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¡Qué fina es esa línea o frontera!

Ángel Sáez García 17 Dic 2020 - 00:00 CET
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¡QUÉ FINA ES ESA LÍNEA O FRONTERA!

¡QUÉ DOS FALSARIOS, DOS, HISTORIADORES!

Barrunto, intuyo o sospecho que muchos y muy buenos, por divertidos, momentos pasaron otrora quienes hicieron lo mismo que ha venido haciendo, desde hace dos semanas largas, servidor, que ha estado releyendo (hace diez días, cuando empecé a hilar mentalmente algunas de las ideas que expresaré a continuación, notaba que sentía lástima, verdadera pena, porque, a la sazón, solo me faltaban tres capítulos, tres, los finales, del XXXIV al XXXVI, para rematar el libro), sin parar de carcajearse por, ora los dislates de don Quijote, ora las necedades, simplezas y yerros (de todo tipo) de Sancho Panza, personaje al que el autor de la secuela apócrifa (he aquí un demérito evidente, si comparamos al escudero de Avellaneda con el distinto tratamiento que le dio Cervantes en la segunda parte de su inmortal obra) dejó plano, tal cual, sin evolucionar (a la crítica avezada, avispada no se le escapó ni le pasó inadvertido el hecho, pues supo ver la mutua influencia que ejercieron entre sí los dos personajes originales salidos del magín del autor alcalaíno, la “quijotización” de Sancho y la “sanchificación” de don Quijote).

Tengo para mí que tanto Cervantes como el autor que se ocultó tras el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda y la condición de licenciado tordesillano (la tesis o el tarro de las esencias que destapó Martín de Riquer y otros especialistas han venido a apoyar o secundar con sus propias investigaciones posteriores al respecto, verbigracia, Alfonso Martín Jiménez, de que el soldado aragonés Jerónimo de Pasamonte es el hacedor de la continuación del “Quijote” apócrifo, no solo me parece probable, sino plausible) fueron excelentes lectores (el uno de la obra del otro y el otro de la obra del uno), ambos aprovecharon los magníficos trabajos personales llevados a cabo por cada uno de ellos.

A quien haya coronado la lectura del “Quijote” de Avellaneda le consta la confesión (¿veraz o fingida?; hay una fina y osmótica línea o frontera que separa tanto el país de las burlas como el de las ficciones del de las veras) que hace el propio autor falsario (tan mendaz como Cervantes; conviene no echar en saco roto esto, precipuo o principal, que quien escribe ficciones es un mentiroso redomado): “Estas relaciones se han podido solo recoger, con no poco trabajo, de los archivos manchegos, acerca de la tercera salida de don Quijote; tan verdades ellas, como las que recogió el autor de las primeras partes que andan impresas”. Y, echando mano de la misma añagaza o subterfugio que había utilizado Cervantes, a fin de dar verosimilitud al relato que el continuador mentiroso acababa de hacer, advierte al lector: “Lo que toca al fin desta prisión y de su vida, y de los trabajos que hasta que llegó a él tuvo, no se sabe de cierto. Pero barruntos hay y tradiciones de viejísimos manchegos de que sanó y salió de dicha Casa del Nuncio; (…) por más que otros digan lo contrario”.

¡Qué dos falsarios, dos, historiadores! ¡Qué sagaces lectores/autores de ficciones!

Me temo que nunca lo sabremos, a ciencia cierta, de manera fehaciente, pero quizá sin el “Quijote” de Avellaneda (está claro y fuera de toda duda que la primera parte del de Cervantes fue conditio sine qua non o requisito imprescindible, necesario, para que pudiera escribirse su segunda), que le sirvió de acicate e influencia, no hubiera existido la segunda parte del “Quijote” cervantino, al menos, tal y como lo conocemos y ha llegado a nosotros.

Que a Avellaneda superó Cervantes no hay nadie que esté cuerdo y contradiga, mas ¿tanto como algunos despotrican?

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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