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La musa tinerfeña de Otramotro

Ángel Sáez García 24 Jul 2020 - 14:00 CET
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LA MUSA TINERFEÑA DE OTRAMOTRO

SIGUIÓ AL PIE DE LA LETRA SU CONSEJO

Antes de convertirse en la autora de talento que hoy en día, sin ninguna duda, es, Iris tuvo que pasar muchos alimentos, productos de menaje y limpieza y demás enseres domésticos por un lector óptico o escáner, cobrar en metálico o con tarjeta de crédito (o débito) y, asimismo, montar y desmontar mesas, trasegar bebidas, rellenar “recetas” y llevar y traer ene elementos de cubertería y vajilla, pues trabajó de cajera y camarera. El sueldo escaso que cobraba le permitía pagar el alquiler y otros gastos del piso compartido donde vivía y tener llenas la segunda y tercera baldas de la común nevera.

Con gusto (sabedor de que iba a ganar, velis nolis, sí o sí) me hubiera apostado doble contra sencillo con quien fuera a que nadie, ninguna persona de cuantas/os conocieron hace una década a Iris Gili Gómez, aunque tuviera mucha imaginación e intuición (y las derrochara a espuertas), fantasearía y/o tendría la corazonada de que las horas y horas y horas que entonces echaba e invertía Iris emborronando aquellos medios folios, aquellas cuartillas amarillas, que le suministraba su hermana Micaela, “la Chata”, cada mes (las adquiría a precio rebajado o reducido en una imprenta cercana a su casa), tendrían algún día su recompensa. “El mosaico”, un conjunto cabal e inolvidable de historias apasionantes que le sucedieron a su autora o de las que tuvo noticia pormenorizada por el medio que fuera, es el resultado de aquellas interminables horas dedicadas a hacer adiciones, supresiones, enmiendas e incontables probaturas como Iris llevó a cabo otrora.

Son legión las/os que dudan o, directamente, no se creen, de ninguna manera habida o por haber, que una obra tan perfecta o redonda como “El mosaico”, un collage narrativo inaudito e insólito sobre paisajes y paisanajes de los distintos municipios tinerfeños donde Iris residió, lleve la firma de quien la/o ideó, compuso con sumos cariño y pasión y dio remate oportuno (con nada menos que más de trescientos endecasílabos libres, sueltos), porque, salvo en sus diarios, que guarda bajo llave, como oro en paño, a buen recaudo, resguardados de ojos fisgadores, narices husmeadoras y manos filtradoras, donde apuntó, amén de un montón de reflexiones sobre su proceder, algunas ideas para posibles cuentos y versos para arrancar o coronar poemas, no había mandado a ningún medio de comunicación para que se publicara nada, ninguno de sus escritos, ni siquiera una sencilla carta al director de un periódico (el que fuera).

Dudando de si lo que había escrito era tan bueno como algunos días, los más optimistas, pensaba, le dio a leer varias (¿media docena o decena?) de las teselas de su mosaico a quien, desde aquel día, un hito (en las vidas de ambos), la tomó por su amada musa tinerfeña, mi amigo del alma, Otramotro, cliente que pasaba, precisamente, en el hotel donde ella trabajaba como camarera, sus vacaciones estivales, y, habiéndole confesado este que escribía (y publicaba) a diario en su bitácora, mediado el secreto de ella, la existencia inédita de “El mosaico”, se brindó a darle al día siguiente su parecer al respecto. Otramotro cumplió su palabra y le recomendó encarecidamente que enviara y presentara la novela al primer premio Total, que acababa de ser convocado (había trascendido el acicate de que el jurado que lo fallara estaría formado por autores ilustres, de reconocido prestigio, multipremiados). Iris siguió al pie de la letra su consejo y del resto el atento y desocupado lector de estos renglones torcidos, ella o él, tiene abundante información en la red de redes.

   Emilio González, “Metomentodo”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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