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Existen lo casual y lo causal

Ángel Sáez García 06 Mar 2024 - 14:00 CET
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EXISTEN LO CASUAL Y LO CAUSAL

“Quien quiera escribir un conspicuo artículo de opinión deberá juntar buenas ideas con pensamientos nuevos; y, si estos, los propios, son tan excelentes como los ajenos, la suma de los unos y los otros podrá dejar huella, al devenir en ejemplo, espejo o modelo a seguir para nuevos articulistas o columnistas. Bueno, pues, tras dejar escrito, negro sobre blanco, lo precipuo o principal, me pregunto qué historia puedo narrar para que cuanto deseo transmitir lo entienda sin dificultad el lector medio (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos. En otras palabras, ¿cómo voy a hacer un nuevo collar de perlas? Para confeccionarlo, he de conocer y dominar, en primer lugar, la técnica para poder realizarlo o llevarlo a cabo, y, en segundo, estar en posesión o en disposición de tener las perlas. Antes de ponerme a culminar la tarea, he de tener claro, cristalino, qué perla colocaré primero y, luego, las restantes, y cuál dejaré para rematar la joya”. Así empieza fray Ejemplo una de sus mejores piezas literarias, según mi criterio (que, como no soy dogmático, acepto, de buen grado, otros, siempre que se argumenten, por supuesto, condición sine qua non, para mostrarle mi aquiescencia, me haya nacido una objeción que hacerle, o no), la tribuna con la que colaboró en el primer número que apareció publicado del diario La Voz del Septentrión, que ocupa la entera página 3 y lleva el rótulo de “Nadie nació doctor honoris causa”.

En “Animales, dioses, idiotas”, rótulo de la última tribuna que he leído de Irene Vallejo, que apareció publicada el domingo 11 de febrero de 2024, en la página 17 de EL PAÍS, la filóloga aragonesa abunda en dicho parecer, cuando hace referencia al ensayo titulado “The Secret of Our Success” (“El secreto de nuestro éxito”), de Joseph Henrich, donde su autor, el antropólogo evolutivo y biólogo estadounidense sostiene que “los logros de nuestra especie no son fruto de una inteligencia innata o habilidades mentales especializadas. El motivo es que crecemos aprendiendo de otras personas. Cada generación construye sobre los cimientos de las estrategias y sabiduría acumuladas por generaciones previas. Este bagaje supone una ventaja tan grande que la selección natural ha favorecido durante milenios a quienes mejor aprenden socialmente. La trenza entre la cultura y los genes nos volvió peculiares, un nuevo tipo de animal: aprendices adaptativos. Henrich afirma que la innovación depende de nuestra habilidad para colaborar más que de nuestro intelecto, y el gran reto es evitar la fragmentación y la disolución de nuestras comunidades”.

A un quinto mío, quien haya vivido los mismos años que tengo yo, 61, le consta cuanto no se me escapa a mí, que existen lo casual y lo causal, es decir, cuanto tiene su origen en el azar o en una causa factual o en varias. A veces, resulta difícil decantarse por cuál de ellas es la auténtica, fetén o verdadera. Y, si las dos lo son, cuál es la prioritaria.

Y, como en el convento sigue sin haber mejor maestro que fray Ejemplo, pondré uno que sea clarificador para que se entienda cuanto quiero comunicar.

A mi vecina Guadalupe, viuda de mi difunto amigo y tocayo Ángel Araujo García, a quien, desde niños, llamo por su hipocorístico, “Pita”, reducción, a su vez, de otro tal, “Lupita”, me la encontré ayer, miércoles de ceniza, en el comienzo de la algasiana calle de Eusebio Zapador, que los lugareños tendemos a abreviar en Eza, una empinada cuesta.

Yo venía de la biblioteca “Luis Cernuda Bidón”, de dejar el postrero libro que había leído, y llevaba en la bolsa de tela el nuevo, que había solicitado en préstamo, como vengo haciendo de costumbre (el hombre es un animal de hábitos), desde in illo tempore.

Como Pita padece una demencia senil, que acaso sea alzhéimer (nunca he preguntado a sus deudos al respecto, pero varias veces que la he visto y saludado en la calle me ha respondido: “No sé quién eres; no te conozco” o cosas similares), me extrañó verla sola. Supuse que una de sus hijas, la que la había sacado de casa para dar un paseo, se había despistado por lo que fuera y Pita había seguido andando, hasta que se dio de bruces conmigo. Así que le pregunté: “¿Cómo por aquí, Pita?”. A lo que ella me respondió: “Ángel, ¡cuánto te he echado de menos, cariño!”.

Si he de decir la verdad, me quedé de piedra. ¿Cómo había hecho para recordar mi nombre? No tardó un minuto en llegar, azorada, a nuestra altura, su hija Laura, que había entrado a un puesto de frutas a comprar un kilo de mandarinas.

Esta tarde, en casa, mientras recordaba el suceso, me ha dado por rememorar, a su vez, la película “Despertares”, dirigida por Penny Marshall en 1990, basada en la autobiografía del neurólogo británico Oliver Sacks, papel que borda Robin Williams, aunque lo hace bajo otro nombre, en la que el personaje catatónico, interpretado magníficamente por Robert De Niro, tras administrarle varias dosis de un fármaco, la levodopa, experimentaba momentos de lucidez parecidos al que tuvo ayer Pita.

Seguramente, Pita me confundió con su marido. Ahora bien, he sentido cómo me ha recorrido el cuerpo, de los pies a la cabeza (o al revés) un calambre o descarga eléctrica, cuando he caído en la cuenta de que ayer, además de miércoles de ceniza, fue también el día de los enamorados, san Valentín, ¿Estuvo enamorada Pita alguna vez de mí?

Puede que esté en lo cierto Oliver Sacks en ese aserto suyo que no he echado en saco roto y leí otrora: “Todo acto de percepción es hasta cierto punto un acto de creación, y todo acto de memoria es hasta cierto punto un acto de imaginación”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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