ADMITO QUE NO SÉ QUÉ PROFERIRTE
PARA QUE MIS PALABRAS TE CONSUELEN
Durante la comida (esta vez la tragedia había vencido por nocaut, por fuera de combate, a la comedia), Francisca Marifé (“Minifé” había barrido del cuadrilátero con un gancho en el mentón a “Maxifé”), hundida, no ha podido (o no ha querido, una de dos; o, tal vez, ambas; conviene no descartar la doble opción) probado bocado. Y es que la realidad, cuando está presidida por o va disfrazada de la verdad pura y dura, además de estrechar el esófago, tiene la rara habilidad de llegar a pesar un quintal métrico, o dos, y hasta tres toneladas métricas; y, como te caiga encima, como le cayó (y, como consecuencia de ello, también la calló) inesperadamente a ella, puede dejarte aplastada/o, chafada/o, para el arrastre. Nada más despertar de la escasa anestesia, que le había administrado y la había dejado medio atontada, escuchar, a renglón seguido, de la propia boca de la especialista que le había realizado la colonoscopia la mala nueva de que tenía un cáncer de colon, le había dejado desanimada, desarmada, desganada, desmotivada, inapetente; lo lógico y normal en cualquier semejante, hembra o varón, que se hallara en una situación similar. Y ella, tras recordar lo que comprobó y constató, por propia experiencia, en el caso concreto de su padre, pensó lo peor; y el pánico aprovechó la primera grieta o rendija que advirtió en su piel para colarse de rondón e instalarse en el interior de su anatomía, provocándole unos temblores involuntarios. Rememoró las palabras precisas que salieron de la mui del cirujano que intervino a su progenitor (se las adujo, nada más salir el galeno del quirófano, tras haberle hecho una colectomía total), contestando a una pregunta que le había formulado ella, a propósito de la esperanza de vida de su allegado, que viviría, siempre que accediera a darse las sesiones de quimioterapia, año y medio; y eso fue, ni más ni menos, lo que vivió mi suegro, dieciocho meses justos.
“Chisca”, con la cabeza gacha, dando, de vez en cuando, un pequeño sorbo a su vaso de agua mineral, callaba y yo, por no estropear o enturbiar la paz, ni el silencio, ni ese claro y cristalino canal sentimental que fluía entre ambos, de modo telepático, sin decirnos una sola palabra, ni mu, le seguía la corriente y, cual salmón, remontaba el río para desovar.
Aunque algunas personas hayamos pasado por la universidad, somos unos legos en un montón de materias, y, así, verbigracia, nunca adquirimos las herramientas adecuadas ni las tablas oportunas para salir airosos de algunas circunstancias complejas, difíciles. No conseguimos hacernos con ellas ni en la casa familiar, ni en ninguno de los centros docentes o las bibliotecas que frecuentamos. Nadie nos enseñó ni inició jamás en las más asentadas, por antiguas, ni menos, por más modernas, técnicas del arte de transmitir consuelo. No sé a quién, pero tengo el recuerdo imborrable de haber escuchado decir a alguien en algún sitio, al menos, una vez, que lo que hay que hacer, cuando no se sabe qué decir, es ser honesto, sincero y admitir que uno ignora qué proferir; y luego, siendo coherente, permanecer callado.
Eladio Golosinas, “Metaplasmo”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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