LEER HABITUALMENTE NOS AYUDA
A DISCURRIR Y REDACTAR CON ARTE
—“Otramotro”, como sabes, “—Quels gredins que les honnêtes gens!”, o sea, traducido, “—¡Qué granujas son las personas honradas!”, es la oximórica frase con la que concluye Émile Zola su novela “El vientre de París” (1873), tercera de la serie Les Rougon-Macquart. ¿Qué te dice a ti? —me ha aducido y, a renglón seguido, preguntado mi amigo y heterónimo “Metomentodo”.
—Me dice que, salvo error u omisión de algún recuerdo despistado, no he leído nunca dicha obra; pero eso no empece, estorba o impide que no pueda darte mi parecer al respecto, aunque el impacto de este quede lejos de dar en el blanco o centro de la diana, de ser el certero, vaya —le he contestado.
—Pues no te cortes y procede; soy todo oídos; adelante.
—Si formularas e hicieras extensiva la pregunta a más lectores avezados (ora sean o se sientan ellas, ora sean o se sientan ellos) y les preguntaras, además, qué gran lección han extraído de su hábito consuetudinario de leer, me apuesto doble contra sencillo a que el grueso de los tales (hembras y varones) coinciden con la opinión que, sin demora, te brindaré con detalle y gusto. Supongo que, desde que dejaron de ser maniqueos, allá, en la remota infancia, esa visión que tiende a calificar o ver a las personas y a las cosas como buenas y malas, sin matices, hoy, amén de inicua, es anticuada. El lector frecuente, usual, ha terminado siendo educado en una moral compleja, en la que el bien y el mal se van turnando, trenzando, confundiendo y complicando, en el que el acusado de un delito (mayor o menor) no está tan claro como las pruebas recogidas aparentan, pues dichas muestras o señales han podido ser amañadas, tal vez, con el objeto de que lo incriminen, de manera indubitada; y, asimismo, quien, al principio, parece inocente, conforme va desarrollándose el nudo, va cargándose de culpas, hasta que la bola del mundo inmundo que acarrea y aguanta sobre sus espaldas, como si fuera el titán Atlas, no puede pesar más y lo aplasta. Puede haber patentes víctimas inocentes y verdugos claros, sin rebaja, pero esos casos pueden contarse con los dedos de una o dos manos (en la realidad del día a día y en las novelas y relatos). Hay más gestos que gestas y, por ende, aunque eso nos pueda fastidiar, más seres humanos, demasiado humanos, que héroes. Y si hallamos diversas heroínas, seguro que estas son de diversa calidad o pureza (pues solo contemplo que sean una sola cosa, droga, claro).
—Intuyo que hablas así, porque distingues el hábito de leer voluntario del obligado o impuesto.
—Por supuesto. Un hábito (me refiero aquí a la conducta o habilidad adquirida por rutina, no a la vestimenta religiosa) es un comportamiento que nos sugiere el cuerpo o la mente. Uno, la otra o ambos, al alimón, nos empujan a coronarlo, a llevarlo a cabo, porque se trata de una necesidad que tenemos que cumplir, ya que, si queda insatisfecha, nos deja una sensación refractaria de inopia o de vacío, de falta de plenitud, como si careciéramos de aire limpio y saludable que respirar, algo fundamental para seguir vivos y coleando.
—Hoy los estudiantes leen, pero dicha lectura es la obligada, pues tiene que ver con la que les va a permitir adquirir una serie de conocimientos y, como consecuencia de ello, superar un examen, una meta o nota académica.
—Ciertamente, leer, en muchos casos, en la actualidad no entra dentro del abanico abierto de posibilidades como una varilla en la que invertir nuestro tiempo de ocio, pues para llenar el tiempo de asueto hay otros hobbies o pasatiempos.
—Está claro, cristalino, que nadie será considerado un lector habitual si no lee de manera asidua, y si esa afición o pasión no arraiga ni deviene en una varilla del mencionado abanico, en una evidente opción del mismo, y no se persevera en ella, no llegará nunca a convertirse en una costumbre, en una bendita rutina.
—Si a un discente no se le anima o estimula a espabilar y desarrollar sus talentos o virtudes, a ser curioso, esto es, a implicarse de lleno en aquello que le gusta o llena de un asunto o tema, seguramente, cuando sea comparado con otros, que sí los han agrandado y/o enriquecido, tendrá un déficit respecto a estos y eso lo delatará su baja o peor comprensión lectora.
—Y a la susodicha le seguirá, como lógico y normal corolario, una falta de motivación intelectual para reforzar el pensamiento crítico y mejorar su rendimiento académico.
—Seguramente, más de una vez te he recitado los doce versos de un poema de don Miguel de Unamuno que me encanta, “Leer, leer, leer, vivir la vida”, que dicen así:
Leer, leer, leer, vivir la vida
que otros soñaron.
Leer, leer, leer, el alma olvida
las cosas que pasaron.
Se quedan las que quedan, las ficciones,
las flores de la pluma,
las solas, las humanas creaciones,
el poso de la espuma.
Leer, leer, leer; ¿seré lectura
mañana también yo?
¿Seré mi creador, mi criatura,
seré lo que pasó?
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home