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No hay mal que por bien no venga a ser útil

Ángel Sáez García 16 Ago 2022 - 14:00 CET
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NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA A SER ÚTIL

Bendita sea la primera persona, hembra o varón, sobre la faz de la tierra que reparó o se dio cuenta de cuanto le había ocurrido a ella; o sea, de las emociones, sensaciones y sentimientos que abrigó, que le condujeron a idear ese pensamiento que dice que todo esfuerzo baldío deviene, sin remisión, en melancolía. Dichosa sea, asimismo, la última que lo adujo o aireó con otras palabras, las suyas, pues puede que fueran esas, en concreto, las que me inspiraron e impulsaron a que yo escribiera, sin falta, estas: que todo denuedo estéril, improductivo, yermo, sea del jaez que sea, económico-social, o emotivo-sentimental, tome el metro donde lo tome, se baja, como muy tarde, indefectiblemente, en la última parada o estación término, Nostalgia.

Está claro, cristalino, que, aunque barruntáramos, intuyéramos o sospecháramos el desastre, que sí o sí nos aguardaba, solo llegamos a estar seguros de que nuestro esfuerzo fue inútil a posteriori, no a priori; esto es, una vez hubimos comprobado o constatado, de manera fehaciente, que todo lo que tuvimos que coronar, culminar o llevar a cabo con el fin que fuera, si este, a la postre, no se logró, como era nuestro propósito, nos empujó a juzgar que habíamos fracasado o naufragado, ya que todos los desvelos que padecimos y los bretes o penalidades que nos vimos obligados a solventar o sortear, pues unos y otras nos los/as acarreó pretender alcanzar o conseguir el objetivo que teníamos entre ceja y ceja, aquel beato menester, que el inmenso amor que sentía por quien tanto me atraía, yo andaba de cabeza y con quien soñaba, por ejemplo, fuese correspondido por ella, mi amada, no sirvieran de nada. O, al contrario, de mucho. Como servidor tendía, tiende y tenderá a ver la parte positiva que cabe hallar en lo negativo, pues no hay mal que por bien no venga a ser útil, lo tomó como lo que fue, experiencia (“madre de la ciencia” la solía llamar mi piadoso progenitor, Eusebio), y procuró extraer de ella el máximo jugo o provecho, para intentar no volver a tropezar en idéntica piedra o meter la gamba en el mismo y craso error o agujero.

Como sabe el avezado o habitual lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él) de las urdiduras o “urdiblandas” que trenzo y firmo y, por ende, de mi afición a poner de cuanto pergeño con empeño, al menos, un ejemplo clarificador, ahí va. Hace tres años del hecho desencadenante. Durante aquellas vacaciones estivales, conocí en la mayor de las islas canarias (en un principio, iba a escribir las dos últimas y susodichas palabras con sendas mayúsculas iniciales, pero me he decantado por las minúsculas, por el contraste: así destacan más), Tenerife, donde se yergue imponente y majestuoso el Teide, a una mujer imborrable, impresionante, hecha y derecha, a un bombón humano, Iris, a quien tuve la osadía de apellidar, a mi antojo, sí, así, Gili Gómez. Me enamoré de ella, sin prisa pero sin pausa, paulatinamente, hasta que comprobé lo obvio, que lo que había empezado siendo un mero juego divertido había devenido, por arte de magia, en algo serio, y aun más que serio, ya que resultó lo incontrovertible, que me había enamorado de ella hasta los tuétanos. ¿Acaso cabía otra opción? ¿Era posible una alternativa válida? Lo dudo. Yo, al menos, ni la contemplé. Bienvenido fue dicho enamoramiento, sí, sin objeción. Y no miento, aunque así termine tan cercana palabra. Si tengo en cuenta o tomo en consideración la enésima y definitiva calabaza que me dio, no, claro, por supuesto. Ahora bien, mientras duró ese proceso, más de los dieciocho meses, de los que muchos psicólogos y psiquiatras hablan (puede que contribuyera, de manera determinante, a hacerlo diuturno la distancia que nos separaba y la falta de comunicación, achacable a ella), me brotaron, nacieron o surgieron una serie de emociones, sensaciones y sentimientos que, tras canalizarlos oportunamente, de manera creativa, devinieron en un montón de textos en prosa y verso, que me llenaron de vida mientras los trenzaba o urdía. Y son testigos presenciales, proverbiales y providenciales, la prueba concluyente y definitiva, de cuánto amor innegable sentí por Iris, Amanda, mi inmarcesible musa tinerfeña.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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