“ALGASO” SE TITULA MI NOVELA
Hoy, tras comer, recoger la mesa, fregar los cacharros, secarlos y colocarlos en su sitio, he procedido a hacer lo acostumbrado (¿quién dijo que Otramotro, a diferencia de sus congéneres, no es un animal de costumbres?), tumbarme decúbito supino y longitudinalmente en el catre para descansar. En el supuesto de que hubiera logrado conciliar el sueño y/o me hubiera vencido el sopor, tras despertar, aduciría lo usual, que bienvenidos habían sido esos minutos de siesta, siempre que de la misma me hubiera levantado nuevo o casi nuevo, signo inequívoco, por tanto, de que ese breve espacio de tiempo que había permanecido en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo había sido propicio, es decir, el sueño había sido reparador; si no en toda su amplitud o extensión, al menos, en parte.
He soñado que acudía a mi primera Feria del Libro como autor, ya que había publicado (en puridad, me había editado la generosa Editorial Espese y Culpe, no hay error/es, no, atento y desocupado lector, sino guasa o ironía) mi primera novela, “Algaso”. Reconozco que me había desplazado al recinto ferial, sito, en esta edición y/u ocasión, en el matritense Parque de El Buen Retiro, con un entusiasmo apocado, encogido, escéptico. Allí he comprobado, de manera fehaciente, que había optado por la alternativa conveniente y correcta, ya que me he dado cuenta de que había hecho bien, lo oportuno. Si hubiera exhibido una exaltación desbordante, excesiva, me hubieran puesto allí como suele hacer un pulpo, o sea, hubiera llegado a casa con una porción del cónclave, con ocho cardenales o moratones, pues cada uno de ellos me lo habría proporcionado o provocado, por separado, cada uno de los ocho tentáculos o pies de un octópodo.
El primer ejemplar que he firmado, además de pagarlo yo, ha corrido por cuenta de quien, nada más saludarme con un “hola”, a secas, seco (como el vermú así llamado, que, al contener ajenjo y otras sustancias amargas, no es dulce, pero moja el gaznate), de veras, antes de llegar a preguntarle por cómo se llamaba o por el nombre de la persona a la que deseaba que se lo dedicara, me ha soltado que tenía muchas ganas de tenerme enfrente para cantarme las cuarenta, que ansiaba o ardía en deseos de verme para decirme lo que pensaba de mí, esto, que era un desagradecido, porque, habiendo nacido servidor en Tudela, tendría que haber titulado mi novela con el nombre de mi patria chica, con el de la ciudad en que mi madre, Iluminada, me alumbró, y no con Algaso, novela que tiene que contener mentiras a espuertas, por la sencilla razón de que no existe. Como yo era un pipiolo en las susodichas lides, le he dejado que se explayara a gusto, hasta que se ha callado y se ha largado (“tanta paz lleves, como descanso dejas”, he dicho para mis adentros, recordando una frase a la que solía recurrir mi progenitora para rematar y salir airosa de casos semejantes), sin que apareciera su gracia de pila en la dedicatoria, que reduje a la mínima expresión: “Aunque contiene un montón de embelecos, confío, deseo y espero que le saques el máximo provecho a la verdad, que se esconde entre sus líneas”. Por supuesto, no he malgastado ni siquiera un par de segundos en inquirir si él era también tudelano. Lo he dado por seguro, pero podría haber metido la pata hasta el mismo corvejón.
El segundo ejemplar se lo he dedicado a Paco. He cometido el morrocotudo error de preguntarle si prefería Francisco o Paco, y he tenido que disculparme. Y, luego, por no perder los nervios ni montar bronca o reñir, me he visto en la obligación de escribir cuanto él me ha impuesto: “A Paco dedico mi novela ‘Pegaso’ (sic; puede que su abuelo o su padre tuviera un camión de dicha marca; eso es lo que he colegido; por supuesto, no he vuelto a interrogarle ni por esto ni por nada más, por si las moscas)”. Así, tal cual. He firmado y santas pascuas. Creo que no me ha escuchado maldecir esto, por lo bajo, cuando se marchaba: ¿¡Quién me habrá mandado o recomendado venir a este otro “puente de los suspiros”, camino o fuente del matadero!?
Antes de atender al tercero, me he dado la vuelta, me he persignado y he besado tres veces el áureo “cristico” de mi hermano José Javier, que porto conmigo, a la altura de mi apéndice xifoides, desde que él falleció el 25 de diciembre de 1978, Navidad (¡qué contradicción!, ¿no?); y ha sido una decisión sabia o una mera chiripa, pues ha ejercido o fungido el tal de amuleto, mano de santo o talismán, porque el susodicho, tercero, ha devenido en un anagrama suyo, certero. Ha sido la primera firma fetén del día. En la pertinente, distintiva y relevante dedicatoria he escrito esto: “Gracias a su sobrino y mediador Tasio (que es nombre de pila, y no supuesto hipocorístico de Anastasio), dedico este ejemplar de mi novela ‘Algaso’ a mi amigo Jesús Manuel García Castellano, ‘Fitín’”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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