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Servidor era/es un caso sin remedio

Ángel Sáez García 09 Ago 2022 - 14:00 CET
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SERVIDOR ERA/ES UN CASO SIN REMEDIO

¿ACASO IMAGINAR ERA/ES UN DELITO?

Aunque, si la memoria no me juega ahora una mala pasada, en dos números, al menos, de la revista que nosotros, los postulantes, ayudábamos a confeccionar a los curas (con nuestro trabajo físico, manual, e intelectual) en Navarrete (la conocíamos, sin ánimo de presunción creativa, con el término humilde y diminutivo de “revistilla”), ya me habían publicado nuestros susodichos educadores sendos cuentos, fue estando estudiando Octavo de EGB, mi tercero y último curso allí, en el seminario menor que regentaban entonces los religiosos camilos en la citada localidad riojana, donde a mí me dio y continúa dando por ubicar mi cielo o edén en el planeta Tierra, cuando mi firma se hizo habitual en dicho medio, pues apareció al final de varias crónicas que redacté. Y, fue, asimismo, durante ese curso 76-77 y en ese lugar, cuando me brotó o nació la costumbre de observar detenidamente qué hacían los demás, mis colegas y nuestros formadores, desde una ventana de una de las clases, e imaginar, sin que yo pudiera escucharlos ni conociera el lenguaje de signos, qué se decían entre ellos. Al principio, los diálogos que ideaba mentalmente eran normales, posibles, verosímiles, pero, con el paso del tiempo, dependiendo de mi estado de ánimo, más o menos zumbón, estas conversaciones se decantaron por su vertiente absurda, esperpéntica, disparatada, hilarante, esto es, clara y cristalinamente, degeneraron y, como consecuencia lógica de todo ello, yo, de forma interna (pero me consta que, en algunas ocasiones, de manera externa también), me descojonaba (seguramente esta expresión la compartiera con mis compañeros, y reservara otra, más exquisita, para cuando, como así acaeció, en cierta oportunidad le aduje, verbigracia, a Jesús Arteaga Romero, que me preguntó, intrigado, al respecto, y le confesé y contesté la verdad pura y dura, que me estaba desternillando de la risa por el diálogo falso, mendaz, que había fantaseado que mantenían en el patio del colegio un educador, no diré quién, y uno de mis colegas, callaré igualmente su apellido, en torno a un asunto que he olvidado, pero tal vez fuera peliagudo, o sea, de difícil entendimiento y resolución). El artífice, causante y/o quien me contagió esa manía fue, casi con toda seguridad, me apostaría doble contra sencillo, un gigante (sosia/s de otro Gigante, el mismísimo san Camilo de Lelis, fundador de la Orden de los ministros de los enfermos) humano, el navarro de Ázqueta, que no tenía los pies de barro, no, Pedro María Piérola García. La versión remozada, puesta al día, del risible sainete “La bolsa o la vida”, de Joaquín Castro Les, que contenía una o dos frases o líneas improvisadas por mí, pues tuvo a bien aceptarlas e incluirlas Piérola en su versión, hizo las veces de desencadenante, de detonante.

Desde dicho año académico 76-77, ese hábito halló acomodo en mi cacumen, se instaló en una circunvolución o rincón de mi cerebro y, quiéralo o no lo quiera, lo acarreo, porteo o porto desde entonces, porque, un día tras otro, me consta lo obvio, viaja conmigo.

Recuerdo que allí, en aquel laboratorio navarretano, ya probé a hacer lo opuesto o contrario, lo complementario, esto es, en lugar de observar, ser yo el contemplado, el escrutado por los caletres y los ojos de otro/s y, desde un lugar casual, elegido o impuesto, imaginar qué ideaba que estaba pensando yo el observador, ya fuera colega o formador.

Confieso algo que me ha pasado varias veces, mientras estaba descansando plácidamente en los mullidos brazos de Hipnos, que uno de los sacerdotes de entonces tenía el don de leer cuanto pensaba mentalmente servidor en ese concreto momento y me arreaba o sacudía un bofetón cada vez que me hallaba cerca de él y me carcajeaba, a mandíbula batiente (eso sí, sin demostrarlo exteriormente), no de él, sino del hilo de baba que se le formaba, de ordinario, y unía, por la mitad, el labio superior con el inferior, cuando hablaba.

En una ocasión, como Jesús Arteaga sabía de mi afición por la guasa (pues me reía, asimismo, de alguna tontería hecha o dicha por mí mismo), me perdonó una bofetada (tiendo a pensar que medió o paró su mano la de mi hermano José Javier, que cantó en la misa de funeral de uno de sus progenitores), porque, esta razón de peso adujo, no sería educativa, ya que, según su criterio, servidor era un caso sin remedio.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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