HAY QUIEN CON UN VIOLÍN COMPARA AL HOMBRE
Hay quien compara al hombre con un violín, pero no lo hace con la pretensión de cosificarlo, sino para dar a entender que cabe advertir en él, como en el objeto del que pueden salir notas melodiosas, armónicas, indelebles, cuatro cuerdas que pueden transportarle al edén, ese jardín de la gloria, si quien maneja el arco y posa las yemas de sus dedos sobre las cuerdas es un maestro en el uso de dicho instrumento musical. No me parece mal hallazgo ese símil que ve en las cuatro cuerdas del violín (no hace falta que sea un Stradivarius o un Guarneri, fabricado en Cremona) los cuatro momentos cruciales de cualquier persona: nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte.
Hoy, esto cada día pasa con más frecuencia, hay más seres humanos (ora sean o se sientan ellas, ora sean o se sientan ellos, ora sean o se sientan no binarios) que, por propia decisión, no tienen descendencia, o sea, no se reproducen; ahora bien, sean o no conscientes de ello, lo hacen de manera metafórica, al escribir obras de todo jaez, ya que suelen componer música, poesía, narrativa, teatro, ensayo…, esto es, en lugar de contribuir a tener hijos de carne y hueso, alumbran retoños o vástagos de papel (pautado o no).
Ciertamente, las cuatro cuerdas del violín están cerca en el espacio. Podemos tener la sensación de que esos cuatro momentos citados arriba (unos, claramente, más diuturnos que otros) están alejados en todas las primaveras que vive, por término medio, una persona, entre setenta y ochenta años, pero qué son siete u ocho décadas en el supuesto de que los comparemos con la eternidad, ¿una gota de agua en el actual océano Pacífico, un grano de arena en el desierto del Sáhara?
Bueno, pues, los tres parágrafos precedentes vienen a cuento de cuanto he soñado esta misma tarde, durante la siesta, que ha durado media hora escasa, en la que he podido descansar, tumbado decúbito supino en el catre, encima del sobre, y disfrutar, sí, soñando.
He soñado que, yendo de paseo (poco importa que fuera en el que precede o el que sigue a la cena), me he dado de bruces con “un perdulario” (así se ha presentado el sujeto en cuestión; luego, pronto, he caído en la cuenta de que se trataba del escritor irlandés Oscar Wilde, aún vivo, o que todavía no había muerto; y, si lo había hecho, este había resucitado).
He recordado que, unos momentos antes de conciliar el sueño, me ha venido a la mente una conversación que mantuve otrora con mis amigos “los Luises” (Calvo Iriarte y de Pablo Jiménez), en la que este menda sostenía que respetaba a los homosexuales, a condición de que recibiera el mismo trato por parte de ellos, o sea, siempre que no me hicieran comulgar a mí con sus apetitos, inclinaciones o preferencias sexuales (y es que antaño, durante algunos fines de semana y los meses de verano, que tenía que trabajar de camarero para poder estudiar la carrera, ya que procedía de una familia humilde, tuve un jefe, que cojeaba de ese pie, y pretendía que yo tuviera el mismo prurito que él, hasta que me vi en la obligación de afearle su conducta y pararle el pie bueno, que empezó a restregarme, duro y enhiesto, cuando pasaba a mi vera por la barra del bar).
Oscar Wilde se ha presentado en el sueño con parecida intención, para convencerme de que me perdía un cielo repleto de inmoralidades. Y yo le he procurado persuadir con el argumento de que imagino y escribo sobre situaciones inmorales sin haberlas tenido que vivir con antelación.
Creo que se ha quedado más tranquilo cuando le he referido que, aunque disiento abiertamente de sus deseos, sean estos más o menos confesables, abundo con él en la enjundia o quintaesencia que hallo en varios de sus pensamientos. Y, como en el convento sigue sin haber maestro que supere en saber teórico-práctico a fray Ejemplo, hoy, además de que me siento generoso (uno se me hace escaso para explicar el affaire), pondré dos: “No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo” y “Nada tan peligroso como ser demasiado moderno. Corre uno el riesgo de quedarse súbitamente anticuado”.
Nota bene
Olvidábaseme de decir que la labor de crear y corregir o enmendar un texto, el que sea, suele ser ardua y, a veces, baladí, infructuosa. Aquí también coincido con el parecer de Oscar Wilde, que dejó escrito en letras de molde esto: “Estuve toda la mañana trabajando en el esbozo de un poema. Quité una coma. Por la tarde, la añadí”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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