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Otramotro, hazme caso y sé constante

Ángel Sáez García 25 Jun 2024 - 14:00 CET
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OTRAMOTRO, HAZME CASO Y SÉ CONSTANTE

Fray Ejemplo, si aún no lo he aseverado en alguno de los numerosos textos que he trenzado sobre él, pues me extrañaría un montón que este menda, cronista de sus casos y sus cosas, no hubiera hecho una oportuna mención ya al respecto, es un fraile añoso, de provecta edad, un ochentón u octogenario (no “octogeranio”, una mera metátesis, como lo había tecleado este menda al principio, aunque, como me agradan las flores, incluidos los geranios, no me molestan que estos sean ocho, nueve, una decena u ocho docenas), pero con la cabeza en su sitio; si no se tomara como hipérbole, agregaría gustoso este loor sobre el sujeto en cuestión, que parece que tuviera la mitad, cuarenta.

A fray Ejemplo los miembros de su comunidad algasiana lo llaman por su nombre de pila, Eusebio, vocablo que procede del griego clásico y significa piadoso. Pero, si he de ser justo, y es lo que pretendo, sin ánimo de desmerecer a mi amigo Pío Fraguas, a quien, como le tengo un aprecio especial y gusta pasar su vista por cuanto urdo sobre mi guía, maestro y mentor, ya se lo había advertido y dicho oralmente con antelación, es más pío que Pío.

Aunque todo quisque en Algaso se refiere a su persona con el apelativo por antonomasia de fray Ejemplo, a mí (lo sé de fuente fidedigna, porque son varias la veces que le he escuchado emitir al sujeto eso por su propia boca) me permite y tolera que le llame maestro, en nuestras conversaciones, cuando me dirijo a él, desde que me aleccionó y persuadió al respecto. Aquel día me refirió algo que da cuenta y una muestra más de su honestidad intelectual. Me narró que, durante una jornada de asueto, seguramente sábado, hace muchos años, se desplazó en una furgoneta de la Orden, junto con sus novicios (él era, a la sazón, además de quien manejaba el volante y la palanca del cambio de marchas y pisaba los pedales, el maestro de los tales) a visitar la basílica de Nuestra Señora del Pilar, de Zaragoza. Y, habiendo emprendido en el susodicho medio de transporte el viaje de regreso a Algaso, les preguntó, en general, qué habían aprendido de él o por su cuenta y riesgo de la reciente visita.

Uno de los novicios, seguramente, el que tenía menos miedo escénico o al ridículo y la lengua más suelta, le respondió con desparpajo que él había aprendido de su cicerone y monitor que los besos eran más duros que la piedra. Fray Ejemplo le pidió que fuera más explícito, que se explayara en su contestación y el aspirante a fraile lo hizo con sumo gusto. Los besos depositados mediante los labios de los fieles sobre la columna, constantes, perseverantes, habían conseguido desgastar, por su machacona frecuencia diuturna, el pilar sobre el que, supuestamente, hizo su aparición o acto de presencia la Virgen María, que, desde entonces llamamos todos, creyentes, agnósticos, escépticos y ateos, Virgen del Pilar.

Fray Ejemplo, docente decente, a carta cabal, reconoció que no tenía nada que ver con dicha enseñanza, pero el novicio se la adjudicó. El maestro de los tales les recordó ese refrán español que dice que unos llevan la fama y otros cardan la lana. A lo que el futuro religioso no se le opuso, sino que corroboró el parecer de fray Ejemplo, replicándole o retrucándole esto:

“—Eso se observa claramente en los partidos de fútbol, donde Fulano mete goles, sí, pero, si no le centrara los balones, que le pone en clara franquicia, Mengano, y no recuperase mil y un esféricos en el medio campo Zutano y montara rápido el contraataque, los encuentros que jugamos, domingo tras domingo, en casa y fuera, durante la temporada, los perderíamos”.

Cuando fray Ejemplo terminó de contar la anécdota, con su inexcusable y preceptiva enjundia o meollo, le pregunté:

—Maestro, creo que esa no era la lección que hoy había preparado para mí, pero bienvenida ha sido.

—Así es, Otramotro, para ti había pensado comentarte que haces bien, lo correcto, al ponerte desafíos, objetivos o tareas a las que puedas enfrentarte y salir airoso, victorioso, de ellas. Acepta aprietos o bretes posibles. Ponte retos realizables, no imposibles de lograr, porque te frustrarás. Y, en el caso de que te pongas uno de los últimos, hazme caso y sé constante, como la gota que cae sin parar de hacerlo sobre la roca, pues has comprobado que para la insistencia y para la perseverancia no hay piedra ni puerta que no sea susceptible de ser rajada o partida ni derribada.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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