MEJOR SOLO QUE MAL ACOMPAÑADO
¿OTRAMOTRO?, ¡UNA PARADOJA ANDANTE!
TUNGSTENO ES UNA VOZ DE ORIGEN SUECO
De manera ajustada, coherente y sensata, un adagio sueco asevera que “una alegría compartida es una alegría doble; y una pena compartida, la mitad de una pena”. O sea, que, de dicho pensamiento, cabe colegir que, tanto para lo bueno como para lo malo, a cualquier representante de la especie humana le conviene, o viene como alianza al dedo anular, estar en todo momento y lugar acompañado por otra persona (a fin de que se multiplique por dos su dicha y se divida por el mismo número su tristeza). Ahora bien, a servidor le ha brotado, de manera natural, conjeturar que acaso en Suecia no exista una paremia parecida o similar a la que en España solemos echar mano, esa que airea o predica que ayuda más o resulta más beneficioso estar solo que mal acompañado. Y quien sea creador me entenderá. O me objetará; que de todo hay en la viña del señor.
In illo tempore, hace la tira de años, desde la primera vez que me llevé a los ojos esa píldora (que apunté en uno de mis cuadernos de notas o libretas) de Ralph Waldo Emerson que dice así: “el éxito consiste en obtener lo que se desea. La felicidad, en disfrutar lo que se obtiene”, la susodicha viaja conmigo, porque quedó grabada a fuego en mi memoria, que es cuanto conviene hacer con las verdades apodícticas, incontrovertibles, irrefutables. Hoy la citada frase del escritor estadounidense sigue teniendo para servidor la misma vigencia que otrora, pero puede que ahora haya logrado agregarle este menda un nuevo trazo a su original significado.
¿A qué llama el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos “éxito”? El abajo firmante adjudica dicho término al hecho concreto de haber cazado al vuelo o pescado sin anzuelo una idea nueva, original (si es que hay alguna que merece ser tenida por tal, pues nihil novum sub sole, nada nuevo bajo el sol, se leía en la versión latina del libro bíblico del “Eclesiastés”), y, tras haber reflexionado unos minutos al respecto, ponerse a dejarla por escrito, negro sobre blanco (aunque la misma quedara registrada antes azul sobre gualdo, al haberla fijado servidor con la ayuda de un BIC con tinta de ese color sobre la habitual media cuartilla amarilla).
Este menda se considera un ente contradictorio en varios aspectos de su ser, una paradoja andante. Y, como en el convento de Algaso sigue sin haber un maestro que supere en saber teórico-práctico a fray Ejemplo, como suele ser lo usual en él, pondrá uno que sea, amén de clarificador, notorio, palmario. Otramotro goza sobremanera reconociendo que es pobre en dineros, pero rico en ideas; sin embargo, nunca falta quien gusta utilizar esta expresión lacerante para zaherirle (cuando eso no lo hace él mismo, y con el látigo que Dios le obsequió, para que se flagelara, el mismo día que se encargó de otorgarle el don talentoso con el que lo bendijo): “Don sin din, campana sin badajo”.
Cuando esas ideas devienen en textos, es decir, logradas esas metamorfosis o transformaciones, las meras constataciones de esas realidades me convierten en un sujeto exitoso (aunque sea un naufragado para los demás) y, por ende, satisfecho.
Aunque, a lo largo de la historia de la humanidad, ha habido muchos autores que han participado de idéntica idea, puede que el éxito solo sea una suma interminable de fracasos, pues, sin ese surtido muestrario de derrotas, al inventor o científico no se le hubiera encendido la bombilla (como eso le sucedió, verbigracia, al prolífico —registró más de mil patentes— Thomas Alva Edison, que necesitó fracasar en innumerables ocasiones para, sin perder un ápice de ánimo ni una pizca de motivación, ver cómo el filamento de bambú carbonatado, y no de tungsteno, como yo había pensado, de modo erróneo, hasta hoy, se volvía incandescente, rojo blanco, al pasar la corriente eléctrica por él).
Nota bene
Tal vez, al atento y desocupado lector de estas líneas no le moleste leer cuanto quizá había olvidado, que tungsteno es una voz de origen sueco, que, cuando tiene que dar el do de pecho, no se hace el sueco. Y puede que desconozca el dato sorprendente que me dispongo a brindarle a continuación: en el parque de Livermore (California) una bombilla incandescente lleva encendida desde el año 1901 (se ha apagado en cuatro ocasiones, pero por traslados o reformas), lo que supone que, a día de hoy, admirablemente, su vida útil ha superado con creces el millón de horas sin fundirse, dando luz.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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