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La libertad merece una alabanza

Ángel Sáez García 16 May 2023 - 14:00 CET
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LA LIBERTAD MERECE UNA ALABANZA

Después de dar dos o tres vueltas completas al quiosco de la realidad (y constatar su resultado: no tenía ni en mente ni entre manos una idea sobre la que escribir en prosa), he recordado (no me he preguntado por qué) un par de asertos de Paul Valéry, en concreto, de “La idea fija”, los que dicen así: “La piel es lo más profundo que hay en el hombre. Y qué mejor que sentir la invitación de la caricia del agua para sumergirnos en el mar”. Y esa certeza con alma de oxímoron cruzada con otra de paradoja, me ha regalado, gratis et amore, como corolario (debido a su flujo o reflujo), este pensamiento, que, si no lo he formulado antes (que dudo que eso haya sido así), lo he pensado en varias ocasiones (no sabría decir cuántas): para un escritor, salvo la inspiración (en el supuesto de que esta exista, más vale que nos coja con pluma o teclado cercano), no hay herramienta que pueda competir con la libertad. Así que hoy escribiré aquí sobre una situación que me impidió ser libre.

Ayer, por la tarde (esto lo escribí el viernes pasado 12 de los corrientes, pero me ocurrió la víspera, el jueves 11), después de regresar en autobús desde Tafalla (allí, en la clínica FARMADENT, que regentan mi amigo del alma Luis Quirico y sus hijos Leire e Íñigo —me están arreglando la dentadura superior los doctores Calvo—), me acerqué hasta mi casa, comí, recogí, fregué, sequé el fregado y bajé a la biblioteca pública “Yanguas y Miranda”, sita en el número 14 de la tudelana calle Herrerías, donde pasé a ordenador lo que había escrito la tarde anterior a bolígrafo (uso, regularmente, un BIC azul) en casa.

Cuando di remate oportuno a dicha tarea, saqué copias de cuantos textos había redactado, tres, las firmé, cerré sesión en el ordenador, me despedí de Luis y Teresa, los bibliotecarios del turno de tarde, y me marché a casa. Antes de abandonar el edificio, pasé por los aseos públicos, sitos en la planta calle, y entré en el de discapacitados (tengo reconocida, legalmente, una discapacidad igual o superior al 65%), que estaba libre y suele estar más limpio que los otros dos de varones, para vaciarme la bolsa de la ileostomía. Terminado dicho menester, tras lavarme las manos, me dispuse a salir y no hubo forma, no pude abrir el pestillo de la puerta ni a la enésima vez. Llamé al teléfono de la biblioteca y me atendió Luis, a quien le referí cuanto me había sucedido. Él se encargó de comunicarle al conserje el hecho, quien, esgrimiendo un destornillador (eso me pareció, al menos), me liberó. ¡Menos mal que no padezco claustrofobia!, porque la circunstancia (apenas duró unos minutos) no fue nada agradable (quizá a algún lector, ella o él, de estas líneas la situación le parezca hilarante, risible; ojalá no le acaezca nunca estar en el ajo, verse en el ojo del huracán).

Y lo que acabo de redactar me lleva a recordar que el día 21 de marzo de 2023 acudí al Registro General del Ayuntamiento de Tudela (que remitió, a su vez, a la Oficina de Registro de Cultura y Deporte del Gobierno de Navarra, según leo en el justificante que obra en mi poder) para solicitar hacer uso del baño de la primera planta, al ser el abajo firmante una persona ileostomizada. En la exposición resumida de hechos y la petición (por si no se entendía mi letra) escribí a ordenador en un adjunto lo siguiente:

“Debido a que soy ileostomizado (tuvieron que extirparme todo el colon, y porto una bolsa de ileostomía para recoger las heces) y a que acudo a diario a la biblioteca pública “Yanguas y Miranda”, de Tudela, solicito poder hacer uso de los aseos del pasillo de los ascensores, sitos en la primera planta, porque los de la planta calle, al ser públicos, a menudo no reúnen las mínimas condiciones higiénicas adecuadas para utilizarlos.

“Les doy de antemano las gracias por tomar en consideración esta petición”.

Han pasado casi dos meses de la solicitud de marras. ¿Qué me consta? La callada por respuesta. Silencio administrativo.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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