EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCLXX)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Te recomiendo con especial encarecimiento, que no miento, su lectura.
Sensu stricto, no se trata de un chiste, sino de una sátira en toda la regla.
“Cándido o el optimismo” es un cuento filosófico largo (o novela corta) de Voltaire (aunque apareció publicado en 1759 como traducido del alemán, para más inri o hacer mayor escarnio de la nacionalidad de Leibniz, el filósofo vejado, por un tal “Mr. le Docteur Ralph”). En esta narración se cuentan las desventuras del joven Cándido, que hace suyo el optimismo leibniziano que le enseñó su tutor, el doctor Pangloss, según el cual, “vivimos en el mejor de los mundos posibles”, y se aferra con terquedad a este principio. Voltaire, burlona y despiadadamente, echa mano del peor de los vitriolos para censurar la teoría de Leibniz. No obstante el rosario de infortunios que le acaecen, Pangloss repite insistentemente, sin desmayo, que “tout est au mieux” (“todo sucede para bien”). El cuento concluye con la tesis de que “il faut cultiver notre jardin” (“es preciso cultivar nuestro jardín”), es decir, dada la imposibilidad de mudar el cosmos, lo que sí podemos hacer es mejorar nuestro microcosmos y aspirar solo a aquello que podamos lograr.
Voltaire ironiza sobre la cadena de contagios de la sífilis (“mal francés” se le llamaba a la tal en Italia, “mal italiano” en Francia; “mal del vecino”, vaya), satiriza (no deja títere con cabeza) a todas las clases sociales de la época y apunta al origen amerindio y precolombino de la enfermedad. Creo que de ahí extraje mi idea para el posible tema de algunas de mis urdiduras (o “urdiblandas”): S(a-o-u)ciedad.
En el capítulo IV, tras el relato truculento de los violentos hechos acaecidos que le hace Pangloss, que le suponen a Cándido un doble desmayo, este le pregunta por las causas de su deplorable y sifilítico estado.
“Pangloss contestó de la siguiente manera:
“—Querido Cándido, vos conocisteis a Paquita, aquella criada tan guapa de nuestra augusta baronesa; gocé en sus brazos de los placeres del paraíso, que me ocasionan ahora estos tormentos infernales; ella estaba completamente infectada y quizá haya muerto ya a causa de ellos. A Paquita le había hecho tal regalo un fraile franciscano muy sabio, que había investigado su origen, pues a él se lo había contagiado una vieja condesa, que lo había recibido a su vez de un capitán de caballería, que se lo debía a una marquesa, que lo había cogido de un paje, el cual lo había recibido de un jesuita, quien, cuando era novicio, lo había adquirido directamente de uno de los compañeros de Cristóbal Colón. En cuanto a mí, yo no se lo pegaré a nadie, porque me estoy muriendo.
“—¡Oh, Pangloss! —exclamó Cándido—, ¡qué extraña genealogía! ¿No será cosa del diablo tal linaje?
“—En absoluto —replicó aquel gran hombre—, era cosa indispensable en el mejor de los mundos, era un ingrediente totalmente necesario: si Cristóbal Colón no hubiera cogido en una isla de América esta enfermedad que envenena el origen de la vida, y que incluso impide muchas veces la procreación, cosa que evidentemente es contraria a los fines de la naturaleza, no conoceríamos ni el chocolate ni la cochinilla; por otra parte debemos observar que, actualmente, en nuestro continente, esta enfermedad, junto con la dialéctica, es una de nuestras características propias. Turcos, indios, persas, chinos, siameses, japoneses aún no la conocen; si bien hay una razón suficiente para que la conozcan a su vez dentro de unos siglos. Mientras tanto se ha desarrollado prodigiosamente entre nosotros, y especialmente entre los grandes ejércitos integrados por militares honrados y bien educados, que deciden el destino de los países; se puede asegurar que, cuando treinta mil soldados combaten en batalla campal contra tropas semejantes en número, unos veinte mil hombres de cada bando mostrarán pústulas”.
Espera haberte complacido, quien aprovecha la ocasión para ahorrarse, es decir, no expresar, por darla por consabida, su despedida habitual, en esta nueva epístola, la CCLXX , tu amigo,
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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