¿INCULPADO POR FALSO PROFESOR?
ENCAUSADO POR TRIPLE ASESINATO
“En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: ‘Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’. Ellos le respondieron: ‘Nosotros somos descendencia de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: seréis libres?’ Jesús les respondió: ‘En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre. Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres’”.
Evangelio de Juan 8, 31-36.
Por fin, me he levantado de la siesta orgulloso, sí, ufano de mí mismo; con la satisfacción de lo bien hecho, al soñar el remate que anhelaba, que había culminado, sin resquicio, mi labor de psiquiatra independiente.
Además de haber presentado, como me había solicitado la Administración de Justicia, en tiempo y forma, mi informe definitivo sobre el estado de salud mental del preso Agustín Moreno Valdivieso, “el Nene”, había comparecido ante el tribunal que juzgaba al inculpado, el falso profesor (encausado por haber asesinado a tres de sus alumnas en el domicilio que le dejaron en herencia sus padres, Ernesto Moreno y Rocío Valdivieso; y, tras incriminarlo indubitablemente varias pruebas halladas, haber confesado que él, “el Nene”, era el único autor del macabro crimen, ya que, después de adormilarlas, las mató sin sentir un ápice o pizca de piedad, descuartizó sus cadáveres, repartió los trozos en diez bolsas de basura negras y diseminó los restos por, al menos, cuatro vertederos de sendas localidades cercanas a Algaso, en un radio no superior a los treinta y cinco kilómetros), y había contestado, de forma precisa y prolija, a todas las preguntas que me habían formulado el fiscal y el abogado defensor.
Mi informe recogía, de manera exhaustiva, la evolución que había experimentado el asesino, desde que lo examiné concienzudamente la primera vez, hace seis meses, a la tercera y última sesión, hace apenas quince días.
Las frecuentes visitas que había recibido (tanto de su novia, como del capellán de la prisión) habían sido mano de santo, pues habían dado los frutos apetecidos. Los contactos susodichos habían favorecido que él, “el Nene”, cambiara de actitud y, como normal, natural y lógico corolario, de estrategia.
Mi juicio clínico sostenía, grosso modo, que a “el Nene” le ocurrió tres cuartos de lo mismo que les había pasado antes a otros muchos reos. Tras haberse empeñado o emperrado en ganar tiempo, negándose a colaborar con la policía y a reconocer lo obvio, que él era el hacedor del triple crimen, el psicópata de “los hechos” (más bien “deshechos”) admitió que nada iba a conseguir con ese comportamiento y aceptó, a regañadientes, la realidad, que lo acaecido y llevado a cabo por él, el aberrante y repugnante delito, no se podía deshacer. Había decidido abandonar (“tirado por la borda”, me había confesado a mí) y/u olvidar al falaz que había sido durante los últimos quince años de su vida, desde que asesinó a Fermín Álvarez Tapia, su compañero de piso, verdadero profesor de latín; pero no se conformó con cometer dicho crimen, sino que añadió delitos sin cuento al primero o inicial, ya que suplantó su personalidad (lo tuvo fácil; porque Fermín incurrió en un craso error; en un comentario, que él reputó intrascendente; se había ido de la lengua y le había hecho una confidencia, que resultó fatal, letal para él, a alguien que desconocía, con una personalidad oscura, casi negra, “el Nene”: Fermín, harto del ogro que tenía por padre, una vez murió su madre, Felicidad, se marchó de casa y no quiso saber nada de don Odón, otro adán, un donnadie, su progenitor).
Cual moderno Teseo, cuando acabó con el Minotauro de las mentiras, que no era otro que él mismo, “el Nene” antiguo, y salió sano y salvo, gracias al arma, de doble filo, de la verdad pura y dura, el hilo de Ariadna (en sentido estricto, de Anabel, su novia), puesto al día, del laberinto de las imposturas, se olvidó (“dejé atrás”, en sus palabras) del embelecador empedernido que había sido y del asesino de Fermín. Había aceptado ser el criminal de las quinceañeras Andrea, Elena e Isabel, y peregrinar, mientras viviera, con pasos místicos, dentro de la cárcel, al monasterio de la redención.
“Libera la verdad al que está reo” la cacatúa itera y cacareo.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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