DE LA ADMIRACIÓN BROTA EL PENSAMIENTO
MAS, TAMBIÉN, DEL SABER NACE EL ASOMBRO
Para explicar el sistema ideado por Georg Wilhelm Friedrich Hegel, los profesores de Filosofía suelen echar mano de la “tríada dialéctica”, un proceso circular, dinámico, en el que caben ser destacadas y diferenciadas tres fases o momentos, presididos por el principio de la contradicción o refutación. Los tres lapsos de tiempo mentados tienen que ver con los tres conceptos que fueron acuñados por el pensador alemán Johann Gottlieb Fichte: tesis, antítesis y síntesis, que se corresponden con los términos hegelianos: abstracto, negativo y concreto. Según Hegel, el espíritu se desarrolla afirmando, primero, como sujeto (tesis), negándose, más tarde, como objeto (antítesis) y reafirmándose, a la postre, suprimiendo sujeto y objeto, tesis y antítesis, imponiéndose la síntesis, que deviene, a su vez, en tesis de otro proceso de desarrollo del espíritu.
Y el párrafo anterior, ¿a qué, diantres, viene? Pues a que ayer rotulé una de mis urdiduras (o “urdiblandas”) así, “Oye, de mito el anagrama es timo”. En dicho título aparecen dos vocablos, mito y timo, que son anagrama uno de otro y viceversa, y que mantienen una clara dinámica dialéctica entre sí. La idea que intentaba surfear la ola que semejaba dicho texto venía a defender y/o sostener el criterio o parecer de que los mitos son, según mi perspectiva, prisma o punto de vista, meridianamente, embelecos, engaños, mentiras, timos. Ahora bien, cabe preguntarse, retóricamente, ¿siempre?
Todo quisque ha reiterado alguna vez aquello, que adujo Platón, de que de la admiración brota el pensamiento (en concreto, en su diálogo “Teeteto”, Aristocles, verdadero nombre de Platón, dejó escrito que “el admirarse es un sentimiento propio del filósofo, y la filosofía no tiene otro origen que la admiración”). Empero, cuadra aquí apuntar y apuntalar dicha idea aportando algo nuevo, que del conocimiento o saber nace, asimismo, el asombro. Y así, como ocurre con las reglas de ortografía, que suelen ir acompañadas de sus excepciones (y el acervo popular ha ideado para ellas dos expresiones que todos hemos aireado alguna vez; que “la excepción confirma la regla” y que “no hay regla sin excepción”), aquí cabe hacer otro tanto con lo sugerido arriba.
Y, como no hay en el convento mejor fraile que fray Ejemplo, pondré uno, para que se entienda. ¿Qué dice el mito de Prometeo?
Prometeo, según las fuentes mitológicas consultadas, era hermano de Atlas, Epimeteo y Menecio, pero más astuto que ellos y mejor embelecador. Se le considera el mayor benefactor de la humanidad, pues, tras tomarle el pelo a Zeus con las dos partes de un buey sacrificado (pues optó por la peor), este, como represalia, negó el fuego a los hombres, pero Prometeo se lo robó en el tallo de una cañaheja y se lo entregó a los mortales. Zeus, sintiéndose afrentado, de nuevo, por el mentado titán, se vengó de Prometeo llevándolo al Cáucaso, donde lo encadenó a una roca y envió un águila que le comía las entrañas durante el día, pero estas volvían a crecerle por la noche (en esto existe cierto parangón con el sudario que Penélope decía estar tejiendo para su suegro, el rey Laertes, padre de su esposo Ulises/Odiseo, durante el día, y destejía por la noche, al objeto de librarse así de sus pretendientes; mismo motivo literario que retoma el autor anónimo de “La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades”, cuando hace referencia al fardel del ciego y al arcón del clérigo de Maqueda, verbigracia). Bueno, pues, quien haya estudiado Medicina sabe que la única víscera del cuerpo humano que tiene la capacidad de regenerarse es el hígado. Recuerdo que en el VII Congreso Internacional de la Asociación Española de Semiótica, sobre “Mitos”, celebrado en Zaragoza del 4 al 9 de noviembre de 1996, al que asistí en la grata compañía de mi amigo del alma Luis de Pablo Jiménez, filólogo también, y en el que ambos participamos, a un profesor de la Universidad de León, que nos había impartido una lección sobre Prometeo, al finalizar la misma, le comenté qué me había llamado la atención al respecto, que entonces, en época mítica, se supiera, ¿por ciencia infusa?, cuanto era imposible, pues no se podía saber, que el hígado se regeneraba, como ahora cabe leer en la entrada de la Wikipedia sobre Prometeo, por ejemplo.
Nota bene
Con el membrete de la Universidad de Zaragoza (en concreto, del Departamento de Lingüística General Hispánica), obra ahora mismo sobre la mesa de los tres ordenadores en fila de la biblioteca municipal “Yanguas y Miranda”, de Tudela, el certificado o documento que dice así:
“Tua (sin tilde) Blesa, Director del VII Congreso Internacional de la Asociación Española de Semiótica, celebrado en Zaragoza del 4 al 9 de noviembre de 1996 (sin coma) certifica que Ángel Sáez García ha participado en dicho Congreso, con 50 horas de duración y un valor de 5 créditos.
“Zaragoza, 9 de noviembre de 1996
“Firma de Túa Blesa (con tilde)
“Túa Blesa (ídem)
“Director del VII Congreso de la Asociación Española de Semiótica”.
Aparece también estampado el sello de dicho Congreso y su título, “Mitos”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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