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Isabel, mi esposa, es impuntual fémina

Ángel Sáez García 21 Feb 2023 - 00:00 CET
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ISABEL, MI ESPOSA, ES IMPUNTUAL FÉMINA

   #Historiasdemujeres

   In illo tempore, hace una década y media, cuando éramos novios (aunque estuvimos dos años y medio haciendo vida marital, conyugal, para ver si nos soportábamos, antes de dar el paso definitivo de matrimoniar), me cabreaba cada dos por tres con Isabel. Desde que nos casamos, como ya sé que, velis nolis, vamos a llegar tarde adonde sea, no lo hago. ¿Para qué? He llegado a la conclusión inteligente de que todo esfuerzo que haga al respecto será baldío, o sea, no servirá de nada (en lugar de ayudar, es contraproducente que le meta prisa, porque eso viene a incrementar su demora), ora sea mucho, ora sea poco, porque la pareja que conformamos no llegamos jamás a la hora pactada; me armo de paciencia y no cometo el reincidente error de otrora, de que mi denuedo sea probo, íntegro, e ímprobo, agotador e ingrato (y luego dicen del hebreo; aquí en nuestro idioma, el español, tenemos, basta un solo botón para ser tenido como muestra, verbigracia, esa palabra, ímprobo; comprobamos que dicho vocablo puede significar cosas tan dispares o casos tan distintos que son hasta opuestos, pues aplicado a un esfuerzo o trabajo, denota grandeza, integridad del que lo ejecuta y culmina, y, en otras situaciones, significa deshonesto y hasta inmoral).

La primera vez que fui a casa de mis futuros suegros, Lorenzo y Tomasa, los padres de Isabel, a conocerlos y comer la clásica o proverbial paella de los domingos, los cuatro solos, las dos parejas, Isabel le dijo a su padre que se acercara al bar “Pepes”, que queda a quince metros escasos del edificio donde viven en un piso de ciento veinte metros, nada más doblar la esquina, donde me encontraría tomando, seguramente, una caña de cerveza. Acertó. Cuando llegó, como ya me había conocido, tras saludarnos varias veces por videoconferencia, me vio a través del cristal del amplio ventanal del susodicho bar, entró, le solté que intuía quién se había ido de la mui, nos estrechamos las manos, lo invité a tomar un vermú y yo me tomé con él, para celebrar que había apretado con mi diestra la de mi padre político, la segunda caña. Había llegado con media hora de adelanto, pero consideré una falta de urbanidad llamar al timbre del portal con tanta antelación sobre la hora acordada. Yo suelo conceder cinco minutos de retraso de cortesía, como suelen decir y hacer los franceses, “cinq minutes de politesse”. Pasados los tales, acostumbro a llamar por teléfono, por si ha ocurrido algún inconveniente o percance, pues si lo ha habido, la persona o las personas a las que esperaba, acaso no puedan acceder al mismo (y tampoco atender mi llamada, opción que no descarto, claro), por estar a otros menesteres prioritarios.

La primera vez que fuimos a casa de mis padres, Onésimo y Eulalia, llegamos cuarenta minutos tarde y mi padre nos hizo dos llamadas, por si nos había pasado algo. Siempre recuerdo sus palabras de despedida, su deseo de “que no haya novedad” (pues sí, mi progenitor era fatalista y tendía a conceder a cualquier novedad la condición de suceso aciago, funesto).

El día que nos casamos le encargué a mi hermano Evaristo, médico psiquiatra, que hiciera de taxista (la llevara a la peluquería y a la iglesia), pero, sobre todo, que la recogiera media hora antes de la prevista, para ver si, de esta guisa, llegaba a tiempo a la parroquia. Ni aun así llegó a la hora. Isabel, mi esposa, es impuntual fémina. Yo creo, atento y desocupado lector, ora seas o te sientas ella, ora seas o te sientas él, de veras, que, si te apostaras con ella doble contra sencillo, o sea, que le has de entregar doscientos euros en el caso de que la gane, de que llegue a la hora pactada a la cita, ella, a la postre, te tendrá que dar a ti cien, porque no lo logrará, aunque ponga todo su empeño e interés en conseguirlo.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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