DEL ETERNO RETORNO SOMOS PRESOS
Hace cinco o diez minutos, como mucho, no más, tras salir al baño a hacer un pis, regresar a la habitación y meterme de nuevo en el sobre, he mirado la hora en el móvil (no sé qué nuevos hábitos habrá adquirido el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario, de estos renglones torcidos, con la compra, manejo y tenencia de un smartphone entre las manos, pero, desde hace años, este menda, verbigracia, no porta ni usa reloj de pulsera, aunque no utilice un móvil inteligente) y eran las tres y cuarenta minutos de la madrugada. Como me cuesta volver a retomar el hilo del quebrado sueño, me da por recordar momentos gratos, por ejemplo, qué suelo hacer después de desayunar en el restaurante del hotel donde, desde hace más de una década, me hospedo (qué mal suena dicho presente, ¿verdad?; y le agrego al momento cuanto cuadra o encaja, qué mal huele), cuando vuelo a la mayor de las islas canarias, Tenerife, y vacaciono en el Puerto de la Cruz, durante doce o quince días septembrinos, al final del estío.
Vistiendo el pantalón azul del chándal y una camiseta blanca, calzando las habituales zapatillas deportivas o unas sandalias, dependiendo de qué haya elegido ponerme, encamino mis pasos hacia Playa Jardín, adonde llego en, aproximadamente, un cuarto de hora, y compruebo que los caballos de espuma, allá, a lo lejos, siguen piafando, haciendo sus clásicas cabriolas con el final de dicha voz, las olas; asimismo, constato que la brisa, que envía a mi piel el piélago, sigue siendo la idéntica, educada, certera y asidua, pues me da los cívicos buenos días de rigor. Servidor corresponde a su saludo con otro del mismo tipo y, transcurrida la decena o docena ordinaria de minutos, como mucho, que permanezco allí, después de calmar y colmar mi sed de sosiego, digo al entorno las palabras acostumbradas, aunque no las pronuncie: hasta mañana. Y es que, aun estando de vacaciones, este menda sigue fungiendo de cuanto es, un consumado animal racional de costumbres.
¿Qué hago después de aprovechar el tiempo y sacarle partido a la ataraxia? Ir a la biblioteca, que está cerca, la de Tomás de Iriarte, el fabulista. Uso un ordenador lo permitido, la hora asignada a cada ciudadano, y llevo a cabo aquello que más me urge. Tras despedirme del bibliotecario, callejeo y arribo a la Avenida de Cristóbal Colón, a la que extraigo el jugo apetecido, hasta que llego a la Playa Martiánez, atestada.
Regresado al hotel, leo y escribo, si he logrado cazar al vuelo idea. No me tumbo en la cama, porque, a veces, me he quedado dormido media hora, y por soñar me ha dado esos minutos. Rememorando al recordado Chavo del Ocho/8, como el tal, también repito su latiguillo, “sin querer queriendo”, y constato que Friedrich Nietzsche estaba en posesión de esa verdad que dice que el eterno retorno es apodíctico. Me quedo sopa, en un sopor profundo, en los mullidos brazos de Morfeo; los ojos abro en la que ocupo estancia en mi piso navarro de Tudela, y la causa de haberme despertado es que va a reventarse la vejiga de la orina, de pis hasta los topes, y evacuarla resulta perentorio, o me haré aguas menores sin remedio. Así que acudo al baño y, una vez ha sido la micción facilitada, vuelvo a la habitación y entro en el sobre; y, como no consigo conciliar el reparador sueño, rememoro cuanto hago cuando estoy de vacaciones, y aquí aparecen tres puntos seguidos (…, que, aun sin suspense, llaman suspensivos, que dentro de un paréntesis encierro).
Como maestro no hay en el convento que supere en saber a fray Ejemplo, uno, aleccionador, pondré enseguida, de los muchos que de él tengo acopiados, o sea, el cuento que no acaba nunca, al que alguien puso pegadizas notas: Salí de La Habana un día, / camino de Santander, / y en el camino encontré / un cartel que así decía: / Salí de La Habana un día, / camino de Santander, / y en el camino encontré / un cartel que así decía…
Nota bene
En la localidad riojana de Pradejón, donde las féminas tienen un gracejo especial, mucha ironía, retranca o sorna, a los consabidos versos octosílabos de la canción repetitiva (desconozco quiénes fueron / las finas pradejoneras, / que airearon por doquier / sus hilarantes maneras) les buscaron sustitutos pertinentes, estos: “Los chicos son unos tontos; / lo digo porque lo sé; / si alguno me está escuchando, / lo digo también por él”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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