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Durante mi habitual rato de siesta

Ángel Sáez García 14 Sep 2022 - 14:00 CET
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DURANTE MI HABITUAL RATO DE SIESTA

¿PERO DE VERDAD ERA PELIRROJA?

Hoy, por fin, durante los veintitantos minutos que suele durar mi rato habitual de diaria siesta, he conseguido verle el rostro a Isabel (si es que se llama así, que no me duelen prendas reconocer que no estoy seguro de ello), la pelirroja que me trae a mal traer, que me lleva por la calle de la amargura, porque, cuando parece que la voy a alcanzar, se evapora, se sublima.

Juzgo oportuno agregar, a continuación, que, con los rastros, con las teselas, anagrama de estelas, que ha ido dejando tras de sí la faz de Isabel (insisto en que su nombre de pila no es definitivo, sino solo provisional), he conseguido conformar el mosaico de la cara cara (voz que uso aquí con el sentido o significado culto de querida) de una fémina que conocí otrora, in illo tempore. Era la novia de un compañero de piso (aunque, a la postre, su novia era la que ejercía o fungía como verdadera tal).

Fue ella la que leyó el anuncio que servidor había redactado y colocado en un panel de la Facultad de Filosofía y Letras esa misma mañana, en el que informaba de que se compartía piso (con derecho a cocina y demás zonas comunes) en el piso tercero (letra C) del número equis de la calle tal; y se pagaba tanto al mes de alquiler, más los gastos comunes habidos de agua, gas, luz, etc.

Fue ella la que, por la tarde, llamó al timbre y le abrí la puerta; le enseñé el piso, en concreto, cuál era la habitación que había quedado vacante, libre; conversamos en el salón; le ofrecí un café o un refresco, que rehusó, y ya me había hecho a la idea de que me hallaba sentado ante mi nueva compañera de piso, cuando me dijo que me entregaba una mensualidad por adelantado, pero que la habitación era para su novio, que vivía en un pueblo de la provincia de Zaragoza y acababa de encontrar trabajo en la capital maña.

No le pregunté a este en qué trabajaba, pero, por su desordenado comportamiento ordinario, por su extravagante proceder asiduo, la idea que me brotó, nació o surgió de que se trababa de un manirroto calavera, un tarambana, un vivalavirgen, no me la pude quitar nunca de la cabeza; él jamás osó ni se prestó a la tarea de desmentirme.

La noche que, nada más abrir la puerta, los pillé en el pasillo, follando como dos perros, vino a confirmar mi posterior juicio de que estaban hechos el uno para la otra y la otra para el uno. Se hicieron a un lado, arrimándose a la pared, para dejarme pasar con la bolsa de viaje, y siguieron a lo suyo, como si no hubiera pasado nada; inaudito, sí, e insólito.

A la que parecía tener dos dedos de frente (siempre que no estuviera en celo, salida) le dije en cierta ocasión que, cuando les (s)urgiera tener sexo sucio y necesitaran utilizar las zonas comunes para obtener sus polvos mágicos, aprovecharan la oportunidad de que teníamos cerrojo y lo echaran, para que no volviera a ocurrir lo que acaso fuera desagradable contemplar para un intruso, un tercero. A ellos comportarse como canes les ponía un montón.

Como su novio solía estar más fuera del piso que en su interior, algún sábado vi más de media película y hasta entera con ella. Una noche, lo confieso para no escurrir el bulto y ser honesto, soñé que era yo el que andaba sobre el lomo de la pelirroja peligrosa, babeando y bamboleando. ¿Pero de verdad era pelirroja?

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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