EL MOMENTO HILARANTE ES FASCINANTE
CONVIENE RETENERLO Y NO OLVIDARLO
Como no todas las personas que en el orbe somos tenemos la memoria prodigiosa, excepcional, de Ireneo Funes, el proverbial personaje literario que brotó, nació o surgió del caletre o magín fantasioso de Jorge Luis Borges, a veces, sin que seamos plenamente conscientes de ello, del embeleco en el que caemos y, por ende, del error en el que incurrimos, tendemos a juntar o reunir en torno a una sola fecha hechos que acaecieron, con total seguridad, en varias. Y, así, por ejemplo, no tendría ningún problema en jurar, poniendo mi diestra encima de una biblia abierta o cerrada, si hiciera falta, sin ánimo de engañar al juez o tribunal sentenciador, que me caí tres veces (a la sazón, servidor era un novato a la hora de recorrer, con el cuerpo estirado y colgante, agarrado solamente con las manos, la barra resbaladiza, superior, puesta allí como medida de seguridad, otrora mero reto infantil), tres, en el pilón cornagués del cantón, durante las veinticuatro horas del mismo día. En cierta ocasión, se lo referí a quien resultó ser psicólogo, casual u ocasional compañero de asiento en un viaje corto (de esa guisa se me hizo, al menos, el tal) en avión, y él me comentó que puede que las tres caídas acontecieran, pero no así que sucedieran durante la misma jornada. Según adujo, a veces, nuestra memoria, a fin de fijar y rememorar cuanto nos importa o urge conservar, tiende a agrupar anécdotas o episodios, acaecidos en distintos días, en una sola fecha.
Siempre he recordado una noche remota de dos semanas imperecederas de un estío inmarcesible de mi adolescencia en Cornago, en la que una patulea, conformada por menos chicas que chicos, nos reímos a carcajada tendida escuchando a mi dilecto primo José Félix contar chistes sin parar. A este menda, que recibió otros dones o talentos, nunca le concedieron los dioses la gracia que sí le otorgaron a mi apreciado deudo. Aquella noche de marras el abajo firmante de estos renglones torcidos se dedicó a recordar a José Félix los que más le habían gustado de cuantos le había oído narrar en varias ocasiones u oportunidades, y a reírlos, como el resto, a mandíbula batiente. El psicólogo me argumentó que, si yo recordaba con fidelidad aquella velada veraniega, era por lo benéfica y saludable que fue tanto para el contador como para el público asistente, entre ellos, el apuntador o recordador, servidor. Reír es primordial para vivir. Hay parejas que se forman en ciertos parajes, porque, mediante la risa propiciada o provocada, un miembro le hace pasar al otro un rato, y otro, y otro… inolvidable. El momento hilarante es fascinante. Conviene retenerlo y no olvidarlo. No hace falta ser rico ni pobre para reír. Basta con tener ganas de hacerlo y que las circunstancias sean o resulten favorables. La carcajada es el mejor antídoto contra la tristeza, antesala (aunque no siempre) de la depresión, el oportuno salvavidas para el náufrago; y en este valle de lágrimas, no sé si a ti, atento y desocupado lector, ya seas o te sientas ella, ya seas o te sientas él, te ha sucedido también lo propio, a mí se me han juntado varios naufragios a la vez o seguidos. Qué razón tiene esa paremia española que proclama que “a perro flaco todo son pulgas”.
Ese preciso día, por la noche, una vez instalado en la habitación del hotel, escribí en mi libreta parte del diálogo que mantuve con el mentado psicólogo en el avión:
—Seguramente, habrás escuchado o leído alguna vez —me adujo, con la clara intención de espabilar mi aletargada curiosidad, el versado en psicología— ese pensamiento de Baltasar Gracián que dice así: “Esta es la ordinaria carcoma de las cosas. La mayor satisfacción pierde por cotidiana, y los hartazgos de ella enfadan la estimación, empalagan el aprecio”.
—Sí, pero barrunto, intuyo o sospecho que vas a intentar convencerme de que la risa escapa a dicha razón de peso —le repliqué—.
—Así es —me retrucó y confirmó (aunque, en puridad, de ese menester ya se encargó antaño el obispo titular de la diócesis, hace más de medio siglo)—. No conviene olvidar que, en el caso que nos ocupa, hacer el amor (que no consiste solo en follar) goza de la misma excepcionalidad que reír.
Quien al prodigio no le brinda amparo pierde o extravía el hilo de ese ovillo.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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