HAY QUIEN TRABAJA EL DÍA DEL TRABAJO,
Y QUIEN LO CONMEMORA Y/O SE DIVIERTE
Aunque hoy, miércoles, es la primera jornada del mes de mayo, Día del Trabajo, y, por ende, de quien lo tiene y ejerce, el trabajador (ora sea o se sienta ella, él o no binario), prefiero disertar o discurrir y referirme aquí, en esta urdidura o “urdiblanda”, a la fiesta que tendrá lugar y celebraremos, Deo volente, el próximo domingo 5 de mayo de 2024, Día de la Madre. ¿Que por qué hago tal cosa? Intentaré explicarme a renglón seguido. Porque, “en materia de amor, demasiado es todavía poco”, como sentenció y sostuvo el polímata francés Pierre-Augustin de Beaumarchais.
Reconozco que he escrito una dedicatoria a las madres en el soneto que he titulado así, “¿Que por qué soy adicto a la peineta?”, que he subido y verá la luz en mi bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro, en esa fecha, pero como me he sentido rácano, tacaño, y yo solo me quedo conforme, a gusto, siendo espléndido o pródigo (en la medida que puedo serlo), y, además, no sé cómo se entenderá la irónica peineta, que aparece mencionada en el rótulo y el cuerpo de la composición poliestrófica citada, prefiero escribir estas líneas por si, entre los lectores que tenga este texto, no falta el atento y desocupado (ella, él o no binario), al que le parezca que me he quedado corto, escaso, y, por tanto, me reprende por no haberme esforzado más y no haber estado a la altura de las circunstancias, al no haber escogido palabras ajenas o seleccionado vocablos propios con los que enaltecer las muchas tareas que coronan al día las tales.
Como, entre otros libros, sigo leyendo el postrero publicado o más reciente de Luis García Jambrina, “El primer caso de Unamuno” (2024), he hallado en la página 94 un canto encomiástico a la mujer, madre en potencia, aunque no lo sea en acto. Así que le pido el preceptivo permiso a su hacedor, Jambrina, para transcribir a continuación, al objeto de que sus líneas cabales puedan atenuar o mitigar que el abajo firmante haya decidido casi casi tomarse libre el día de la fiesta del trabajo y del trabajador, esto es, de asueto, sí, de vacación, sin fungir su vocación: “(…) déjeme que le diga que no se imagina lo que se pierde, pues la mujer es, por lo general, muy superior al varón. La estupidez masculina es una cosa formidable; lo queremos todo hecho, concluido, definido, formulable. Y la mujer está siempre haciéndose, siempre por hacerse, sin concluir nunca, indefinible, informulable, inclasificable, como la propia vida, como yo pretendo que sean mi pensamiento y mi forma de ser. Fíjese si son importantes las mujeres para los hombres, deberían ser nuestro modelo, nuestro principal referente y acicate”.
Tras volver a leer las voces que le he pedido prestadas a Jambrina, que él pone en boca de su personaje literario, Unamuno, he vuelto a recordar (con regularidad, una idea te lleva a otras, y estas, a su vez, a otras tantas, y, así, ad infinitum) cuanto he manifestado en numerosas ocasiones, tanto oralmente como por escrito, que, así como el autor se hace colocando una palabra o un signo ortográfico tras otro, la mujer se hace fémina viviendo, mientras ejerce de madre y maestra, aunque, sensu stricto, no sea la una ni funja de la otra.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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