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Es una novelita inmarchitable

Ángel Sáez García 29 Sep 2021 - 14:00 CET
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ES UNA NOVELITA INMARCHITABLE

Supongo que, como otro tanto debe acaecer a todo quisque, y como no le tiene que costar admitir a cualquier hijo de vecino, reconozco que tengo días mejores y peores; fechas buenas, regulares y malas; jornadas óptimas, pocas o muy pocas, y pésimas, en las que no estoy disponible (salvo para mi amada musa tinerfeña, Iris) para nadie; en las que no me soporto (aunque haga ímprobos esfuerzos para lograr dicho desafío) ni yo. Felizmente, estas, las últimas, escasean, son extraordinarias. Bueno, pues, como debo confesar, confieso públicamente que, durante las jornadas susodichas, soy un lector difícil, severo. O me atrae y arrastra (sin llevarme a rastras, por supuesto), me entretiene, entusiasma y convence el autor (hembra o varón) en las primeras líneas (del texto que en esos momentos obre o tenga entre mis manos) a seguir leyendo o, dadas la calidad y la cantidad, una casi interminable lista de libros que hay para leer, en el caso contrario, si no logra tal reto en los primeros párrafos, ahí se queda, arrumbado, orillado, sin que mi vista pase por sus renglones. Habrá a quien le parezca mi proceder injusto (y acaso esté en lo cierto, esto es, no le falte razón) con el autor (ella o él) y/o la obra, pero así se comporta, insisto, en las mentadas jornadas pésimas, servidor. Si narrara aquí algo distinto y aun opuesto a lo que acabo de referir, mentiría como un bellaco, vocablo que no es la contracción de bello caco, como un día, tras una comida opípara, durante la subsiguiente sobremesa, como todos los asistentes (hembras y varones) se dedicaron a mentir (eso es, al menos, lo que yo, medio intuí y medio deduje), dada mi condición de filólogo, colé como fetén (al día siguiente, me desdije y les pedí perdón a los presentes por la tomadura, más bien “tomablanda”, de pelo, claro), aunque en algunos casos o personas concretas esa coincidencia ocurra.

El extenso exordio del párrafo precedente viene a cuento de lo que intentaré demostrar aquí, que, si en el “Lazarillo de Tormes” (título con el que se acorta, de manera consensuada, “La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades”, ¿1554?), el texto pionero de la literatura picaresca española, la autobiografía era solidaria con su anonimia (en verdad, poco importa que fuera uno u otro el autor de sus páginas; lo que valoro y pondero sobremanera es el resultado de lo que su hacedor sacó de su magín, la obra, el fruto citado, que es una novelita inmarcesible), como la falsa o ficticia autobiografía había entrado con buen pie y fue recibida con derroche de honores, como género autónomo, independiente, en la corte de la literatura, a quienes siguieron la brecha o senda que había abierto el texto anónimo hablar de que sus progenitores allegaban o reunían en sus personas todos los vicios habidos y descritos hasta entonces no les procuraba ningún desdoro, porque no machacaba ni manchaba un ápice su dignidad, acaso les servía para, si no exculparse, de circunstancia atenuante, de excusa.

Si el “Lazarillo de Tormes” es una novelita inmarchitable, lo propio cabe aseverar de “El Buscón” (título abreviado del original “Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos; ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños”, escrita entre 1603 y 1608, pero publicada por primera vez en 1626), de Francisco de Quevedo, quien por cierto, al final de la obra, en apenas unas líneas, concentra toda la carga didáctica del libro o utilidad horaciana: “como obstinado pecador, determiné de pasarme a Indias con ella, a ver si, mudando mundo y tierra, mejoraría mi suerte. Fueme peor, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres” (cito a partir de la edición facsímil de Zaragoza, coronada por Pedro Verges, en 1626). Recomendaría encarecidamente que este sabio consejo lo siguieran al pie de la letra el grueso de los políticos de cierta formación. Me apuesto doble contra sencillo a que, si leen esto, cosa poco probable, unos creerán que lo refiero o se lo adjudico a los otros y, a la inversa, “hotros” a los “hunos” (como escribiría, si aún viviera y estuviera entre nosotros, seguramente, mi maestro, don Miguel de Unamuno), dando el alarmante bochorno y/o chocante resultado esperado/inesperado de que ninguno (ni de los unos ni de los otros, con hache o sin ella) lo tomara en consideración o tuviera en cuenta para sí.

Me pregunto si quien leyó otrora los atinados renglones iniciales de “El Buscón”, de Quevedo, un genio (manejaba el lenguaje como un experto en esgrima el florete), sin duda, en el Capítulo primero del Libro primero de su inolvidable obra, ha olvidado la pintura (el retrato tiene menos de prosopografía que de etopeya) que Pablos hace de Clemente, su padre, a quien llama, amén de dipsómano (“Dicen que era de muy buena cepa y, según él bebía, es cosa para creer”), ladrón (“mi padre metía el dos de bastos para sacar el as de oros”, o sea, se ayudaba de dos dedos para hurtarles a sus clientes la plata de sus bolsillos: en dicho menester le echaba una mano, o las dos tal vez, un hermano de Pablos, “de siete años”, que “les sacaba muy a su salvo los tuétanos de las faltriqueras”). El retrato de Aldonza, su madre, no le va a la zaga (“Hubo fama de que reedificaba doncellas, resucitaba cabellos, encubriendo canas. Unos la llamaban zurcidora de gustos; otros, algebrista de voluntades desconcertadas, y por mal nombre alcahueta”).

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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