NO HAY EDÉN SI ESMERALDA FALTA EN ÉL
—Me siento satisfecha, Nicodemo, de la resolución que tomé otrora. Darte el sí, tras haberte arrodillado, me ha deparado ser mujer dichosa.
—Cuarenta primaveras han pasado desde que celebramos nuestras nupcias. Está claro que entonces yo te amaba, pero no era, Esmeralda, ni la cuarta parte de lo que te amo aquí y ahora.
Este diálogo breve recordaba, horas después de haberse producido, el recién enviudado y desolado “Nico”, mientras velaba el cuerpo yerto de quien había sido su bandera. Ignoraba que dos días después volvería a yacer junto a su esposa.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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