¡QUÉ APOTEGMA APODÍCTICO, EL DE SHAKESPEARE!
Ayer, lunes, primer día del mes de noviembre de 2021, festividad de Todos los Santos, tras acudir al cementerio y felicitar a uno de los amigos que mantengo desde mi más tierna infancia en Cabretón, Santos Calahorra, por la doble razón de peso de su cumpleaños y su onomástica, cuando me disponía a redactar a bolígrafo (no ahora, que los paso a ordenador) los renglones torcidos que acarreará, amparará y contendrá este texto, recordé una frase que, intuyendo acaso que su fin no se demoraría mucho tiempo, que la parca le andaba rondando (aunque no le había dado el zarpazo fatídico, aunque no había probado aún el agudo filo de su guadaña, sospechaba que esta estaba, armada de su inseparable dalle, cerca), me dijo mi generosa y muy religiosa (una vez acostada en la cama, rezaba y rezaba y rezaba, hasta que, rendida, lograba conciliar el sueño) madre, Iluminada: “Esta vida, Ángel, es una mentira”. Puede que usara, como vocativo, el diminutivo e hipocorístico, Angelito, ya que así me seguía llamando ella cuando servidor había cruzado el ecuador de su existencia, pues mi edad superaba con creces el medio siglo. Hoy, fiesta de los Fieles Difuntos, los miembros de su progenie o prole conmemoramos que hace seis años cabales que ella no se halla entre nosotros, los vivos, aunque siga viva en nuestro recuerdo (dicen que la muerte definitiva ocurre o sobreviene, inopinadamente, cuando, tras llevar equis años fallecida/o, nadie, ninguno de los que te conoció en vida te recuerda).
Rememorar ese adagio, que profirió mi progenitora varias veces en el corto lapso de una semana escasa, me ha hecho recordar, a su vez, lo que dejó escrito en letras de molde William Shakespeare en la escena V del 5º acto de su tragedia “Macbeth”, que “la vida es solo una sombra en marcha, un mal actor que, durante un tiempo, se agita y se pavonea en la escena, y luego no se le oye más. Es un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada”. No faltará a quien le parezca la definición shakespeariana, amén de negativa, pesimista. Pero eso no quiere decir, en modo alguno, que no sea ajustada (intelectualmente hablando, pues cuadra o encaja con la realidad pura y dura) y, por tanto, que no sea apodíctica.
Abunda en este mundo inmundo mucho iluso (ella o él) suelto que cree, a pies juntillas, que la existencia humana tiene un sentido. Ignora, seguramente, que todo propósito, hasta al que le rodea el aura, halo o nimbo de la buena intención de hallárselo, deviene, antes o después, fútil, vano. Ya lo advirtió y dejó escrito Jean-Paul Sartre en “El ser y la nada”: “El hombre es una pasión inútil”, por la sencilla e incontrovertible razón de que su existencia, sin ninguna duda, lo es.
Como sabe quien no embeleca a los demás ni se engaña a sí mismo (sea o se sienta hembra, sea o se sienta varón), es una mentira, como una catedral de grande, esa bola o bulo, que se itera por doquier hasta el hartazgo, sin mostrar desvergüenza ni sentir sonrojo, de que uno es feliz mientras ama. ¡Admirable subterfugio para embaucar a cándidos, crédulos e ingenuos! ¡Qué bien vendría aquí, como anillo al dedo, una pedorreta y/o el tararí! Yo he comprobado, de manera fehaciente, que eso no es así, que no es cierto ni a la de tres, ni a la de diez, ni a la de cien. Sé que se puede amar, íntegramente, siempre que se reciba, al menos, un ápice o pizca de amor, como contrapartida, pero no nada (de nada) de amor. Esa relación de amor anda y permanece (si persevera, persiste o sigue en sus trece) coja; basta con observar la balanza cabal que la representa, que está vencida por el lado del platillo, que está lleno, de quien ama y elevado el platillo vacío de quien no lo hace. Hay amor del bueno, verdadero, cuando esa balanza se balancea, como el columpio de un parque infantil.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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