LAS BUENAS PROMOVER, OBSTAR LAS MALAS
Acabo de releer la tribuna titulada “Lo que sería mejor no descubrir”, que lleva la firma de su hacedor, Antonio Muñoz Molina (AMM), y apareció publicada en la página 9 del prestigioso diario EL PAÍS del sábado 17 de junio de 2023.
En el sexto párrafo de la misma cabe hallar concentrada la enjundia de la reflexión muñozmoliniana: “Para Roger Shattuck, el gran descuido de la modernidad era, es, abrazar el mito de Prometeo y olvidar el de Pandora: la soberbia de suponer que todo avance científico o tecnológico es incondicionalmente beneficioso, y toda limitación o toda cautela un lastre inaceptable, una muestra de cobardía, de conformidad con lo sabido, de oscurantismo. De lo que avisan los mitos y los cuentos antiguos es de que la iniciativa y la curiosidad humanas pueden ser en ocasiones catastróficas, porque hay saberes y técnicas que tienen más efectos destructivos que beneficiosos, y porque hay actos en principio neutros o prometedores que a medio o largo plazo acaban teniendo consecuencias tan imprevisibles como devastadoras”.
Tras la atenta relectura de los siete parágrafos que contiene la pieza sabatina de AMM, me han brotado, a modo de chorro de surtidor, de géiser, varias ideas. Las iré mencionando a continuación sin establecer entre ellas un orden de prelación.
Como uno, servidor, es hijo de cuanto ha leído, a veces, se muestra fatalista, como el escritor del bíblico libro del Eclesiastés. Y, casi como él, itera que cuanto ha tenido que ocurrir pasó, de manera inevitable, y cuanto deba acaecer acontecerá, sin remedio. Nihil novum sub sole. Nada nuevo bajo el sol. Y agrego cuanto es obvio para mí, que todo lo que sea susceptible de ser descubierto o inventado por el hombre (hembra, varón o no binario) lo acabará descubriendo o inventado, antes o después. Y ese hallazgo terminará siendo divulgado por el primero, el segundo o el quinto (en el supuesto de que los anteriores, personas íntegras, probas, lo callaran, ya que, advertidas sus deletéreas consecuencias, tenían suficientes razones de peso para hacerlo).
AMM, teniendo en cuenta el asunto peliagudo de la inteligencia artificial, que hoy tanto nos acucia (y más, tras las advertencias hechas por sus máximos expertos y conocedores del percal), en el séptimo párrafo de su texto asevera que “hay descubrimientos que habría sido mejor no haber hecho”. Y, teniendo presentes algunas consecuencias fatales de algunos hallazgos, esas me impelen a preguntarme, lógicamente, ¿al presunto descubridor o inventor de lo que sea, su orgullo desmedido le favorecerá o empecerá que, advertidos los efectos perjudiciales del mismo, lo dé a conocer o se lo calle y guarde? Dependerá de la conciencia y de la ética que gobiernen las actitudes o los comportamientos del sujeto en cuestión. Tras años de concienzudo trabajo en equipo sin éxitos que presentar a la comunidad científica, anhelante de ellos, ¿dadas sus consecuencias letales, favorecerán la conciencia y la ética del responsable último del descubrimiento o invento que este sea propalado o guardado, encerrado en un cajón, bajo llave?
Como confío, deseo y espero que eso mismo ocurra con todos los posteriores, cada hallazgo nuevo será bueno o malo según el uso que se le dé al tal. El hombre es un animal de costumbres (unas son buenas y otras son malas). Descubrir o inventar, en principio, es un hábito bueno. Pero no me extraña nada de nada que lo vean malo AMM y cuantas/os advierten que el descubridor o inventor no pone coto o límites a qué se hace con su hallazgo. El título del aguafuerte goyesco “El sueño de la razón produce monstruos” cuadra, encaja o viene aquí como alianza al dedo anular.
Y, como no hay mejor maestro que fray Ejemplo (uno de mis latiguillos proverbiales), pondremos uno, clarificador. ¿Ha sido beneficioso el invento de internet, la red de redes, para la humanidad? Sí, sin duda. ¿Tiene efectos secundarios indeseados para sus usuarios? Sí, sin duda. Para quienes hacen un uso racional o razonable de la herramienta menos; está claro. Así que cabe afirmar que el invento del útil es bueno; lo convierte en malo el abuso o mal uso que se haga de él.
