EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCXV)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Como me has escuchado decir o leído antes, a veces, me acaece lo que mismo que a François Marie Arouet, “Voltaire”, que urdió lo que sigue, “como don Quijote, me invento pasiones para ejercitarme”. Por cierto que tú, por lo que colijo, demostrando que eres un estupendo epígono del menda, Otramotro, quiero decir, adoptando el rol de morboso sacerdote que quiere conocer, a todo trance, a través de la confesión de servidor, pecador, los detalles más mínimos (pelos y aun señales) del amaño o concubinato, has venido a hacer, poco más o menos, lo propio.
No has pasado por alto lo que convenía y/o venía a cuento: es una ficción (como sabes, no estoy casado —salvo con la literatura— ni tengo pareja). Me he puesto en el papel del marido, que se halla tumbado en la cama al lado de su esposa, pero no consigue conciliar el sueño, todo lo contrario de lo que ella sí hace, y a pierna suelta. Sabe que tiene la obligación moral de confesarle a su santa el desliz que el otro día cometió con su mejor amiga (de ella) en unos baños termales, el lío de faldas en las caldas, pero, como ha sido la primera vez, no sabe cómo se lo tomará y teme las consecuencias de dicha confesión. Acaso la otra no se lo cuente a su marido y, al final, salvo los ¿atormentados?, nadie sepa jamás lo que ocurrió. La duda (ojos que no ven, corazón que no siente; la putada que se ignora la relación no empeora) le corroe y su conciencia no le deja vivir en paz. Está arrepentido, contrito, pero… De eso versan los versos de la décima.
A las/os interesadas/os en conocer lo que no les corresponde saber (a cuantas/os les va el morbo) hay quien recomienda decirles poco y al revés.
Es lógico que Arrabal, haciendo caso a su apellido, te haya dejado descolocado, pues es un genial escritor, que se halla en el arrabal literario.
Gracias, cura, por la cura, por perdonarme la falta cometida de pensamiento, que no miento.
Bienvenida, bienhallada y bienhadada fue, es y será la risa (si, además, aparece ante nuestros ojos acompañada de o hermanada con la reflexión útil, haremos bien en derramar la miel sobre las hojuelas, pues habremos aprendido la magnífica lección que nos dio Horacio en su “Epístola a los Pisones” o “Arte poética”: “Omne tulit punctum qui miscuit utile dulci, / lectorem delectando pariterque monendo”), si vino sola o acompañada o no de buen vino a endulzar la utilidad.
Ciertamente, dispones o tienes un abanico abierto que, así mismo, es muy amplio. Está bien leer periódicos (y revistas) en el bar o en la hemeroteca. Acércate a la biblioteca pública y escoge. Hay dónde elegir. Yo, verbigracia, estos días ando releyendo “Luces de bohemia”, de Ramón María del Valle-Inclán. ¡Cuántos aspectos de la obra pasaron inadvertidos (a mis ojos y a mi mente) la primera vez que la leí! Permíteme que te haga una sugerencia. Si te decides a releer “Don Quijote” (este año, como sabes, se cumple el cuatrocientos aniversario de la publicación de la Segunda Parte) habrás elegido bien.
El niño que fuimos nos acompaña hasta nuestra última boqueada o estertor. Yo suelo recordar y poner como ejemplo de la idea o tesis que acabo de aducir el “rosebud” (trineo, o sea, la infancia perdida), último vocablo que pronuncia el moribundo Charles Foster Kane en “Ciudadano Kane” (1941), dirigida por Orson Welles.
En castellano antiguo, “cras” significa “mañana” (en el “Cantar o Poema de Mío Cid” me di de bruces por primera vez —que yo recuerde— con la susodicha voz. Si a “pro” (en favor de) le añadimos “cras” (mañana) ya tenemos, casi, casi, el verbo: procrastinar (dejar para mañana).
Abundo contigo en el colofón de tu comentario. No te falta razón en cuanto aseveras en torno a los polvos y las pajas mentales.
Te saluda, aprecia, agradece y abraza
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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