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Volverás al castillo de Cornago

Ángel Sáez García 03 Ago 2022 - 14:00 CET
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VOLVERÁS AL CASTILLO DE CORNAGO

HERMANARÁS PAISAJE Y PAISANAJE

De madrugada, el miércoles pasado, me desperté trenzando endecasílabos. Procedo a transcribir en un pispás los que, por ser los últimos, recuerdo: “Si quieres ser dichoso en esta vida, hazme caso y no pongas objeciones; entrénate en caer en tentaciones; sobre todo, en la que es más atrevida; será el castillo premio, no castigo; esfuérzate en fautor ser, jamás vago; serás feliz si vuelves a Cornago”.

El 16 del mes pasado, sábado, mientras, sentados en sendas sillas, alrededor de una mesa de nuestro bar preferido, el “Viticas”, Diana se tomaba un refresco y Pío y servidor cerveceábamos, a Fraguas le dio por proponerme que el viernes 22 de julio, si yo no oponía razón en contra, podríamos subir los tres ocupantes presentes de la mencionada mesa a Cornago, para ver (de nuevo, Pío y el abajo firmante) en el cerro del susodicho pueblo el castillo de Luna y, después, comer allí o en un restaurante cercano, de camino. Como en dicho pueblo nació mi progenitor, Eusebio, y yo fui allí, de crío, tan dichoso, y, además, hacía más de cuatro años que no visitaba algunos de sus bellos hogares y lugares, juzgué qué era lo apropiado u oportuno, que fue apoyar su moción en un santiamén.

La víspera del día señalado, llamé por teléfono a “La Reyes” (le había solicitado previamente el número de dicho local a mi prima “Fina”) y quedé con David en que a las 14 horas y 15 minutos estaríamos en el establecimiento que regenta para comer.

Hoy, domingo 24, mientras muchos de mis conciudadanos o convecinos, tras almorzar (una legión de ellos, el grueso), han acudido a la tudelana plaza de Los Fueros a presenciar, in situ, el lanzamiento del chupinazo, disparo del cohete anunciador e iniciador de los festejos, las fiestas patronales, y luego a gozar bailando y pimplando, tras dos años sin poder celebrar las susodichas por culpa de la pandemia del coronavirus, noto que mi sombra creativa me empuja a redactar, sin olvidar ningún detalle importante, la crónica de una jornada de ensueño, la de nuestra estancia en la villa cornaguesa.

Alcanzar cualquier meta fue siempre un reto difícil de lograr. Bueno, pues, cuando se carece de modelos que seguir, de ejemplos que remedar, esa dificultad resulta todavía más palmaria. Desde que, hace 21 años, el doctor Iñaki Alberdi, ayudado por su competente equipo de cirujanos, me extirpó dos cánceres incipientes, que habían arraigado en mi colon, en un quirófano del Hospital “Reina Sofía”, HRS, de Tudela, muchas veces he pensado que me había hecho merecedor, después de los numerosos padecimientos sufridos, de momentos de felicidad plena. Tengo para mí que, si aún respiro, es por un cúmulo o sumatorio de razones de peso variopintas; y puede que uno de los motivos, y no menor, haya sido porque he relativizado mucho y me he reído sobremanera, sobre todo, de mí, por supuesto. Asimismo, hoy veo claro, cristalino, que otro motivo ha sido tener alrededor gente que me ha querido y cerca autores y lectores que me han salvado de caer en la depresión más negra. El hecho de amar y de sentirme amado ha favorecido, al alimón, sin refutación posible, mi crecimiento personal y el ajeno.

Dicen que en todo aquello que hagamos, incluida la literatura, deberemos elegir entre la ética y la estética, como cuando, de niños, nos preguntaban personas con ganas de probar nuestros reflejos mentales, nuestra inteligencia emocional, a quién queríamos más, a mamá o a papá. Puede que esa certeza no se pueda negar, pero, al mismo tiempo, también lo sea que podemos optar por escoger ambas, por quedarnos con las dos.

Cuando llegamos a Santa Ana, y la patente y potente postal del pueblo en cuesta se impuso en el horizonte, les pregunté a Diana y Pío si no les importaba ni (menos aún) les importunaba que nos detuviéramos en el cementerio, para hacerles una visita a cuantos (ellas y ellos) nos adelantaron en hallar la paz perpetua, un puñado de bellísimas personas. Me detuve más tiempo delante de unos nichos que de otros. Vi muchas fotos de cornagueses (hembras y varones), a los que tuve la suerte de conocer y tratar y con los que compartí conversaciones, abrazos, besos, caldos y viandas (deudos, en su inmensa mayoría). No vi, por razones obvias, la de mi abuelo paterno, José, pero sí la placa que obró en su tumba y ahora lo hace en la lápida del nicho de su hija, mi querida tía María. Me llamó la atención no ver la foto de mi dilecto primo José Félix en su lápida.

