PODEMOS DISERTAR DE OTROS ASUNTOS
Dilecta Pilar:
Pues si no quieres hablar (que nuestros correos traten sobre el último tema) de política, no hablamos. No tengo objeción que poner a tu pensamiento ni inconveniente en que propongas otra materia sobre la que discurrir. Podemos disertar sobre otros muchos asuntos.
Haces bien en preferir lo que me comentas. Sobre todo, porque mencionas a José Carlos (Bermejo Higuera). En los tres años que coincidí con él en Navarrete me di cuenta de que, junto con José Luis (Álvarez Santaolalla), era uno de mis compañeros más diligentes e inteligentes. En los cuatro años que conviví con ellos en Zaragoza confirmé ese parecer. A los dos (y a otros) les estaré agradecido mientras viva, porque de ambos aprendí mucho (intelectualmente, más de José Carlos; emocionalmente, más de José Luis). Porque haces lo propio con nuestra querida María Antonia (Martín Zorraquino). Sé que es un sol desde que así me lo pareció en la primera clase que nos impartió. A mí ese día me demostró que sabía un montón, pero aún me impresionó más cuando constaté, al final de la primera semana lectiva, que sabía transmitir cuanto sabía (que eso sí que es complicado y difícil). Porque haces tres cuartos de lo mismo con tus más allegados, padres, hermanos, sobrinos, tu pareja y amigos (me congratula que me cuentes entre ellos, porque yo también te tengo por tal). Sabes que eres una fuente inagotable de inspiración para mí. Te consta.
Lo más inteligente, querida amiga, que se puede hacer con el tiempo, oro puro, de muchos quilates, es saber aprovecharlo. Tú lo haces. Basta con echar un vistazo rápido a tu escala de principios y valores para reparar en el hecho.
Esta fría mañana (al menos, en Tudela) de viernes sí había ejemplar del Heraldo de Aragón en la librería/papelería “El Cole” y he podido leer tu artículo, “Puzle”. También me ha gustado, como suelo comentarte de ordinario, tras pasar mi vista por cada nueva columna o pieza que sale de tu telar.
La verdad es la verdad; la mires del derecho o del revés (Antonio Machado vino a sostener lo propio de esta guisa: “La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”); pero cada uno de nosotros contribuye con la suya, parcial, a conjuntar la realidad compleja, completa, total. Esta, que para ti es un puzle (yo veo más en ella un mosaico), la vamos conformando entre todos con nuestras teselas, realidades parciales. Cuando advertimos que falta alguna, solemos colocar, por nuestro inveterado y reconocido miedo al vacío u horror vacui, hasta que hallemos (si algún día alcanzamos a lograr dicho reto, claro) la realidad definitiva, una provisional, verosímil. Ese hecho ¿hace que el mosaico, el todo, devenga embeleco, el eco de una mentira, porque esta tiñe cuanto toca con su tinte tenaz, mendaz? Esa es la tesis que he defendido en varios de mis textos, en los que hablaba de literatura, patraña (a pesar de las muchas verdades que contiene o de las que da cuenta —la misma idea mantiene Mario Vargas Llosa en “La verdad de las mentiras”—). Lo dicho/escrito para la literatura le cuadra y sirve asimismo para el cine; en concreto, al filme “Mientras dure la guerra”, dirigido por Alejandro Amenábar, que (aún no he visto y) comentas.
Mientras trenzaba los renglones torcidos que preceden, pugnaban por hacerse un sitio en el apelotonamiento que se ha formado en mi magín y salir cuanto antes de él, a modo de oportuno recuerdo, entre otras, estas memorables líneas (que siempre he colocado en la frontera que divide el país de las burlas del de las veras) que incluyó uno de los autores que mencionas en tu artículo, Unamuno (tan querido por mí que hasta el heterónimo y/o seudónimo que más uso, Otramotro, es un claro homenaje a él), en una de las obras que también mentas, “Amor y pedagogía”: “Extravaga, hijo mío, extravaga cuanto puedas, que más vale eso que vagar a secas. Los memos que llaman extravagante al prójimo, ¡cuánto darían por serlo! Que no te clasifiquen… haz como el zorro que con el jopo borra sus huellas, despístales. Sé ilógico a sus ojos hasta que renunciando a clasificarte se digan; es él, Apolodoro Carrascal, especie única. Sé tú, tú mismo, único e insustituible. No haya entre tus diversos actos y palabras más que un solo principio de unidad: tú mismo. Devuelve cualquier sonido que a ti venga, sea el que fuere, reforzándolo y prestándole tu timbre. El timbre será lo tuyo. Que digan: “suena a Apolodoro” como se dice “suena a flauta”, o a caramillo, o a oboe, o a fagot. Y en esto aspira a ser órgano, a tener los registros todos”.
Que disfrutes a tope el fin de semana.
Otro (de tu amigo Otramotro).
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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