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Tengo ocupada toda la memoria

Ángel Sáez García 01 Jun 2022 - 14:00 CET
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TENGO OCUPADA TODA LA MEMORIA

HE DE OLVIDAR PARA DEJAR ESPACIO

Mi coherente nieta Sofía, que, haciendo caso a la etimología de su gracia de pila, semeja un pozo repleto de sabiduría, es especial; al menos, por dos concretas razones de peso; primera, porque es la única que tengo (salvo error u omisión, por supuesto, achacable, en tal caso, a su progenitora, mi hija, no a mí); y segunda, porque, salvo Irati, mi retoño, su madre, y Amaya, su progenitora, mi esposa, que ambas me llaman “aita”, es la única persona en el orbe que no usa mi cabal nombre propio, mi gracia de pila, Evo (como el expresidente de Bolivia, sí), sino “abu”, apócope de abuelo, para llamarme (salvo cuando se halla en casa de su abuelo paterno Roque, o en la conversación aparecemos los dos, ya que, entonces, para distinguirnos, si se refiere a mí, lo hace así: el abu Evo… lo que sea).

Por un motivo cuya causa o razón última ignoro, de un tiempo a esta parte, un día sí y otro también, me sorprendo a cualquier hora del día recordando algo, no importa qué, por mínimo o nimio que parezca, una acción insólita, un extraño ademán, un mal gesto, o una combinación o pareja, formando tándem (mejor o peor avenido), que, cuando acaecieron, una de dos, o no les di la consideración que merecían, o, en su defecto, si se la concedí, la importancia que otorgué a las nuevas y/o más recientes experiencias vinieron a sepultar las vividas antes bajo una capa o manto de polvo cada vez más grueso, pasando a ocupar la misma circunvolución cerebral en la que van cayendo en saco roto las arrumbadas u orilladas por mí por ser anodinas o insustanciales, pero ocupando espacio.

Desde que vivo aquí, en la estación previa al final de la línea, el cementerio, no hago más que recordar. Parece que mi memoria está completamente llena, hasta los topes, y que en ella no cabe un suceso nuevo más, a pesar de mis persistentes empujones. Así que he de escribir y olvidar, única manera de dejar sitio libre. Pero, cuando lo culmino, me queda la sensación refractaria (eso es, al menos, lo que noto) de que es insuficiente, porque (insisto e itero) no dejo de rememorar; incluso he vuelto a revivir en sueños aquel angustioso accidente de automóvil, que destiló por todos los costados o lados buena suerte (pues los dos seres humanos y el bien mueble salimos del brete o trance airosos, bien librados, sanos y salvos), y que tuvimos una fría noche de invierno en la que quien redacta ahora los renglones torcidos que contiene este escrito iba de copiloto y el coche que conducía mi excompañero de piso hizo un trompo inesperado, al tomar una curva, por culpa del hielo que se había formado en el firme deslizable o resbaladizo de la carretera.

He decidido que no voy a montarme, bajo ningún concepto, en un coche durante el próximo invierno, no vaya a ser fatal, lo último que haga, y ese sea el postrero recuerdo que tenga y/o me quepa en la memoria, el del accidente de ese sueño, tal vez profético, que se me ha repetido varias veces y parece que el destino me tiene reservado; y yo debo hacer todo lo que esté al alcance de mi mano para darle oportuno esquinazo y, de esa guisa, poderlo esquivar y evitar.

   Evo Gonzálvez, “Metrónomo”

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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