Tras permanecer un buen rato en dicho entorno, salimos, volví a colocar la cadena en la puerta del camposanto, fuimos a la explanada aneja, donde Pío había estacionado su Clío, montamos en el vehículo y subimos a lo alto del pueblo para ver (Diana; en nuestro caso, era volver a ver) el castillo. Antes estuvimos en la puerta de la iglesia de san Pedro. En sus escalinatas, previas a su entrada, les hice varias fotos a Diana y Pío.

Desde dicho balcón cornagués, Diana hizo fotos y más fotos con su móvil. Volví a pararme a contemplar las icnitas de dinosaurio, las huellas que dejaron involuntariamente sobre el remoto barro, hoy, transcurridos los años, hecho piedra, y a gozar (fantaseando cómo sería la vida de los lugareños durante la Edad Media) de la estructura amurallada del recinto fortificado. Después de imaginar hechos pacíficos y guerreros pasados, descendimos hasta la casa de mis primos Pili y Nicolás, a quienes saludamos, y que gentilmente nos obsequiaron, amén de con latas de refrescos y cervezas, con sendos platos de encurtidos y chorizo. Tras darles las gracias y despedirnos, como en ese mismo instante daban las 14 horas y 15 minutos en el reloj de la iglesia, emprendimos el corto trecho que nos separaba del bar/restaurante “La Reyes”.

Pasamos directamente a la zona del restaurante. Tomamos asiento y David nos cantó los platos del menú. Los tres elegimos de primero rancho (calderete), que estaba exquisito; y, mientras Diana, de segundo, escogió carrilleras, Pío y yo nos decantamos por los boquerones fritos, estupendos. De postre, Diana y yo optamos por la cuajada con miel y Pío por un helado. Pío tomó un carajillo quemado y yo un cortado.

La comida resultó amena, pues confraternizamos con varios comensales de otras dos mesas.

Tras pagar Pío (gracias, de nuevo), Fraguas y yo subimos a por el coche, que habíamos dejado aparcado en el Cristo. Lo estacionamos en el bagar (con be, sí; no es yerro, aunque lo parezca). Allí nos esperaba Diana, sentada en una mesa del bar “Las Huellas”, que regentan mis amigos Ana y Carlos Rodanés, “el Canca”. Nada más llegar, se acercó a la mesa que ocupábamos Jesús Jiménez, que fue compañero de Pío y mío en Navarrete (La Rioja), se juntó con nosotros y nos invitó a tomar lo que cada quien quiso. Saludamos a Ana, su esposa. Departimos amigablemente, de lo humano y divino, hasta que llegaron y se agregaron al elenco mis primos “Fina” y José, con quienes había quedado. Convidé al grupo a una consumición. Saludé a Carlos. Más tarde, hice lo propio con su hijo menor, Manuel. Seguimos dándole a la mui o sinhueso hasta que “Fina” nos propuso ir a ver su casa, remozada. Tras comprobar los cambios y valorar los dineros invertidos en dicha muda, bajamos a la bodega, también reformada, nos tomamos una cerveza con limón y nos despedimos. De camino al bagar, saludé a Luisa, la madre de mi amigo “Chus”, “el Chuzo”, a quien pregunté por toda su familia.

En el bagar saludamos a más gente, a Pili, Luis, Carlos, Sara y Vidal, miembros de la misma familia. Luego hice lo propio con Jesús y Blasa, los padres de mi amigo Jesús Manuel, que le pidieron a Diana que nos hiciera una foto. Nos hizo dos o tres. Antes de despedirnos de todos y de montar en el coche, saludé a mi tocayo Ángel, a su esposa Marisa, que habíamos saludado antes de comer, en casa mis primos Pili y Nicolás, sus cuñados, y a su hija Irene.

El estío, aunque ya no tengamos en Cornago tía ni tío carnal vivo, a quien abrazar, besar y saludar, es estación que favorece la escapada, que te permite arribar, durante unas horas, adonde fuiste feliz y descubrir que la quintaesencia sigue estando donde estaba, y que puede gravitar y rodearte, sin sentir una pizca de agobio, sino dicha y paz a raudales.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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