QUE MI AMIGO MANUEL DESCANSE EN PAZ
AL DE CUENCA NO PUEDO PONER PERO
Aunque un verbo sea el anagrama de otro, y viceversa, aunque contengan ambos verbos, en sus infinitivos correspondientes, eso sí, desordenado, el mismo número de letras, relativizar (o sea, considerar un asunto teniendo en cuenta determinadas circunstancias que, en general, aminoran su importancia o disminuyen su valor) y revitalizar (esto es, dar fuerza o vigor a lo que sea) no es que no sean lo mismo, sino que, básicamente, significan lo contrario u opuesto.
Conjeturo (aunque acepto que podría estar equivocado, ya que soy del criterio de que marra quien opina lo adverso, pues, como sostuvo Karl Raimund Popper, toda verdad es interina, tiene una vigencia provisional, porque dura en pie, cual muñeco del pimpampum, hasta que es contradicha por otra que, en ese mismo instante, viene a ocupar su pedestal, que perdió la anterior, tras ser desplazada y abatida por la nueva, más convincente o persuasiva para el grueso, la mayoría, o para la unidad, la singularidad) que el breve apunte filológico que aparece en el arranque de este texto, cuanto cabe leer e inteligir oportunamente en el párrafo que precede, le hubiera gustado más que desagradado a mi amigo Manuel Olmeda Carrasco, “Manolo”, recientemente fallecido. Lo hizo, menuda contradicción (la vida sigue demostrando un día sí y otro también por doquier que es una paradoja; verbigracia, si la rosa no hubiera nacido entre espinas, ¿sería tan apreciada como lo es, sin hesitación?; Manuel murió el día de Nochebuena; mi hermano José Javier lo hizo el día de Navidad), en un día tan señalado, en Valencia, su ciudad de adopción.
Como ocurre con cualesquiera seres humanos que nos llevamos a los ojos a diario, Manolo, que era humano, demasiado humano, intuyo que también tendría sus debilidades o defectos, pero yo no estoy capacitado para dar una sola muestra de ninguno de ellos, pues no lo conocía en su proceder habitual.
Si, como dejó escrito en letras de molde el poeta metafísico inglés John Donne, en concreto, en su Meditación XVII, que encabeza el latinajo “Nunc lento sonitu dicunt, morieris” (“Ahora con lento sonido dicen: morirás”), de sus “Devociones para ocasiones emergentes” (1624), “Ningún hombre es una isla / entera por sí mismo. / Cada hombre es una pieza del continente, / una parte del todo. / Si el mar se lleva una porción de tierra, / toda Europa queda disminuida, / como si fuera un promontorio, / o la casa de uno de tus amigos, / o la tuya propia. / La muerte de cualquiera me afecta, / porque me encuentro unido a toda la humanidad; / por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; / doblan por ti”, basta con que nos mostremos empáticos, sobra con que seamos solidarios a machamartillo con el otro, con los demás, para barruntar que las campanas de la espadaña, que el otro día doblaron por un conquense bueno, también lo hicieron por nosotros, por quien redacta ahora estas líneas quebradas y por quien las lee e interpreta con adelanto, para cuando no las podamos escuchar, porque haya finiquitado nuestro peregrinaje por este valle de lágrimas, nuestro discurrir por el planeta azul, la Tierra; la muerte de un amigo (aunque pasaran días y más días, incluso meses, sin saber nada de él, de su esposa Teresa y su descendencia) nos produce un rasgón en el alma, como otro tanto nos pasa cuando perdemos a un familiar cercano y querido (y es que Demetrio de Falero dio de lleno en el blanco o centro de la diana imaginaria cuando dijo y dejó escrito esto, que “un hermano puede que no sea un amigo, pero un amigo siempre será un hermano”). A mí, conocer el óbito de Manolo por boca de su hija mayor, Maite, me debilitó, pero, tras relativizar el hecho funesto, como le prometí a ella el día de Navidad, cuando tuvo el gesto (y hasta la gesta) de llamarme para darme la triste nueva, aprovechándose del medio inventado por Bell, en estos momentos, que empuña mi diestra el habitual BIC azul, procedo a escribir sobre mis medias cuartillas (hoy su color es blanco total) un texto, a modo de necrológica, en el que hablo, por supuesto, de su progenitor, difunto.
