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Quizá vuelva a encontrarme aquí con Iris

Ángel Sáez García 28 Jul 2021 - 14:00 CET
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QUIZÁ VUELVA A ENCONTRARME AQUÍ CON IRIS

La primera vez que contemplé absorto (me vi hechizado por sorpresa por) las lindas facciones del rostro de Iris, decidí que lo que procedía y convenía en ese preciso momento era seguir disfrutando y gozando del prodigio, o sea, pasmándome un poco más, y así, dando un par de pasos hacia atrás de donde me hallaba, mi perspectiva provisional, mejoré la tal, y, desde la definitiva, pude comprobar con mis propios ojos que cuanto había barruntado que era hipotético, posible, o sospechado con potencial devenía, por arte de magia, en auténtico, real, que su talle era escultural, abrumadoramente venusto.

Si esa primera vez me hubiera atrevido a decirle la verdad, a brindarle mi sincera opinión o parecer sobre su poliédrica belleza, le habría aducido, verbigracia, que nunca me había extasiado tanto por una evidente chiripa, por catar, no solo con la vista, sino con otros sentidos, incluido el inespecífico sexto, una alhaja, joya o pieza única de barro, salida de las mismas manos del alfarero por antonomasia o excelencia, Dios, por su incontrovertible perfección.

Y no hubiera cabido la posibilidad de advertir ni de identificar en mis palabras una muestra de halago o lisonja, ni de reverencia sumisa o zalema, sino de amor por la fetén, que llegaba sin necesidad de intermediarios, a pesar de que portaba el abajo firmante sus proverbiales gafas, a mis ojos.

Como, salvo cuando me dispongo a hablar o leer en público, no me suelo poner nervioso, constaté que, estando a menos de dos metros de ella, me serenaba, o sea, su sola presencia me calmaba, me beneficiaba, me atiborraba (que no significa que a mí me llenaba de lo que a ti te borraba o quitaba, no, aunque lo parezca) de paz (que es un nombre común y propio precioso, por ejemplo, la gracia de pila de quien antaño, otrora, fue una amiga señera).

Ignoro si mis pupilas fueron entonces tan expresivas como su opuesta, silente, enmudecida, callada, me pareció en un principio a mí mi mui (al día siguiente volví a admirarme, al comprobar que nuestra memoria no es tan fidedigna o fidelísima como creemos y aseveramos, marrando morrocotudamente, claro), pero si la cara, como se suele iterar en castellano/español, es el espejo del alma, mi ánimo debía pregonar, a la sazón, a los cuatro vientos y propalar a voz en grito que estaba encantado con el hecho, una serendipia en toda la regla, con haberme llevado a los ojos y demás rasgos de mi rostro a un bellezón.

La segunda vez que la vi, ella, tras saludarme y darme los buenos días, me confirmó con la pregunta que me formuló (“¿Qué cuenta por la mañana el medio chicharrero?”) que la víspera habíamos cruzado bastantes palabras, más de las que me parecieron a mí pocas. “Que, como he visto el arco colgado en el perchero del vestíbulo, me he dicho que quizá vuelva a encontrarme aquí con Iris”, le contesté, medio en broma, medio en serio, tras corresponder a su saludo, con cariño.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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