Los gurús de Silicon Valley, en California, pronto supieron que el uso indiscriminado de la herramienta susodicha creaba adicción. Este menda lo sabe desde que leyó una entrevista que hicieron a Jaron Lanier, un guía en dicho menester, quien divulgó que “los padres que trabajan en Google y Facebook no dejan a sus hijos usar los productos que ellos mismos desarrollan. Es grotesco. Los niños de Silicon Valley no tienen móviles y no les dejan sentarse delante de nada que tenga pantalla. Ahí están todos esos tecnopapás y tecnomamás que les dicen a sus hijos: ‘¡Cuidado, no lo toques, lo ha hecho mi empresa!’. Creo que les está afectando un montón”. Asimismo, adujo que: “Muchos estudios sugieren que las redes sociales hacen más agresivos a los hombres jóvenes, mientras que las mujeres jóvenes se vuelven más depresivas. Las chicas son las que pasan más tiempo en las redes sociales, y el número de suicidios de adolescentes va en aumento, sobre todo en chicas. En cambio, son casi exclusivamente hombres jóvenes los que se unen a corrientes radicales y nacionalistas basadas en Internet” (esta evidencia científica ¿explicaría por qué muchos jóvenes españoles apoyan con su voto a Vox?; aquí no hay ironía, a la que soy tan aficionado; espero que a quienes no les ha quedado claro, hoy les quede cristalino que yo no apoyaré nunca a Vox por tres razones: por aspirar a suprimir el acceso gratuito a la sanidad para inmigrantes ilegales, una falta de empatía y de solidaridad, inaceptable; por su propósito de derogar la ley sobre violencia de género, inaceptable; la eliminación de jurado, inaceptable; entre otras). ¿Eso quiere decir que para Lanier el móvil es el mismo demonio? Que conteste él. Jaron Lanier, conocedor del hecho, quiso que su hijo tuviera información precisa y abundante para saber cómo usar la herramienta, conociendo sus efectos secundarios, o sea, con conocimiento de causa.
Que yo tuviera conciencia de esa verdad hizo que no me comprara un ordenador. “Los Luises”, mis amigos del alma, me iban a regalar uno y les agradecí el gesto, pero me negué. No tengo acceso a internet. Eso me convierte en raro, lo sé, pero prefiero seguir así, siendo raro, a dejarme manipular. Así controlo yo a la máquina y no la máquina a mí. No quiero decir que los que tienen ordenador sean controlados, que conste en acta. Hay, entre las personas que no me conocen (que me lean a diario no quiere decir que me conozcan), quienes conforman una legión o dos (lo lamento, lector, pero me ha apetecido incluir aquí una hipérbole), que no se creen que yo pueda publicar todos los días un texto o dos (o tres) en mi bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro, y carecer de ordenador y de acceso a internet en casa, pero es la verdad pura y dura, la fetén. Eso no me impide escribir todas las tardes, ayudándome de la mejor máquina de escribir del mercado, un bolígrafo BIC azul. De lunes a viernes, salvo los días festivos, acudo a la tudelana calle Herrerías, sede de la biblioteca pública “Yanguas y Miranda” (vayan y lo comprobarán con sus propios ojos; podrán saludar, de paso, a Pilar, Teresa y Luis, los competentes responsables de la misma) a pasar a ordenador, guardar y subir a mi blog cuantos textos he ideado y trenzado en casa.
Sostengo la tesis de que los beneficios de no tener internet, en mi caso, son superiores a los perjuicios (varios, que supondrían tenerla). Disponer de la herramienta haría que no descansara y que, ante cualquier duda que me surgiera, encendiera la computadora para solventarla ipso facto. Así, de esta manera vivo, pues lo contrario supondría para mí un sinvivir.
Lo precipuo que aprendí, si no en la primera, en una de las primeras clases de Filosofía, fue que me beneficiaría sobremanera conocerme. El socrático aforismo gnóthi seautón griego, el nosce te ipsum latino, me marcó. Uno empieza a conocerse conforme va conociendo a los demás, y viceversa, mientras conoce a los demás, va conociéndose a sí mismo. Quien no lo hizo entonces puede hacerlo ahora, aún está a tiempo.
Con los nuevos descubrimientos o inventos hay que hacer otro tanto que con muchos asuntos o temas de nuestra vida (por eso conviene que los científicos tengan una buena educación y formación filosófica, ética): hacer un listado con sus pros o puntos a favor y sus contras; y luego, tras la imprescindible y oportuna valoración, decidir.
Con los descubrimientos o los inventos nuevos debemos hacer lo mismo que con nuestras costumbres: optimizar las buenas y minimizar las malas. Y santas pascuas.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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