Asimismo, cuando pienso en Manolo, tampoco se me olvida esa frase de un filósofo griego, del peripatético por antonomasia o excelencia, Aristóteles, que adujo una verdad colosal, tan grande como el Partenón de Atenas, al proferir a voz en cuello que “la amistad es un alma que habita en dos cuerpos, un corazón que habita —aunque a mí me gusta mudar dicho verbo por el que le cuadra o encaja mejor, palpita— en dos almas”.
El 23 viernes, por la tarde, a las 17 horas y 15 minutos, víspera de su deceso sabatino, en la última conversación telefónica que mantuve con él (fue más corta de lo habitual, pues apenas duró 27 minutos y 31 segundos, pues lo asiduo en nosotros era que se alargara más de una hora y media), me comentó que éramos compañeros en Periodista Digital, donde él llevaba publicando, desde hacía varios meses, sus artículos de opinión. Volvió a tener el detalle o gesto de siempre conmigo (sabía que mi pensión es magra) de llamarme para felicitarme la Navidad y el Año Nuevo. Le referí que ignoraba que fuéramos colegas, porque últimamente me flagelo a base de bien, como advirtiera Truman Capote, ya que ando muy atareado, implicado a tope en mi labor creativa.
Me alegró sobremanera el hecho de que publicáramos en el mismo medio o sitio, pero el hombre propone y Dios dispone, como dice el dicho castellano; y lo bueno tiene la mala costumbre de durar poco.
Aunque solo lo vi y hablé con él, cara a cara, en una única ocasión en mi vida (después de visitar en compañía de su esposa Tere a uno de sus hijos, Fernando, que trabajaba entonces en Vitoria, de regreso a Valencia, Manuel decidió detenerse en Tudela, mi patria chica, para saludarme y cruzar unas palabras conmigo. Recuerdo que aparcó su coche, un todoterreno, en la calle Bordonaba Gil, hoy Escarcha, y él y su mujer tuvieron la oportunidad de saludar, desde allí, a mi madre, que aún vivía y estaba tendiendo ropa en ese momento en el tendedor del balcón de la cocina de nuestra casa; les invité a tomar algo en un establecimiento cercano, en el Horno Viejo), creo que nos conocimos (que supimos uno del otro y viceversa) años antes, cuando a él le llamó la atención un texto firmado por servidor que había aparecido publicado y él leyó en Diario Siglo XXI, cabecera digital con la que, a la sazón, el abajo firmante colaboraba, pero que, por razones que no vienen al caso referir, dejé de hacerlo; y él me escribió y mandó unas líneas a la dirección de correo electrónico que aparecía debajo de mi firma, para encomiar, según su parecer, las virtudes que el susodicho atesoraba.
No obstante Manolo era, amén de un anarquista y abstencionista redomado, de derechas, y este menda escéptico a ultranza, votante en blanco y de izquierdas, nos respetábamos estupendamente los turnos de palabra (no nos pisábamos, práctica normal en la actualidad) y tolerábamos, de buena gana y aún mejor grado, nuestras discrepancias o disidencias ideológicas con tolerancia hodierna, exquisita, no rancia.
Manolo no abundaba, ni concordaba, ni coincidía conmigo, quiero decir que no usaba esos verbos con servidor; cuando lo hacía, que era a menudo, siempre lo acompañaba (si mi argumento o razones de peso lo habían convencido, persuadido, al haberle parecido impecables, implacables o irrefutables) con su latiguillo personal, sentenciador: ¡correcto!
El recto y correcto era él, un ciudadano libre (de ataduras; sin amo, ni Dios, ni patria, pero sí una familia, la suya, a la que servir de apoyo) de la República de las Letras, como este menda.
A Tere (cuando pasen unos días, antes de fin de año, le llamaré por teléfono para darle personalmente el pésame, aunque ese menester ya lo hice el día de Navidad a Maite, quien me comunicó el luctuoso suceso) y a toda su familia les hago llegar, mediante estos renglones torcidos, lo obvio: os acompaño en el sentimiento de tristeza. Vuestro esposo, padre y abuelo fue una persona que no olvidaré mientras viva. Aunque yo no sé jugar al dominó, sé que él lo dominó, que era un experto o perito en dicho juego de mesa. RIP. DEP.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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