltraciones por parte del Mossad.

Además, sus aliados regionales —como Hezbolá en Líbano, Hamás en Gaza o los hutíes en Yemen— están muy debilitados o sin liderazgo efectivo, lo cual reduce su capacidad para proyectar fuerza exterior.

A todo esto, hay que sumar las sanciones internacionales persistentes debido al programa nuclear que asfixian aún más su economía.

En cuanto al ámbito interno, analistas iraníes coinciden al afirmar que el régimen parece estar más debilitado que durante anteriores oleadas, mientras la miseria social sigue aumentando. La moral entre las fuerzas policiales ya no es uniforme; empiezan a surgir dudas acerca del futuro del país entre sectores represivos.

Se evidencia una fractura entre el presidente Masoud Pezeshkian, quien aboga por moderación, y los sectores más duros cercanos a Jamenei, quienes optan por una represión sin concesiones.

Este choque se manifiesta mediante medidas contradictorias: mientras el Gobierno anuncia pequeños subsidios económicos y aumentos salariales, también mantiene un apagón digital e incluso permite el uso letal contra manifestantes. Para muchos iraníes, estos gestos llegan demasiado tarde y son percibidos como maniobras tácticas más que como cambios reales.

La oposición en el exilio y el foco internacional

Mientras barricadas emergen en Teherán, la oposición exiliada comienza a organizarse. El heredero del antiguo sha iraní, Reza Pahlavi, ha instado a salir a protestar y convertir estas movilizaciones en un frente unido contra la República Islámica. Sus mensajes circulan por canales alternativos durante este apagón digital e impactan especialmente entre los barrios capitalinos.

Simultáneamente organizaciones como Iran Human Rights o Hengaw están documentando muertes, heridos y detenciones pese a los intentos censorios.

Por su parte, gobiernos occidentales junto con grupos defensores exigen contención ante esta situación crítica y critican los cortes tecnológicos como herramientas represivas.

Sin embargo, expertos advierten sobre cómo esta escalada podría fomentar intervenciones externas si aumentan las víctimas fatales.

Algunos analistas recuerdan amenazas previas provenientes de Washington e incidentes como el asesinato del general Qasem Soleimani, sugiriendo que escenarios con acciones militares limitadas no son tan lejanos. La narrativa oficial del régimen sobre enemigos externos también podría justificar respuestas agresivas si pierde control sobre este pulso interno.

¿Hasta dónde puede llegar este levantamiento?

Ahora surgen dos preguntas clave: ¿cuánto tiempo podrá resistir la calle? Y ¿hasta dónde está dispuesto a llegar el régimen? Hay diversos factores relevantes:

  1. Capacidad para resistir socialmente
    • El movimiento es amplio geográficamente pero carece aún de liderazgo cohesionado dentro del país.
    • La combinación entre crisis económica profunda y recuerdos vívidos de protestas pasadas hace que muchos sientan que “no tienen nada más que perder”.
  2. Umbral violento estatal
    • El patrón histórico indica que este régimen utiliza fuerza brutal cuando percibe su supervivencia amenazada.
    • Cuanto más prolongadas sean las marchas en Teherán y otras grandes ciudades, mayor será la presión para endurecer aún más su respuesta represiva.
  3. Divisiones dentro del poder
    • Si aumenta la distancia entre sectores “pragmáticos” y radicales dentro del sistema podrían surgir movimientos internos buscando reformas limitadas o cambios controlados hacia arriba.
    • Por ahora, los mensajes públicos giran entorno al discurso duro promovido por Jamenei, quien promete no ceder ante lo que califica como “enemigos”.
  4. Contexto regional e internacional
    • Un Irán inestable altera drásticamente las dinámicas geopolíticas desde Irak hasta Líbano pasando por todo el golfo Pérsico.
    • Las potencias globales observarán con cautela: un cambio abrupto podría dar paso a una transición incierta sin alternativas políticas claras pero con una sociedad activa e inquieta.

A corto plazo parece probable una fase prolongada marcada por tensiones: protestas intermitentes junto con represión selectiva; concesiones económicas mínimas mientras se libra una batalla discursiva tanto dentro como fuera del país. A medio plazo resulta difícil revertir tanto deterioro económico como pérdida de legitimidad clerical sin reformas profundas temidas por quienes están al mando porque podrían sellar su destino final.

Mientras tanto, las noches teheraníes seguirán marcando su propio compás: si continúan resonando cánticos como “Muerte al dictador”, incluso ante balas o apagones digitales, cada vez será más complicado para la dictadura clerical seguir gobernando como si nada hubiera cambiado.

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